lunes, 14 de septiembre de 2020

UNA MIRADA A NUESTRA LENGUA

En esta entrada de inicio de curso en la materia de Lengua castellana y Literatura, quiero que buceemos en nuestra lengua a partir de estos dos textos que he leído en este verano y que resultan muy sugerentes.

El primer texto es del famoso pianista ingés James Rhodes, afincado en nuestro país desde hace ya un tiempo. En «El idioma del amor», publicado en «El País» en el mes de julio pasado, reflexiona sobre alguna de las expresiones que empleamos habitualmente y que para él, que ha aprendido el castellano como lengua extranjera, resultan maravillosas y reveladoras de cómo son quienes las emplean.

 

El segundo texto es un vídeo que he conocido gracias a literland y que rescataba una producción muy interesante de UPSOCL, publicada hace cinco años, en la que selecciona las veinte palabras más preciosas del idioma español. Después de ver el vídeo, seguro que aprendemos nuevo vocabulario y percibimos la riqueza de nuestro idioma, aunque nuestra selección hubiera sido diferente.

De la misma forma que hemos visto que hacen estos creadores, vamos a seleccionar un puñado de palabras o expresiones de nuestra lengua (entre cinco y diez, más o menos), que nos gusten por su expresividad o nos llamen la atención por su fonética o por su significado, para presentarlas a los compañeros en clase y, si queréis, para compartirlas con los lectores del blog en el apartado de comentarios.

lunes, 7 de septiembre de 2020

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS: EL RETO DE UN NUEVO CURSO ESCOLAR

 LOS TRABAJOS: COMIENZO DEL CURSO ESCOLAR. Arranca el curso 2020-2021 y lo ya ha advertido en la entrada del pasado 30 de junio sigue estando vigente. La Administración ha vuelto a demostrar su falta de reflejos y su falta de iniciativas. Todo ello, lógicamente, ha generado la incertidumbre del profesorado y de las familias de los alumnos, que ven con mucha preocupación el comienzo del curso.

No se puede esperar hasta la última semana de agosto para tratar de acordar las pautas que van a guiar el nuevo curso, ni para publicar las órdenes que van a regular los diferentes escenarios en los que vamos a trabajar.

No se puede delegar toda la responsabilidad en los centros, apelando una vez más a su autonomía, cuando no se les provee ni de más recursos, ni de más personal docente, ni de más personal de limpieza.

No se puede maniatar a los centros en la toma de decisiones para cumplir los protocolos en los grupos de ESO, cuando ello implica perder medidas de atención a la diversidad como desdobles y grupos de apoyo y generar una mayor carga de grupos y alumnos en el profesorado.

No se puede tomar decisiones políticas sin tener en cuenta las propuestas y peticiones de los centros, porque revelan un tremendo desconocimiento de la realidad educativa, especialmente en lo referido a espacios comunes, horarios lectivos o recursos informáticos.

No se puede ignorar los ejemplos de otros países que ya han puesto en marcha medidas mucho más realistas y que están resultando eficaces.

No se puede haber desconfiado de la enseñanza a distancia y tratar de presentarla ahora como una solución parcial sin haber tomado apenas ninguna nueva medida  en ese sentido.

Y en estas estamos, inmersos en una realidad hasta ahora desconocida pero sin habernos pertrechado como hubiéramos debido.

LOS DÍAS: EL BLOG. En el blog seguiré con la dinámica de los últimos nueve cursos, centrándome en los aspectos relativos a la materia de Lengua castellana y Literatura, aunque en ocasiones inserte algún comentario o reflexión sobre el estado de la educación en estos tiempos inciertos.  

A pesar de que muchos profetizaron hace ya años el final de los blogs debido al empuje de las redes sociales, lo cierto es que los internautas (alumnos, padres, profesores, curiosos,…) demandan contenidos que tengan cierta profundidad o solvencia y propuestas de actividades educativas que puedan llevarse al aula. Todo ello puede encontrarse en los blogs de los profesores que llevamos tiempo en ese empeño de compartir con los demás y no encerrarnos en las plataformas educativas que solo llegan a unos pocos, porque aún albergamos esa idea de llevar la educación más allá de las aulas. En el caso del blog complemento agente llegó a dispararse de forma extraordinaria el número de visitas durante las semanas del confinamiento y posteriores, así como el número de comentarios, muchos de ellos de agradecimiento, lo que demuestra que existe esa necesidad de contenidos y propuestas. Todo esto constituye un estímulo para seguir trabajando en esta línea y para mantener la esperanza en que es posible afrontar el reto educativo en estos tiempos difíciles.

***

Así que, entre la incertidumbre y la esperanza, ya estamos preparados para los trabajos y los días de este nuevo curso escolar.

sábado, 29 de agosto de 2020

CHARLIE PARKER VISTO POR JULIO CORTÁZAR EN «EL PERSEGUIDOR»

«Esto lo estoy tocando mañana»

Y, a pesar de que en la entrada del pasado 30 de junio me despedí de todos hasta septiembre, he decidido publicar dos entradas en los meses de verano por diversos motivos: la del fallecimiento de  Juan Marsé, para testimoniar mi homenaje a un autor que me ha hecho disfrutar con sus novelas como muy pocos; y la del recuerdo del asesinato de García Lorca para dejar claro que, en estos tiempos tan difíciles en los que estamos viviendo, la memoria y la reivindicación de la justicia son principios de los que no se puede renegar, aun cuando estemos bombardeados por falsas noticias, por mentiras interesadas  o por apologías de regímenes fascistas.

Y ahora escribo la tercera (y última del verano) para recordar la figura de uno de los grandes músicos del siglo XX, Charlie Parker, en el centenario de su nacimiento, que ha pasado bastante desapercibido en los medios informativos de nuestro país. El genial e inclasificable saxofonista de jazz es uno de esos músicos que, además de en sus grabaciones, también ha seguido viviendo en la literatura por su búsqueda de una expresión artística libre y rompedora con todas las reglas existentes hasta la primera mitad del siglo XX.

Los autores estadounidenses de la generación beat, como Ginsberg, Burroughs o Kerouac, vieron en Charlie Parker el modelo para conquistar una lengua literaria nueva y libre. Pero será Julio Cortázar, gran enamorado y conocedor del jazz, quien dedique al genial músico uno de esos cuentos, El perseguidor, que uno puede leer cuantas veces quiera porque siempre descubre en la figura de su protagonista, Johny Carter, el trasunto de Charlie Parker, ideas, revelaciones y reflexiones sugerentes sobre el arte, la existencia, el espacio y el tiempo.

Os dejo un fragmento de este extraordinario cuento en el que se aprecia algo de todo esto. El narrador, Bruno, crítico de jazz y biógrafo del músico, relata al principio del cuento un encuentro entre ambos a través del cual vamos conociendo al genial Johnny, inconformista e inadaptado, que busca en su música el sentido último de la existencia.

Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: "Esto lo estoy tocando mañana", y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: "Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana", y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.

Además de la invitación a la lectura del cuento, os propongo una invitación a la música de Charlie Parker con tres de sus grabaciones que deseo que formen también parte de la banda sonora de la vida de los lectores del blog como forman parte de la mía.

Seguro que con esta doble invitación afrontamos con más fuerzas el inicio de este curso que se nos viene encima repleto de incertidumbres.

martes, 18 de agosto de 2020

EL CRIMEN FUE EN GRANADA: EN MEMORIA DE FEDERICO GARCÍA LORCA

 Tal día como hoy, hace ochenta y cuatro años, fue asesinado uno de los mayores poetas y dramaturgos de nuestra literatura, Federico García Lorca. Recordamos su figura y su obra con la elegía que compuso en su honor otro de nuestros grandes poetas, Antonio Machado.

Sirva esta entrada como recordatorio del autor de Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba, y de las circunstancias de su muerte (un asesinato, un crimen cometido por los partidarios del bando franquista motivado por sus ideas políticas y su condición sexual) y del oprobio y la vergüenza de un país que todavía hoy, como en el caso de García Lorca, no ha exhumado a miles de sus compatriotas que yacen en las cunetas y las fosas repartidas por todo su territorio para darles un digno entierro.

EL CRIMEN FUE EN GRANADA

I. El crimen

Se le vio, caminando entre fusiles,

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas de la madrugada.

Mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos

no osó mirarle la cara.

Todos cerraron los ojos;

rezaron: ¡ni Dios te salva!

Muerto cayó Federico

—sangre en la frente y plomo en las entrañas—

… Que fue en Granada el crimen

sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

 

II. El poeta y la muerte

Se le vio caminar solo con Ella,

sin miedo a su guadaña.

—Ya el sol en torre y torre, los martillos

en yunque— yunque y yunque de las fraguas.

Hablaba Federico,

requebrando a la muerte. Ella escuchaba.

«Porque ayer en mi verso, compañera,

sonaba el golpe de tus secas palmas,

y diste el hielo a mi cantar, y el filo

a mi tragedia de tu hoz de plata,

te cantaré la carne que no tienes,

los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía,

los rojos labios donde te besaban…

Hoy como ayer, gitana, muerte mía,

qué bien contigo a solas,

por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

 

III.

Se le vio caminar…

                                      Labrad, amigos,

de piedra y sueño en el Alhambra,

un túmulo al poeta,

sobre una fuente donde llore el agua,

y eternamente diga:

el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

domingo, 19 de julio de 2020

EN RECUERDO DE JUAN MARSÉ


Esta entrada es el pequeño homenaje del blog al narrador más extraordinario de los últimos sesenta años en nuestra literatura, Juan Marsé, fallecido hoy en Barcelona a los 87 años.
Juan Marsé es un escritor que ha cautivado a varias generaciones de lectores, que encontraron en sus obras un mundo propio, unos personajes inolvidables, unas fantásticas aventis y una portentosa lengua que es fruto de un minucioso y exigente trabajo. Sus novelas hablan del pasado, de la memoria y de sus trampas, de la realidad y de la apariencia, de la vida y de la imaginación, cuestiones que pronto conectan con los intereses y preocupaciones de los propios lectores.
En otras páginas del blog hemos tratado de dos de sus grandes novelas: Últimas tardes con Teresa o Si te dicen que caí, títulos emblemáticos de la historia reciente de nuestra literatura. En esta ocasión quiero compartir con los lectores del blog las primeras páginas del primer capítulo de la magnífica Un día volveré, otra de su grandes creaciones, como una invitación a la lectura de sus cuentos y novelas. Es una muestra, entre tantísimas otras, del arte de Juan Marsé para crear personajes y ambientes, con un estilo inconfudible.
 
Néstor tenía dieciséis años y aún llevaba la armónica sujeta al cinturón como si fuese una pistola.
La noche que supo que su tío iba a salir de la cárcel birló una botella de anís en el bar Trola y agarramos la primera trompa de nuestra vida tirados en la acera, en medio de un olor dulzón a basuras y a ramas de laurel tronchadas. Ya era muy tarde y el barrio dormía envuelto en una perezosa neblina a ras de suelo. La luz de la farola centelleaba como un alacrán de plata en el contrachapado de la armónica mientras Néstor tocaba, la botella pasaba de mano en mano y gemía a lo lejos la sirena de un buque. Pegada al cristal de la farola, una salamanquesa proyectaba su sombra en el muro, por encima de nuestras cabezas. Luego nos levantamos a mear juntos en la esquina de las basuras, codo con codo, las tres mingas apuntando al mismo sitio. Entonces, a nuestro lado, la negra silueta de un hombre con sombrero y gabardina se encaramó lentamente por el muro.
—Chavales, ¿quién os ha dado permiso para venir a ensuciar esta pared?
—Picha española no mea sola.
—Eso no es una respuesta.
—¿Quiere un trago, forastero?
—Tú, el de la armónica. ¿No ves el retrato pintado ahí?
—Yo no, ¿y usted?
—No me hables en ese tono.
—Pues déjenos en paz. Circule.
—Quiero hacerte unas preguntas. Date la vuelta.
Néstor no se movió.
—Qué pasa. ¿Es usted un poli?
—Podría ser. ¿Dónde vives, mocoso?
—En esta misma calle.
—Entonces sabes muy bien lo que tienes delante.
—Aquí sólo hay un montón de porquería, señor.
—Hay una cara y te estás meando en ella.
—¿Sí? Está muy oscuro, yo no la veo...
—¿Quieres que te la haga ver a bofetadas? Termina de una vez y vuélvete.
—¿Para qué?
—Te voy a enseñar modales, muchacho.
Néstor se volvió, despacio, abrochándose la bragueta. No las tenía todas consigo, pero por lo menos había aguantado hasta terminar lo que empezó. A nosotros, la meada se nos había cortado hacía rato.
El desconocido apareció de pronto bajo la luz macilenta del farol como surgido del mismo asfalto o de una grieta en la noche. Llevaba una trinchera color caqui con muchos botones y complicadas hebillas, las solapas alzadas y la mano derecha en el bolsillo. Bajo la sombra del ala del sombrero sus ojos emitían un destello acerado. Teníamos la sensación de lo ya visto, de haber vivido esta aparición en un sueño o tal vez en la pantalla del Roxy o del Rovira en la sesión de tarde de un sábado... El hombre miraba el garabato negro estampillado en la esquina, el borroso busto regado de orines que parecía asentado en el maloliente montón de desperdicios y pensé apresuradamente en una excusa: no lo hacemos expresamente, señor; sólo con que lo hubiesen pintado un poco más arriba en la pared, aunque de hecho él es bajito y rechoncho, y no es por ofender, ni las basuras ni las meadas le llegarían nunca a la nariz...
Pero el tipo ya se estaba metiendo otra vez con el hijo de Balbina:
—¿Sabes que podría denunciarte? ¿Cómo te llamas?
—Néstor.
—¿Néstor qué más?
—Julivert.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete, casi...
—¿Te parece bonito andar golfeando a estas horas?
—Yo me he criado golfeando a estas horas, señor.
—No te hagas el gracioso conmigo o te parto la boca.
—Si cree que me va a asustar porque sea de la bofia...
—No he dicho que lo sea. ¿Trabajas?
—En aquel bar —indicó con la cabeza calle abajo, en la acera contraria—: El toldo naranja.
—¿Cómo se llama tu padre?
Néstor reflexionó antes de contestar.
—No tengo padre.
—¿Y tu madre?
—Balbina.
—¿Está ahora en casa?
—No. Trabaja de noche.
—¿Dónde?
—¡A usted qué le importa!
—No me levantes la voz.
Encendió un cigarrillo inclinando la cabeza. Vimos sus puños al trasluz de la llama de la cerilla, fuertes y delicados a la vez, como de alabastro. Miró a Néstor y dijo:
—¿Cómo se llama tu tío, el que está en la cárcel por atracador? Néstor tragó saliva.
—Se llama Jan Julivert Mon.
—¿Cuántos años lleva preso?
—Trece años menos cuatro meses...
—¿Sabes que está a punto de cumplir?
—Sí.
El desconocido tardó unos segundos en hacer la siguiente pregunta:
—¿Te acuerdas de él? —mirándole fijamente a los ojos—. ¿Crees que podrías reconocerle, si le vieras ahora?
Por poco se me para el corazón, nos confesaría Néstor más tarde. El hombre retrocedió un paso y, como el telón de un teatro, la sombra del ala del sombrero remontó lentamente su cara hasta la mitad de la nariz. Vimos el mentón duro y la boca musculosa, los pliegues muy marcados bajo las comisuras, los pómulos altos y terrosos.
Néstor no contestó. Luchaba, nos diría luego, con una repentina náusea y un pataleo en la boca del estómago, como si el mono del anís que habíamos mamado estuviera allí dentro haciendo cabriolas.
—¿Quién es usted? —dijo por fin—. ¿Qué quiere?
Por segunda vez, el hombre pareció dudar. Se llevó el cigarrillo a la boca con el pulgar y el índice, con la parsimonia de los viejos, le dio una chupada y la brasa iluminó fugazmente su cara.
—Darte un buen consejo. Cuando quieras mear en la calle, arrímate a un árbol. Te evitarás problemas.
—Ya. Como los perros.
—A no ser que prefieras dormir en la comisaría.
—Me da igual.
—Déjate de bromas con este señor, ¿entendido? —señaló el retrato de la pared.
Néstor sonrió displicente:
—Hace años que venimos a mear aquí y el señor nunca se ha quejado.
—No te pases de listo. Lo digo por tu bien. Y ahora marchaos.
—¿Por qué? ¿Quién se ha creído usted que es?
—Largo, a mear a otra parte.
—Mi tío no me habría reñido por eso...
—¿Estás seguro? —El desconocido se le quedó mirando y añadió algo muy extraño—: Vete a dormir y abre bien los ojos, muchacho.
Cruzamos la calle pateando una alpargata vieja y bajamos por la otra acera hacia la plaza Rovira. Néstor iba haciéndose el remolón. La botella de anís estaba casi vacía y la tiramos a la cloaca. Al fondo de la cloaca se oían débiles maullidos de gatitos recién nacidos, y Pablo y yo nos agachamos a mirar.
Cuando volvimos la cabeza, el hombre ya no estaba bajo el farol. Desde el ángulo más sombrío de la esquina, siempre con la basura hasta el cuello y meado hasta el gorro, el Caudillo nos miraba.