jueves, 10 de mayo de 2018

INDEFINIDOS EN PELIGRO

Os invito a leer esta columna de Álex Grijelmo, aparecida en El País en su sección «La punta de la lengua» la semana pasada, para que reflexionéis acerca de la importancia del análisis gramatical de los textos, ya que ayuda a conocer mejor las ideas y propósitos de los emisores en diferentes situaciones de comunicación. En este sentido, la desaparición de palabras y expresiones que indican duda es muy significativa en el uso de la lengua en las redes sociales, lo que resulta altamente preocupante si ello conduce a posturas cerriles o dogmáticas.


Indefinidos en peligro
La gramática nos permite averiguar lo que pasa en el alma de quien habla
El idioma español dispone de muchos términos que sirven para reflejar nuestras dudas. Entre ellos, la mayoría de los indefinidos (“varios”, “algunos”, “alguien”, “algo”, “bastantes”, “escasos”, “ciertos”…), un puñado de verbos (“creo”, “me parece”, “me barrunto”, “sospecho”, “puede que”…), distintos adverbios (“quizás”, “acaso”…) y muchas locuciones (“algo así como”, “más o menos”, “en torno a”, “a veces”, “a lo mejor”…).
En las redes, vemos cómo personas flexibles y tolerantes 
se transforman de repente en contundentes y tajantes.
REUTERS
Las informaciones periodísticas deben huir de esos vocablos porque transmiten cierta vaguedad. Pero cuando alguien opina sobre algo de lo que no tiene constancia directa parece más conveniente que las vacilaciones se reflejen mediante estas palabras indefinidas. Con ellas, las personas prudentes comunican su cautela intelectual y advierten de que sus percepciones no son inamovibles, sino más bien provisionales. Por el contrario, olvidan esos términos quienes usan un lenguaje muy asertivo que transmite con gran seguridad su idea del mundo.
Cada cual está en su derecho de expresarse de aquella manera o de ésta, pero en uno y otro caso, como escribió el filólogo venezolano Andrés Bello (1781-1865), la gramática nos permitirá averiguar lo que pasa en el alma de quien habla.
Abundan en las redes sociales las frases firmes, sin fisuras; recias aserciones llenas de certeza, en las cuales la gramática da pistas sobre lo que sucede en los adentros de quien se expresa. Así, a veces vemos cómo personas flexibles, tolerantes y moderadas se transforman de repente en contundentes y tajantes. Sucede mucho cuando alguien va al volante, y tal vez también cuando tuitea. En esos instantes, la duda desaparece. Ay, la duda.
La articulista colombiana Adriana Villegas ha escrito en el diario La Patria: “La duda. Justo eso es lo que hace falta antes de compartir, replicar o dar clic a cuanta bobada circula por WhatsApp, Facebook y otras redes”. Ella propone además una campaña lingüística que fomente la recuperación de expresiones como “algunos”, “pocos”, “frecuentemente”…, en sustitución de “todos”, “siempre”, “ninguno” o “nunca”.
El problema no sólo reside en que se omiten las cautelas a la hora de opinar en las redes y en los medios sobre asuntos controvertidos o indemostrados; sino en que las palabras indefinidas se vuelven invisibles cuando se comentan los mensajes que sí las incluían. Las consideraciones matizadas pierden de ese modo sus gradaciones relativas, sus semitonos, y se vuelcan en la corriente del asertismo.
Si alguien hace una enumeración en la que especifica “entre otros”, un tercero vendrá a señalar que a la relación expresada le faltaban tal o cual elemento, sin reparar en la salvedad que había planteado el autor. Y también llegará luego quien reescriba la frase original silenciando la locución que daba idea de que la lista estaba incompleta.
Si alguien dice “calculo que eso pasó algo así como 15 veces”, aparecerá quien, incapaz de procesar la aproximación precavida, le reprochará al autor haber asegurado eso y matizará además que en realidad fueron 16. Y también habrá quien reproduzca la frase con una literalidad bien distinta: “Fulano afirmó que eso pasó 15 veces”.
Frente a esta tendencia reductora, convendría no olvidar que las indefiniciones son a veces de lo más preciso, paradójicamente; porque reflejan fielmente nuestras dudas: el alma insegura del ser humano, que tantas veces queremos disimular.

lunes, 7 de mayo de 2018

DEMASIADA LITERATURA

Recojo en esta entrada uno de los microrrelatos que hemos leído como acercamiento al panorama narrativo actual. David Roas plantea de forma ingeniosa en esta narración la relación entre realidad y ficción, un tema que se convierte en recurrente en las clases de literatura y que ha ocupado buena parte de los textos de los autores que menciona, Paul Auster y Enrique Vila-Matas, a los que encarecidamente recomendamos desde el blog.


DEMASIADA LITERATURA
Cuarto día de vacaciones en Galicia y las cosas han empezado a tomar un extraño cariz. Algunos dirán que es una simple coincidencia, pero no deja de ser sorprendente que en los tres hoteles en los que hemos dormido (Ribadeo, Lugo y Muxía) nos hayan dado la habitación 201. Como queriendo quitarle importancia, Marta dice que parece una situación sacada de una novela de Paul Auster. O de Vila-Matas, apunto yo. Demasiado azar.
Decidimos pasar la cuarta noche en Santiago. Tras varias llamadas infructuosas, conseguimos una habitación en un hotel del centro. Dedicamos el día a recorrer la Costa da Morte y llegamos a nuestro destino a las diez de la noche. Sé que parecerá imposible, pero nos dan la 201. Si en las ocasiones anteriores la coincidencia nos hizo reír, ahora la casualidad resulta excesiva. E inquietante. Inventamos una tonta excusa y pedimos otra habitación. Pero —no podía ser de otra forma— esa es la única que les queda libre. Nos miramos en silencio. Ambos sabemos que no hay otra opción: es tarde, estamos muy cansados y en estas fechas no va a ser tan fácil encontrar otro hotel. Y dormir en el coche está descartado. Aceptamos la 201. Subimos en silencio. Meto la llave en la cerradura y abro la puerta con un escalofrío. Marta aprieta mi mano. Con un rápido movimiento enciendo la luz y miro a ambos lados, esperando que suceda lo inevitable. Pero no ocurre nada. Todo es absolutamente normal. Maldita realidad.

miércoles, 2 de mayo de 2018

«MALDITOS LIBROS», UNA INVITACIÓN A LA LECTURA

Os dejo para que leáis esta columna, escrita hace un par de semanas por el periodista Pedro Simón en El Mundo, en la que se trata un tema predilecto del blog, el de la invitación a la lectura. El autor desmonta tópicos asociados al fomento de la lectura (que a lo mejor hemos escuchado más de una vez) y nos anima a la búsqueda personal y libre de esa obra que nos puede cambiar la vida o dar un sentido nuevo a lo que vivimos. Esa búsqueda es, sin ninguna duda, parte de la felicidad.

MALDITOS LIBROS
A lo peor te dijeron que en un libro no se deben hacer anotaciones ni subrayados. Que en su interior no debe haber manchas extrañas ni rabiosos tachones. Que el artefacto es tan delicado que, marcar unas páginas tan nobles, sería como garabatear un grafiti en la catedral de Burgos. Pero el libro es como un buen personaje de Tarantino: cuantas más cicatrices o tatuajes muestre, más vida tiene a sus espaldas.

A lo peor en el instituto te dijeron que, antes de leer un libro de terror o de la historia gráfica de los Mundiales de fútbol, deberías empezar por los clásicos. Coger Madame Bovary antes que uno de Stephen King. Uno del XVIII mejor que uno del XXI. Pero en la adolescencia el libro ha de ser ante todo una explosión en el paladar, un calambre al primer bocado, ese galope de horas que hace que te olvides de todo y que sólo sucede si elegiste el caballo adecuado. Darle a un niño de 14 años el Ulises de Joyce equivale a darle a desayunar potaje a las ocho de la mañana. No tiene el estómago preparado.

A lo peor alguien te dijo que el libro que se comienza incuestionablemente se ha de terminar, que no puedes empezar uno y dejarlo al segundo párrafo sólo porque te aburra. Pero el primer derecho de todo lector (Pennac) es mandar un libro a tomar por saco si no nos interesa y coger otro. Y luego otro. Y otro más. Y repetir esta escena hasta el infinito si es necesario. Porque hay un libro agazapado, silencioso, aprisionado en la estantería, ese que nos va a cambiar la vida, que seguro nos está esperando.

A lo peor alguien te contó que desconfíes de los best sellers, como si el hecho de haber llegado a muchos fuera sospechoso y fácil. «Si el libro que estamos leyendo no nos espabila de un mazazo en la cabeza, ¿para qué lo leemos?», le escribía Kafka a su editor. «Necesitamos que los libros nos afecten igual que una catástrofe, que nos duelan en lo más hondo, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nuestra propia vida, como ser desterrados a un bosque alejados de todos, como un suicidio».

A lo peor te dijeron que huyeses de los cómics como forma de iniciación a la lectura. Pero no había nada igual a cuando tenías fiebre, no ibas al cole, te quedabas en la cama y tu padre te traía un par de tebeos del quiosco. Superlópez o el teniente Blueberry. El profesor Bacterio o Don Pantuflo. Eso también era literatura.

A lo peor te dijeron todo lo anterior con buena intención para que amases los libros, para que distinguieras los que merecían la pena de los que no, para que fueras un poco más libre, para que leyeras. Y casi provocan todo lo contrario.