lunes, 4 de octubre de 2021

SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA GRAMÁTICA

Ahora que empezamos en 4º de ESO y 2º de Bachillerato las clases de gramática, después de haber dado vuelta a los textos desde diferentes perspectivas, quiero compartir con los lectores del blog unas palabras de  Ignacio Bosque, uno de los grandes maestros de nuestra gramática. Están entresacadas de una entrevista que le hicieron a él y a la lingüista Brenda Laca en un periódico uruguayo y tratan de la enseñanza de la gramática como arquitectura del pensamiento y de la necesidad de que se traslade a los alumnos que la lengua es algo suyo. Espero, como siempre, que estas palabras, un elogio de la gramática, sean inspiradoras del quehacer que tenemos por delante.

«Hay que tener en cuenta que la lengua es una parte esencial de nosotros mismos, no algo que está afuera; los estudiantes creen que la lengua es como el Código de Derecho Mercantil, algo que está ahí afuera y no tiene nada que ver con ellos. Se suele enseñar una gramática rutinaria, un etiquetado mecánico y circunstancial; siempre surge la pregunta de por qué los estudiantes la detestan, y la respuesta es sencilla: porque no tiene nada que ver con ellos. El cambio fundamental que hace falta en la docencia de la gramática es que los docentes permitan esa noción de la lengua como un patrimonio individual y colectivo, pero sobre todo individual, que les pertenece a los estudiantes, y uno intenta que conozcan mejor una parte de ellos mismos».

Ignacio Bosque. (El País)

«Educar es enseñar a crecer personal e intelectualmente, pero también ayudar a argumentar, a formar la capacidad crítica; un estudiante debe ser capaz de darse cuenta de que le están dando un argumento de autoridad, debe ser capaz de reaccionar ante eso. La capacidad crítica de los ciudadanos se educa, no va de suyo. La gramática es la arquitectura del pensamiento, es el sistema que nos permite dar forma a lo que pensamos y sentimos. No obstante, los estudiantes no lo ven así, y ellos no tienen la culpa: alguien les ha transmitido la idea de que es un etiquetado mecánico que hay que hacer porque es una actividad curricular; es terrible, pero realmente es así. La educación es lo más importante de cualquier sociedad; yo no sé si los políticos están realmente convencidos de eso. La gramática es una pequeña parte, pero hay que educar en valores cívicos, hay que enseñar la capacidad crítica, a no aceptar todo lo que nos digan, hay que enseñar a argumentar y contraargumentar, a dar discursos articulados y formular encadenamientos coherentes. Todo eso es parte de la educación».

viernes, 17 de septiembre de 2021

ALFONSO SASTRE, IN MEMORIAM

El hecho de tomar el teatro como una forma de intervenir en la vida me ha colmado. El teatro era un bueno oficio y merecía la pena dedicarse a él. Nunca he pensado de otra manera, siempre he creído que ha merecido la pena, y, sin ninguna duda, volvería a repetirlo.

Alfonso Sastre 

En el día del fallecimiento de Alfonso Sastre quiero reivindicar una vez más el papel de este dramaturgo en la historia del teatro español de la segunda mitad del siglo XX. Hago mías las palabras que le ha dedicado el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música del Ministerio de Cultura en Twitter, que vienen a poner en su sitio el alcance de su obra dramática, a pesar del ninguneo de algunos manuales y libros de texto escolares que apenas reparan en su obra. Fue siempre ejemplo de autor inconformista, contestatario, rebelde y comprometido con la libertad que sufrió en España la persecución, la censura y el olvido, aunque alcanzó fuera de nuestro país un gran reconocimiento. Sastre pertenece, como él mismo dijo, a esa "estirpe insumisa" de autores teatrales españoles que no fueron entendidos por sus contemporáneos reaccionarios, como le pasó a Valle-Inclán, pero que el paso del tiempo ha encumbrado por sus propuestas innovadoras. Sastre fue, según el crítico Javier Villán,  el autor que hizo posible un teatro imposible en nuestro país.
En diferentes entradas del blog nos hemos detenido en algunas de sus obras dramáticas más potentes (Escuadra hacia la muerte, La mordaza o La taberna fantástica) y en los relatos de terror de su excepcional Las noches lúgubres, así como en alguno de sus manifiestos teatrales, que invitamos hoy a leer o releer, además de rendirle homenaje leyendo o releyendo sus obras.  

martes, 14 de septiembre de 2021

LA "UTILIDAD" DE LAS LENGUAS

En el comienzo de este nuevo curso, que va a estar marcado como los dos anteriores por la pandemia y en el que vamos a sufrir nuevamente recortes en materia educativa visibles ya en las ratios de ESO y Bachillerato y la falta de profesorado de apoyo a los alumnos más vulnerables, quiero compartir un artículo aparecido en eldiario.es de la filóloga Elena Álvarez Mellado que gira en torno a las lenguas y el lenguaje humano. Es un texto, como todos los suyos, que resulta muy sugerente y que sin duda nos invitará a reflexionar sobre un montón de asuntos directamente relacionados con el objeto de estudio de nuestra materia que ya han sido apuntados en las diferentes presentaciones de principio de curso.

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS LENGUAS?

Y si desaparecen todas las lenguas menos una, ¿qué?, pregunta un columnista desde una tribuna de opinión. La diversidad de lenguas es un fracaso civilizatorio, continúa, si es que entendemos que el fin último de la comunicación es comunicarse, no encontrar 7.000 maneras distintas de describir lo mismo.

¿Ganaríamos algo si estableciéramos un idioma único? ¿Es la comunicación el sentido último de los idiomas? ¿Para qué sirven las lenguas si no?

A pesar de su ubicuidad y cotidianeidad, es sorprendente lo poco que sabemos aún sobre cómo funciona el lenguaje. Sabemos que adquirimos la lengua del entorno social en el que nos criamos, sin que existan rasgos genéticos que nos predispongan para un idioma u otro. Un chiquillo no tendrá problema alguno en adquirir el árabe como lengua materna si su entorno lo habla, aun cuando sus progenitores sean castellanoparlantes. Vasco, estonio, turco, hindi, aimara, acadio: no hay idioma que se le resista a un cachorro humano durante el periodo de adquisición del lenguaje.

Por otro lado, la facilidad aparente con la que los niños adquieren su lengua materna parece sospechosa: aprender a escribir, saberse las tablas de multiplicar o tocar el clarinete son actividades complejas que conllevan una enseñanza deliberada, un proceso de aprendizaje explícito que se parece poco a la interiorización por ósmosis que los bebés parecen experimentar cuando se les sumerge en una lengua. Mi sobrino de cuatro años no sabe atarse los zapatos, pero conjuga verbos e incrusta subordinadas sin titubear, a pesar de que nadie le ha enseñado explícitamente. Esto no tiene nada de extraordinario, no hace nada distinto a lo que hace la mayoría de niños de su edad. No nacemos predispuestos a adquirir una lengua en concreto, pero parece que lleguemos a este mundo esperando adquirir una. Nacemos sedientos de lengua.

Si uno se para a pensarlo, la capacidad lingüística de los humanos es prodigiosa: con una vibración de los plieguecillos que tenemos alojados en la garganta o unos trazos dispuestos en un papel somos capaces de producir ideas, conceptos o sentimientos en otra cabeza humana. La Lingüística lleva desde mediados del siglo XX intentando acometer dos tareas titánicas: la de dotar a otras especies animales y a las máquinas de nuestra capacidad lingüística. En ambos casos, el resultado ha sido infructuoso (por ahora). Por espectacular que sea, el repertorio limitado de gestos de lengua de signos que una gorila es capaz de imitar no es equiparable a la capacidad lingüística que poseemos los humanos. Tampoco lo son los sistemas informáticos de generación automática, por muy apabullante que sea su fluidez. Las abejas danzan para indicar a sus compañeras la localización de nuevas fuentes de néctar, pero sus bailes no les permiten referirse a fuentes de néctar futuras o hipotéticas, como sí nos permiten expresar las lenguas humanas. Hasta donde sabemos, somos los únicos en el mundo conocido con capacidad para el lenguaje.

De acuerdo, la capacidad lingüística de los humanos es abrumadora. ¿Pero no bastaría con tener una sola lengua para dar rienda suelta a toda esa capacidad? ¿Dónde está el valor de que existan por miles? Al fin y al cabo, sabemos que todos los idiomas tienen grados de complejidad semejante, y que todos disponen de los mecanismos para poder dar cuenta de la realidad que rodea a sus hablantes. A ojos de un extraterrestre, todas las lenguas humanas probablemente parecerían variaciones de la misma. El meollo reside en que cada lengua fragmenta la realidad de maneras diferentes. La pluralidad de lenguas nos permite asomarnos a las distintas conceptualizaciones que los humanos hacen de la existencia.

La realidad es la misma, los moldes para conceptualizarla varían. No supone esto que la lengua que se adquiere como materna determine las habilidades ni la percepción de los hablantes. No vivimos encerrados en nuestro idioma. Pero de la misma manera que toda la historia de la literatura se puede entender como distintas formas de mirar un puñado de temas universales que se repiten (el amor, la muerte, etc.), las distintas lenguas son variaciones que permiten dar cuenta de la totalidad de la experiencia humana haciendo uso de distintas estrategias, con la salvedad de que mientras que las obras literarias suelen ser producto de un individuo, las lenguas son obras colectivas. A través de la diversidad de las lenguas podemos intentar diferenciar qué aspectos de las lenguas son principios universales del lenguaje comunes a todas los idiomas y qué valores son variables y están sujetos a cambios.

Dejando a un lado lo escalofriante de la propuesta inicial, la idea de borrar de un plumazo todas las lenguas del mundo para quedarnos con un solo idioma global es, además, muy poco realista: incluso suponiendo que tal cosa fuera posible, las lenguas originales de los distintos grupos de humanos harían que los hablantes de cada lugar tendiesen a hablar esa supuesta koiné global de maneras muy distintas (de forma semejante a la impronta natural que el castellano nos deja a los hispanoparlantes cuando intentamos hablar en inglés). Esas particularidades locales serían incorporadas por las siguientes generaciones de hablantes, lo que constituiría un caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de variedades lingüísticas diferenciadas. La existencia de variedades locales (junto con la erosión lingüística natural que trae consigo el paso del tiempo y los consiguientes seísmos lingüísticos que ello desata) resultaría con gran probabilidad en la fragmentación de ese ansiado idioma único en lenguas locales claramente diferenciadas, un proceso en último término no muy distinto al que ocurrió cuando el latín se fragmentó en las lenguas romances. De vuelta a la casilla de salida del multilingüismo del que supuestamente el plan quería escapar (pero habiendo infligido un sufrimiento considerable y tirado por la ventana buena parte del patrimonio humano).

En último término, la visión de las lenguas desde una óptica puramente utilitarista es como intentar atribuirle finalidad a la existencia de un río, de una montaña o del sauce llorón. En la naturaleza hay porqués, pero no hay "para qués", porque preguntarse por la finalidad de los fenómenos naturales presupone una intención o una voluntad. Indignarse por la existencia de múltiples lenguas es tan marciano como considerar que, puestos a tener un organismo vivo que haga la fotosíntesis, nos bastaba con una sola especie de árbol y no era necesario el derroche de variación biológica con el que la naturaleza nos asombra.

La lengua no es algo que hacemos, sino algo que nos hace, algo que somos. Nuestra singularidad como individuos, nuestra inteligencia colectiva como grupo, nuestra habilidad cognitiva como especie, es decir, todo lo que nos construye como humanos permea las distintas capas freáticas que constituyen una lengua. Entender las lenguas, observarlas, estudiar su diversidad nos permite asomarnos a esta capacidad rara y fabulosa que es el lenguaje. En definitiva, nos ayuda a conocer un poco mejor a esos primates insignificantes, vulnerables e irremediablemente cooperativos que, durante un instante de tiempo, habitaron un punto azul pálido en la inmensidad del universo.

lunes, 14 de junio de 2021

AUTOBIOGRAFÍAS: LUIS ROSALES, GLORIA FUERTES Y JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO

Como complemento a otra entrada anterior del blog, Recuentos de vida: Hierro, Otero y Celaya, os presento hoy otros tres poemas de autores del periodo de posguerra que nos dejaron sus autobiografías en forma de poemas. Los poetas son Luis Rosales, Gloria Fuertes y José Agustín Goytisolo. Así nos acercaremos a sus vidas,  a su relación con los demás y a sus mundos interiores. El tono de los poemas y los sentimientos vertidos en las «autobiografías» rezuman esa autenticidad del poeta que mira hacia dentro y comparte con sus lectores lo más íntimo y personal, siempre teñido de melancolía y tristeza. Pero a eso hay que añadir el tratamiento irónico (e incluso humorístico en los dos últimos poemas) con el que los autores se miran a sí mismos con distancia.

Los tres poemas pueden ser perfectamente cartas de presentación de sus autores. De Luis Rosales podemos leer La casa encendida, obra poética escrita en versículos, que muestra la experiencia dolorosa del paso del tiempo, pero también la afirmación de la armonía y de la esperanza. A Gloria Fuertes ya la presentamos en otra entrada del blog y destacamos la cercanía de su poesía por el lenguaje empleado y el tono irónico y humorístico de sus poemas que denuncian la hipocresía social y las injusticias. De José Agustín Goytisolo, también presente en otras entradas del blog, podemos acercarnos a Palabras para Julia, una de sus obras más populares e importantes.

          AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

                      Luis Rosales

 

          AUTOBIOGRAFÍA

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

           Gloria Fuertes

 

        AUTOBIOGRAFÍA

Cuando yo era pequeño
estaba siempre triste
y mi padre decía
mirándome y moviendo
la cabeza: hijo mío
no sirves para nada.

Después me fui al colegio
con pan y con adioses
pero me acompañaba
la tristeza. El maestro
graznó: pequeño niño
no sirves para nada.

Vino luego la guerra
la muerte -yo la vi-
y cuando hubo pasado
y todos la olvidaron
yo triste seguí oyendo:
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
los pantalones largos
la tristeza en seguida
cambió de pantalones.
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.

En la calle en las aulas
odiando y aprendiendo
la injusticia y sus leyes
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada.

De tristeza en tristeza
caí por los peldaños
de la vida. Y un día
la muchacha que amo
me dijo y era alegre:
no sirves para nada.

Ahora vivo con ella
voy limpio y bien peinado.
Tenemos una niña
a la que a veces digo
también con alegría:
no sirves para nada.

           José Agustín Goytisolo

 

viernes, 11 de junio de 2021

A VUELTAS CON LA ORTOGRAFÍA

Rescato dos columnas periodísticas aparecidas en los últimos años en El País que enfocan el tema de la necesidad de la ortografía, siempre en el centro del debate y objeto de atención de varias entradas del blog, desde puntos de vista diferentes pero complementarios. El primer texto, Broca y Wernicke, de Ignacio Rodríguez Alemparte, plantea la cuestión a partir de la biología. El segundo, La ortografía es el termómetro, de Álex Grijelmo, plantea el tema desde una perspectiva sociólogica. En los dos la conclusión es la misma: la ortografía no es algo caprichoso ni un asunto nimio o insustancial, es básica y fundamental en la creación de una comunidad de usuarios de una lengua.

Broca y Wernicke

Ignacio Rodríguez Alemparte

El cerebro usa dos rutas para leer: el área de Broca (lóbulo frontal) y el área de Wernicke (lóbulo temporal). La primera hace una conversión grafofonológica, mientras que la segunda reconoce la palabra atendiendo a su aspecto. Esta última ruta es más rápida y adquiere más importancia cuanto más experto es el lector. Por eso los lectores principiantes silabean, mientras que los avezados leen varias palabras de un golpe de vista. Es posible hacerlo porque gracias a la ortografía las palabras siempre se escriben igual. Es fácil darse cuenta si tratamos de leer un texto plagado de cambios ortográficos. Veremos cómo nuestra velocidad lectora cae enormemente.

Higual uz te no ze lo qree aun ke quisa hesté vreve i esa jerado hegemplo se ha balido.

Bloqueada la ruta de Wernicke, el cerebro no reconoce las palabras y debe identificar sus fonemas uno a uno, silabeando igual que hace un niño. Abolir la ortografía haría que cada cual escribiese cada palabra “como le suena” y nos entorpecería a todos la lectura. También a las personas supuestamente “discriminadas” por la ortografía, a las que dificultaría aún más el acceso a la cultura. Parece más sensato exigir una escuela pública de calidad para todos que suprimir la ortografía.

Dicho esto, estoy de acuerdo en discutir si las normas que hay son mejorables. Por ejemplo, si es preferible mantener la “h” de “hierro” o sería mejor escribir “ierro”, “yerro”, “yierro”, “llerro”, “llierro” o sus correspondientes con erre simple. Son 12 variantes. Podemos decidir cuál preferimos, pero, a partir de ese momento, todos deberemos escribirla igual. Y lo único que habremos hecho es sustituir una norma por otra, que igualmente habrá que aprender.

Vista la necesidad de unas normas y las variantes que la escritura fonológica puede producir, parece razonable mantener las que existen, que son, en gran parte, producto de la etimología. La “h” de “hierro” es el rastro genético que dejó la “f” de “ferrum”. Saberlo permite entender, por ejemplo, por qué decimos “cloruro férrico”. Es una realidad muy bella de las lenguas que no se debería despreciar con tanta ligereza.

 


La ortografía es el termómetro

Álex Grijelmo

Quien tiene un problema de ortografía no sufre solamente ese problema. Los errores con la puntuación o las letras van siempre asociados a una deficiente expresión sintáctica y a un vocabulario pobre. La ortografía es el mercurio que sirve para señalar la fiebre. Se podrán abolir las haches y las tildes, como propuso García Márquez, pero no por romper el termómetro bajará la temperatura.

Las personas acostumbradas a leer buenos libros y buenos periódicos no suelen cometer faltas cuando escriben, porque su memoria inconsciente ha ido almacenando las palabras exactas y ha deducido las relaciones gramaticales que mantienen entre sí. Y cuando las necesiten para expresar una idea, brotarán casi sin esfuerzo.

Frente a eso, las faltas involuntarias afloran en quienes no quisieron o no pudieron recibir una enseñanza de calidad y no han enriquecido luego su pensamiento con las cuidadas lecturas que conducen siempre a cuidadas reflexiones.

Hoy en día salimos a la plaza pública más con la palabra escrita que con la expresión oral. Redactamos mensajes de WhatsApp, de correo, escribimos en Twitter… Y paseamos por esa calle de multitudes vestidos solamente con nuestra ortografía y nuestra sintaxis. Así nos mostramos a los demás, que se formarán una opinión al respecto del mismo modo que se establece una impresión general ante quien lleva siempre lamparones en el traje.

En definitiva, la ortografía es sobre todo un indicio.

Se supone que quien escribe con corrección ha leído y ha incorporado a su pensamiento una estructura gramatical que le permite ordenar mejor las ideas y analizar con más competencia tanto lo que oye como lo que piensa. La buena ortografía ayuda además a relacionar unos vocablos con otros (y también a distinguir unos conceptos de otros).

Por el contrario, cabe suponer que quien comete faltas de ortografía no dispone de esas herramientas; que tal vez disfrute así de menor capacidad para la argumentación y la seducción, y que probablemente sea, por todo ello, una persona más manipulable.