martes, 30 de abril de 2019

MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y DISCURSOS POLÍTICOS

En estos días marcados por la actividad política de las diferentes campañas electorales, comparto con los lectores del blog esta columna de opinión de Manuel Vicent, aparecida en El País a mediados del mes pasado, en la que de una manera muy sagaz analiza cómo en los últimos noventa años los medios de comunicación predominantes han condicionado la forma y el fondo de los discursos políticos.


TRES FASES
Winston Churchill
La voz, la imagen, la Red. La radio era la voz. En los años treinta del siglo pasado con la radio ascendió Hitler al poder, y en manos de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, se convirtió en una formidable arma política. Durante la guerra, a través de ese aparato, los ladridos del führer fueron neutralizados en el espacio con las arengas de Churchill y De Gaulle. En la contienda civil española la radio propició la ardiente voz de Pasionaria llamando al combate y las insidias usadas por Queipo de Llano para desmoralizar al enemigo. Después, en la posguerra había que tapar el aparato con dos mantas para que los vecinos no se enteraran de que se estaba sintonizando la Pirenaica. El control de la radio por el poder fue constante hasta que 30 años después la voz fue sustituida por la imagen. Este cambio se produjo en el debate cara a cara en televisión entre Richard Nixon y John F. Kennedy el 26 de septiembre de 1960. Era la primera vez que la política hubo de someterse al lenguaje y a los códigos de la pantalla. En ese encuentro no fueron lo más importante las ideas, sino la telegenia de los candidatos.
Kennedy y Nixon
Nixon fue derrotado porque apareció con el rostro sudoroso lleno de sombras frente a Kennedy, recién afeitado y con un bronceado de yate. A partir de entonces, los asesores de imagen elevaron la corbata del candidato al mismo nivel de su inteligencia. Tres décadas después, el poder de la imagen ha sido suplantado por la fuerza de Internet, que ha introducido la política en una charca llena de infinitas ranas, que se dedican a llenar las redes de impulsos irracionales, tóxicos sin control. Los discursos de Churchill y de De Gaulle han sido reducidos a simples y frenéticos tuits salidos de los dedos de Donald Trump, y en esa fétida charca chapotean los políticos todavía en chancletas sin saber el peligro que corren. Este es el panorama.

Un hombre mira en Seúl una noticia sobre las declaraciones en Twitter de Donald Trump.

miércoles, 24 de abril de 2019

DELIBES Y LA NOVELA ESPAÑOLA DE POSGUERRA

Miguel Delibes (1975)
Os dejo estas declaraciones de Miguel Delibes, de diciembre de 1975, acerca de cómo fue la novela española de posguerra y de cómo su novelística fue adaptándose a las distintas tendencias representativas de cada uno de esos periodos. Sus palabras son un resumen muy acertado de cuestiones que ya hemos estudiado con más profundidad en clase.

De 1940 a 1975 cuatro grupos o promociones de escritores han ido jalonando a lo largo de siete lustros nuestro quehacer narrativo, surgidos aproximadamente de década en década. El primero, nacido con los años cuarenta, se caracteriza por un pesi­mismo doliente a consecuencia de la guerra civil, su falta de contacto con los novelistas extranjeros coetáneos y su calidad desigual, y, en líneas gene­rales, poco brillante. El segundo, que aflora por la década de los 50, el de los objetivistas, muestra una pro­gresiva eliminación de los resortes emocionales, una honda preocupación por la construcción y el estilo y una actitud objetiva absolutamente imparcial hacia las historias que rela­tan. La tercera promoción, los so­cial-realistas de los años 60, convierte el incipiente inconformismo del gru­po anterior en una posición critica radical y esencialmente político-so­cial ante la sociedad, al tiempo que consideran como medio los ideales estéticos y formalistas de aquellos. Por último, en nuestros días, asisti­mos al lanzamiento de un cuarto grupo, el de los experimentalistas, cuya aparición conecta con el 'nou­veau roman' y es activado por el reciente 'boom' de la novela hispa­noamericana. Por primera vez desde la guerra, la novela española abandona el cauce del realismo para apuntalar la narración en la estructura y el lenguaje. Los relatos se fraccionan, se altera constantemente el ángulo del narra­dor, se inmiscuye el pensamiento en la acción, se funden los tiempos, se eluden los signos de puntuación. El resultado, con frecuencia, es una obra inextricable en la que la frondosidad verbal sustituye al tradicional delineamiento de carac­teres y a la acción misma. Sin embargo es evidente que no todos los narradores españoles de la post­guerra caben en estos cuatro grupos y que evolucionan a tono con las exi­gencias literarias del momento.

Dentro de este marco de corrien­tes representativas de la novela de nuestra postguerra, y de las cuales ninguna incitación me ha sido ajena, mi obra se adscribe en cierto modo a las cuatro. Si por mi edad debo in­cluirme en el primero de esos grupos, por mi preocupación por la forma novelesca, evidente a partir de El camino, me adscribo al segundo; por mi inquietud social -Las Ratas, Cin­co horas con Mario- en el tercero, y finalmente, por mi afán de explorar nuevos horizontes, mi verbosidad y los atentados deliberados contra la gramática, notorios en Parábola del náufrago, en el cuarto.

martes, 9 de abril de 2019

RETRATO DE LA GENERACIÓN Z

Comparto con los lectores del blog y, especialmente, con los alumnos de 2º de Bachillerato, la columna periodística que ha salido en el examen de esta mañana y que es obra de la periodista Luz Sánchez-Mellado. Apareció publicada en El País la semana pasada, se titula 'AnZiedad' y es un retrato de la Generación Z vista desde la perspectiva de los adultos ya entrados en años. Es muy recomendable su lectura o relectura. Y es un buen ejemplo de columna periodística para trabajar cualquiera de los tres tipos de comentarios lingüísticos que hemos realizado durante el curso.

Ilustración de Ana Galvañ en El País
 'AnZiedad'
Da gusto verlos. Tan altos, tan guapos, tan listos, tan libres. Tan nosotros mismos, pero tan mejorados por los recursos y los desvelos que hemos invertido en ellos, que no reparamos en lo que se les puede pasar por la cabeza. Son nuestros hijos, nuestros vecinos, nuestros chicos y chicas, nuestro futuro. Esos seres digitales que se van a comer el mundo porque lo tienen todo para devorarlo. Los viejos pensamos que son felices por defecto. Porque no tienen cargas, porque están en la flor de la edad, porque es lo que toca. Igual erramos. Nuestro mundo no es el suyo. Mientras nosotros tenemos todo el pescado vendido, ellos aún no han pescado, las artes de pesca han cambiado y no sabemos enseñarles. Mientras nosotros elegíamos un oficio entre un puñado, ellos escogen entre el infinito, con la diferencia de que los trabajos de los que comerán aún no existen, y los que existen tienen los días contados. Mientras nosotros pasábamos selectividad y tirábamos, a ellos les miden a la centésima para una beca, unas prácticas, un curro precario. Mientras nosotros nos comparábamos con los amigos, los primos y las portadas del ¡Hola!, ellos se comparan con 1.000 millones de usuarios de Instagram con caras perfectas, cuerpos perfectos y vidas perfectas, aunque sean falsas, sin salir de su cuarto. Mientras nosotros, en fin, soñábamos con vivir de lo que amábamos, ellos sueñan con el éxito, sea eso lo que sea, y todo lo demás se les hace poco porque les venden que, si quieren, pueden.

No, no estoy agorera. Un reportaje del muy riguroso The Economist sostiene que la generación Z —los nacidos desde 1997— es la más ansiosa y deprimida de la historia. Me lo creo. En el siglo XX, cuando el globo era finito, decíamos que algo se nos hacía un mundo cuando no podíamos con ello. En el XXI, lo que a muchos se les hace un mundo es, literalmente, el mundo entero. Un mundo tramposo, retocado, implacable.

lunes, 1 de abril de 2019

EN RECUERDO DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO


Como recuerdo de Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido hoy a los noventa y un años, os dejo estos aforismos seleccionados por El periódico. Además de por sus novelas (Industrias y andanzas de Alfanhuí, El Jarama, El testimonio de Yarfoz) o por su obra ensayística (Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado; Vendrán más años malos y nos harán más ciegos), el autor, miembro de la generación de los cincuenta, sobresalió en el cultivo del aforismo, ese género breve al que él llamaba «pecios», como los restos de una nave naufragada o de lo que iba en ella. Son apuntes breves que le permitían reflexionar en torno a sus obsesiones (la cultura, la educación, la lengua, la política, España, el consumismo, la guerra, el deporte,...), empleando diferentes registros (desde la indignación a la ironía, desde el humor al lirismo).  Están recogidos en Campo de retamas, delicioso volumen  al que pertenecen los pecios seleccionados y que se abre con estas palabras:

Desconfíen siempre de un autor de «pecios». Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la «profundidad», fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol. Lo «profundo» lo inventa la necesidad de refugiarse en algo indiscutible, y nada hay tan indiscutible como el dicho enigmático, que se autoexime de tener que dar razón de sí. La indiscutibilidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad sugerente.


Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.
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Los hombres matan, la poli abate.
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¿Quién soy yo para ponerle riendas, como a caballo propio, al que he de ser mañana?
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¿De verdad que tiene usted raíces? ¿Y qué se siente? ¿No es desagradable?
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Entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar a otro lado.
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El presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros.
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No hay que tener miedo: el mundo es fuerte y siempre vuelve a la normalidad.
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El que quiera mandar guarde al menos el último respeto hacia el que ha de obedecer: absténgase de darle explicaciones.
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La voz más pobre se hace siempre la más autoritaria: no consiguiendo ya ser entendida, tiene que resignarse a no ser más que obedecida.
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Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya solo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.
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Naturaleza y civilización... Pero, decidme: ¿qué es más naturaleza: un león persiguiendo a un antílope en el Parque Nacional de Tanganika o un gato persiguiendo a una rata bajo la luz de los faroles junto a la interminable pared del matadero?
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El fascismo consiste sobre todo en no limitarse a hacer política y pretender hacer historia.
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El miedo a la muerte es lo que, al fin, hace a los hombres temer y acatar al Estado hasta la indignidad. Porque es una bestia que muere matando, todos la odian viva, pero más les aterra moribunda.
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Esto que llamamos España no tiene posible definición ni descripción. Es, como decía categóricamente don Jacinto, una pieza de museo.