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martes, 22 de febrero de 2022

SOBRE LOS PALÍNDROMOS EN UN DÍA CAPICÚA

En una fecha tan peculiar como la de hoy, día capicúa, 22/02/2022, hablaremos de los palíndromos, el equivalente en letras de los capicúas numéricos. Los palíndromos son, en palabras de Màrius Serra, la «joya de la corona ludolingüística», esto es, la creación más portentosa e ingeniosa en el uso lúdico de la lengua. Para todos los amantes de los juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario, la lectura de su obra Verbalia es una lectura obligada.

Los palíndromos son las palabras o frases que permiten leer lo mismo en los dos sentidos de lectura: así, la palabra «ANILINA» -en la que el eje de simetría es la L- o la frase «ADÁN NO CALLA CON NADA». La palabra procede del griego palíndromos (que retrocede, que va y viene; de pálin -de nuevo- y dromos -carrera-). Aunque no se conservan, hay ya noticias de que se cultivaban en el siglo III antes de nuestra era.

El primer palíndromo conocido en castellano apareció en 1561 en el Cancionero llamado Sarao de amor del valenciano Joan de Timoneda:

Tres versos con tal artifizio hechos

que tanto dize al derecho como al revés

OLA MORO MORO MALO

NO TARDES Y DES RATÓN:

NO DESSEO ESSE DON

 

Un siglo más tarde Baltasar Gracián, en el Discurso XXXII de su Agudeza y arte de ingenio («De la agudeza por paronomasia, retruécano y jugar del vocablo»), reprodujo un palíndromo laudatorio a partir del nombre de san Francisco Javier: REY VA JAVIER. Desde entonces, el ejemplo más divulgado, a pesar de su chocante significado, ha sido DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD. 

Los palíndromos no alcanzaron categoría literaria hasta que Julio Cortázar los colocó en el centro de algunos de sus cuentos. Por ejemplo, los que figuran en el diario de Alina Reyes en el cuento «Lejana» de Bestiario: SALTA LENIN EL ATLAS; AMIGO, NO GIMA; ÁTALE, DEMONÍACO CAÍN, O ME DELATA. Este último palíndromo será el germen de uno de sus relatos posteriores, «Satarsa».

Augusto Monterroso nos dará posteriormente algunos de los más conocidos en Movimiento perpetuo, en la sección titulada ONÍS ES ASESINO. Allí da cuenta de las reuniones con sus amigos escritores aficionados a este juego ingenioso de palabras: con Juan José Arreola (ETNA DA LUZ AZUL A DANTE), Carlos Illescas (AMO LA PALOMA) o Rubén Bonifaz Nuño (ODIO LA LUZ AL OÍDO).

En España también han sido cultivados los palíndromos. Entre los autores que sobresalen en su creación destacan Julián Ríos (AMOR BROMA) o José Antonio Millán (ANITA, LA GORDA LAGARTONA, NO TRAGA LA DROGA LATINA).

Como aficionado a los palíndromos sé que no conviene abusar de estos juegos para no encallar en LA RUTA NATURAL, y por eso terminaré esta entrada con mi favorito, SÉ VERLA AL REVÉS, una frase autoalusiva al propio juego, atribuida al escritor Carlos Illescas.

jueves, 19 de marzo de 2020

DISTANTEMENTE JUNTOS (IV): HISTORIAS DEL REVÉS CONTADAS POR MONTERROSO

En estos días tan distintos a los que vivimos normalmente, seguro que nos ha asaltado una idea recurrente y tópica en la historia de la literatura: darle la vuelta a los textos de ficción o de no ficción. Hay miles de ejemplos, pero quiero compartir hoy tres microrrelatos de Augusto Monterroso, uno de los autores preferidos en el blog. En los tres se destila una fina ironía que remarca todavía más la maestría con la que están contados. No se salva ni la literatura antigua (la Odisea), ni la moderna (La metamorfosis), ni la Biblia (el Antiguo Testamento y el hondero David). Los tres aparecieron en la extraordinaria y memorable La Oveja negra y demás fábulas.

La tela de Penélope o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.


La cucaracha soñadora
Érase una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.


La honda de David
Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo.
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.

viernes, 9 de noviembre de 2018

LAS FÁBULAS DE AUGUSTO MONTERROSO

Como complemento y como contrapunto irónico a las fábulas leídas en clase de Félix María de Samaniego y Tomás de Iriarte, os dejo estos preciosos textos del genial escritor Augusto Monterroso: «Cómo acercarse a las fábulas» (en la imagen, texto entresacado del maravilloso libro La palabra mágica) y una selección de fábulas que, sin duda, os sorprenderán, pues suponen una nueva forma de entender el género pero sin romper con él.




La oveja negra
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.



El burro y la flauta
Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del burro y de la flauta.
Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.



El perro que deseaba ser un ser humano
En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.
Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.



La fe y las montañas
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.



El zorro es más sabio
Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen. Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más. —Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio. —Y muy buenos -le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro. El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.” Y no lo hizo.


jueves, 19 de marzo de 2015

EL ECLIPSE

Por si mañana no se puede apreciar el eclipse en condiciones, porque parece que va a estar nublado, os dejo el magistral microrrelato de Augusto Monterroso «El eclipse», escrito en 1952. En este cuento, además de sus valores literarios, podemos ver cómo se confrontan dos actitudes  ante el conocimiento de los fenómenos de la naturaleza: la occidental, que representa el fraile español, y la que sostienen los indígenas mayas. La primera se cree superior y desprecia todo lo que no sea propio; la segunda, fruto de un aprendizaje distinto pero igualmente válido, no se deja avasallar por la otra e impone su criterio. Toda una lección de dignidad.

EL ECLIPSE
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Eclipse de agosto de 1999,
similar al del 20 de marzo
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
      —Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.