Muchos
de los artículos y los cuentos de Emilia Pardo Bazán nos muestran a una autora
preocupada por la situación de la mujer a finales del siglo XIX y principios
del siglo XX. Y, lamentablemente, muchos de ellos siguen siendo actuales. Por
ejemplo, ella ya habló de los
«mujericidios» (o feminicidios), del acoso sexual, de la reivindicación del trabajo de la mujer fuera del ámbito doméstico, del derecho al voto de las
mujeres y de la discriminación que sufrían en la educación. Algunas de estas cuestiones están superadas pero otras están pendientes todavía, más de cien años después de sus escritos. Y, por eso, las seguimos recordando en un día reivindicativo como el de hoy.
La
autora gallega muestra en sus cuentos una actitud crítica y feminista ante la
los problemas vividos por las mujeres de su tiempo en nuestro país, cuando muy pocos lo hacían. En El indulto nos habla de la situación de
las mujeres maltratadas, del terror al maltrato físico, de los errores de la
justicia que no ayuda ni protege a las víctimas. En El encaje roto critica la falta de libertad de las mujeres solteras
a elegir marido y las actitudes violentas de muchos varones. En Piña denuncia la
situación de explotación en la que viven muchas mujeres a manos de sus maridos
o tiranos. En La culpable y Tío Terrones critica la presión y la censura de la sociedad patriarcal que castigan a las mujeres que ponen en entredicho su honra. En La flor seca o La careta rosa retrata cómo las mujeres son controladas obsesivamente por sus
maridos. En Feminista critica la
desigualdad de derechos entre hombres y mujeres y la violencia característica
de la sociedad machista.
Además
de los cuentos anteriores, hoy invito a leer Las medias rojas, un relato breve que nos presenta a Ildara, una
joven gallega, que no va a poder lograr su sueño de emigrar a América para salir
de la pobreza por culpa de la violencia de su padre, reflejo de una sociedad
patriarcal. Como señala la profesora María Elena Ojea Fernández en Narrativa feminista en los cuentos de la
condesa de Pardo Bazán, las similitudes de este relato con Tristana de Pérez Galdós, son
significativas. Ildara y Tristana son víctimas del poder patriarcal,
desempeñado, bien por el padre, bien por el marido. El resultado es el mismo:
la anulación total de la autoestima femenina y la imposibilidad de realizarse
por sí mismas. Tristana acaba coja, Ildara tuerta. No hay futuro para ellas.
Las
medias rojas
Cuando la rapaza entró,
cargada con el haz de leña que acababa de merodear en el monte del señor amo,
el tío Clodio no levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un
cigarro, sirviéndose, en vez de navaja, de una uña córnea, color de ámbar
oscuro, porque la había tostado el fuego de las apuradas colillas.
Ildara soltó el peso en
tierra y se atusó el cabello, peinado a la moda «de las señoritas» y revuelto
por los enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la
lentitud de las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las
berzas, las echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y
de unas judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de
estas operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba
desgarbadamente, haciendo en los carrillo dos hoyos como sumideros, grises,
entre el azuloso de la descuidada barba.
Sin duda la leña estaba
húmeda de tanto llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda
acre; pero el labriego no reparaba: al humo ¡bah!, estaba él bien hecho desde
niño. Como Ildara se inclinase para soplar y activar la llama, observó el viejo
cosa más insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y
encharcadas sayas de la moza… Una pierna robusta, aprisionada en una media
roja, de algodón…
-¡Ey! ¡Ildara!
-¡Señor padre!
-¿Qué novidá es esa?
-¿Cuál novidá?
-¿Ahora me gastas medias,
como la hirmán del abade?
Incorporóse la muchacha, y
la llama, que empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote,
alumbró su cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de
pupilas claras, golosas de vivir.
-Gasto medias, gasto medias
-repitió sin amilanarse-. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
-Luego nacen los cuartos en
el monte -insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
-¡No nacen!… Vendí al abade
unos huevos, que no dirá menos él… Y con eso merqué las medias.
Una luz de ira cruzó por los
ojos pequeños, engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador…
Saltó del banco donde estaba escarrancado, y agarrando a su hija por los
hombros, la zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras
barbotaba:
-¡Engañosa! ¡engañosa!
¡Cluecas andan las gallinas que no ponen!
Ildara, apretando los
dientes por no gritar de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre
su temor de mociña guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había
sucedido a la Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con
el aro de la criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su
belleza, hoy que se acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir.
Cumplida la mayor edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en
cuyas entrañas tanto de su parroquia y de las parroquias circunvecinas se
habían ido hacia la suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el
oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería
emigrar, cansado de una vida de labor, indiferente de la esperanza tardía: pues
que se quedase él… Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho, que
le adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de
los cuales habían salido las famosas medias… Y el tío Clodio, ladino, sagaz,
adivinador o sabedor, sin dejar de tener acorralada y acosada a la moza,
repetía:
-Ya te cansaste de andar
descalza de pie y pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó
medias alguna vez tu madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes
con el cacho de espejo? Toma, para que te acuerdes…
Y con el cerrado puño hirió
primero la cabeza, luego, el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma
no alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete
más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio como un cielo estrellado, miles
de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un
negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un
instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla
marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra
que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual
profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida
de espanto, ya no chillaba siquiera.
Salió fuera, silenciosa, y
en el regato próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en
la mano. Del ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado
tarde y de mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de
la retina, cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía… en quedarse
tuerta.
Y nunca más el barco la
recibió en sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y
lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos
alumbrando y su dentadura completa…