martes, 31 de mayo de 2022

EN LA ENTREGA DE PREMIOS DE LA REVISTA "CRISIS"

Haced como los relojes de sol: contad solo las horas luminosas. ( E. Jünger)

Quiero compartir con los lectores del blog las palabras del escritor y filósofo alemán Ernst Jünger, de su libro El corazón aventurero, que han leído hoy los alumnos del IES Virgen del Pilar en el acto de entrega de premios del VI Concurso CRISIS de artículos de opinión para estudiantes de Bachillerato y Formación Profesional. He tenido el honor de acompañar a Marina Navarro Roy, una de mis alumnas de 2º de Bachillerato en el IES Medina Albaida, que ha ganado el primer accésit de este concurso de breves ensayos que giraban en esta convocatoria sobre la palabra libertad. En su texto, La libertad de jugar con las letras, reflexiona con mucho tino y con un estilo muy fluido sobre las posibilidades de la imaginación en el juego con las letras y las palabras y sobre las amenazas a esa libertad creativa, con múltiples referencias etimológicas, históricas y personales. Al igual que en el texto citado de Jünger que transcribo más adelante,  la referencia a don Quijote se hace inevitable:  “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”. El artículo podrá leerse en la revista Crisis del mes de diciembre. Enhorabuena, Marina.

¡Que jamás lleguemos a ser tan viejos como para perder la capacidad de reírnos convenientemente de las hazañas de aquellos que de repente se levantaron y partieron como ineptos porque los libros les habían vuelto locos! Por el contrario, ¡estemos siempre con aquellos que se marcharon una buena mañana, firmes en los estribos, a pleno sol, con una fe inquebrantable en sí mismo y en los tesoros del mundo! Uno no puede cansarse de oír hablar de tales hombres, de su entusiasmo, de sus luchas y sus derrotas. ¿Qué significa frente a ello el éxito que el tendero mide con la vara? Más que el aventurero de Balzac, meridional y astuto, que hace su entrada en la gran ciudad para llegar a conquistarla, prefiero al héroe de Stendhal, en el que arde el fuego nórdico con la llama orgullosa y salvaje del vikingo y del noble cruzado, y cuyas peripecias narra ese hombre singular, en sus mejores momentos, con una voz que oscila entre la risa y el llanto. Pero más aún que a los Julien Sorel y los Fabricio del Dongo prefiero al Caballero de la Triste Figura.

Cuando –yo no debía de tener más de diez años– ese libro  de un hombre para quien la espada y la pluma estaban unidas por una profundísima necesidad cayó en mis manos, no encontré en sus páginas ni una pizca de humor. Lo leí con una seriedad realmente española. Que fuese un desatino destripar odres de vino a golpe de espada, sabe Dios que yo no reparé en ello. Participé con todo el respeto en la armadura de caballero y también tomé parte, temblando de miedo, en la terrible noche previa a la aventura de los batanes. Que a Sancho lo mantearan sobre la sábana me pareció un acerbo desafuero cometido contra un valiente compañero de armas y fiel camarada. Cada vez que se desenvainaba la espada o se rompía una lanza para dar fe de los modales caballerescos frente a los bellacos, me sentía orgulloso de mi señor de La Mancha. Pero lo que hoy día aún me gusta como en aquel entonces es que ese hombre ya no fuera un jovenzuelo cuando descubrió los fondos ocultos que posee el mundo. Es todo un espectáculo ver cómo el vástago de la locura comienza a verdecer sobre esa vida ya árida y reseca y, empujado por un fuego interior, se transforma en una selva virgen que le rodea con una espesura impenetrable. En aquella época creía que era preciso ser viejo para poder acometer proezas tan grandes y dignas, y hoy día sé que los viejos locos son los mejores.

viernes, 13 de mayo de 2022

MAYORGA CANTA AL SILENCIO

En el teatro se hace el silencio para que el espectador oiga no solo las palabras y los silencios que vienen del escenario, sino también las palabras y los silencios de su propia vida y de vidas que podría vivir. En el teatro, arte del desdoblamiento, también el espectador se escinde entre quien es y sus otros.

Juan Mayorga, Silencio 

Quiero compartir con los lectores del blog un extracto del discurso de ingreso en la RAE del dramaturgo Juan Mayorga, después de haber presenciado ayer la representación de su obra Silencio a cargo de Blanca Portillo. La obra, basada en ese discurso, es un canto de amor al oficio teatral que nadie debería perderse, pues junta en escena a estos dos monstruos de la escena española.

Sirvan estas palabras como invitación a ese espectáculo teatral y a la lectura del discurso. Ambos giran en torno al silencio y a las palabras en el teatro y en la vida e invitan a la reflexión y a seguir leyendo y viendo teatro. Faltaban en este blog de palabras más palabras sobre el silencio, como ya recordé en otra entrada.

Al entrar yo, por un rato, en esta casa de palabras, me pregunto si hay para el teatro una más necesaria que cualquier otra. Me pregunto cuál es la última a la que, para hacer teatro, querría renunciar. Pronto pienso en una decisiva si la escribo a fin de que un personaje la pronuncie o si la llevo a acotación, para prohibir que ninguna palabra sea pronunciada, o si la pronuncio yo mismo en la sala de ensayos dirigiéndome a los actores. Es la palabra silencio.

No pelearé con quien reclame que silencio es también muy querida por poetas, narradores, teólogos y letristas de bolero y otros palos. Ni les fatigaré previniéndolos contra su extraordinaria promiscuidad, que la convierte en fuente infinita, así como de hallazgos expresivos, de lugares comunes, cual si un magnetismo irresistible impulsase a cualquier otra a arrimársele para recibir algún reflejo de su carga aurática. Silencio mezcla bien con todo —hagan la prueba—. Habrá que tenerlo en cuenta, aunque no baste para explicar la dependencia que el teatro tiene de ella. Sucede que el teatro, arte del conflicto, encuentra en silencio la más conflictiva de sus palabras: esa que puede enfrentarse a todas las demás. Sucede que en el teatro, arte de la palabra pronunciada, el silencio se pronuncia. Sucede que el teatro puede pensarse y su historia relatarse atendiendo al combate entre la voz y su silencio. Sucede que en el escenario basta que un personaje exija silencio para que surja lo teatral; basta que, al entrar un personaje en escena, otro enmudezca; basta que uno, requerido a decir, se obstine en callar. Si el silencio es parte de la lengua, lo es, y determinante, del lenguaje teatral.

La importancia del silencio en el teatro corresponde a la que tiene en nuestro vivir. Comentamos que Mengana no abriese la boca en toda la cena o que Zutano sobre cierto asunto aún no haya dicho esta boca es mía, y guardamos —¡guardamos!— un minuto de silencio para honrar una memoria. Como a menudo lo echamos en falta, tenemos muchos signos para pedirlo o —decimos expresivamente— para ponerlo. A veces llega sin que nadie lo llame y alguien explica que ha pasado un ángel. También puede suceder que, de pronto, la vida, en su brutalidad o en su belleza, nos deje sin palabras.