jueves, 21 de enero de 2016

«TALLER DE POESÍA» DE ÁNGEL GUINDA


Y escribid como el agua, escribid como el fuego:
el agua y el fuego no escriben hacia atrás.

Ahora que se convocan un año más los concursos literarios del instituto y que pronto nos visitará Ángel Guinda en el «Club de lectura», he pensado en este hermoso poema en prosa del poeta zaragozano, «Taller de poesía». Es una invitación a vivir la literatura y a escribir poesía, participando en los concursos, además de una invitación para que conozcáis al creador de Caja de lava, la obra en que aparece este poema, y Catedral de la Noche, los dos poemarios que nos ocuparán el próximo 26 de enero en la charla que tendremos con el escritor.

TALLER DE POESÍA
Leed a los poetas verdaderos. Vivid, vivid al límite vuestra propia existencia. Cruzad la Tierra, recorred sin miedo el laberinto de vuestro interior. Descended a los cielos, subid a los infiernos. Estad alertas siempre a lo inefable. Sembrad flores de luz en los cerebros, portazos y regueros de imposible. Desenfrenadamente, amad. Embadurnaos con el oro de la alegría, con el barro de la adversidad y del dolor. Trabajad sin descanso. Resbalad por lo superficial, profundizad en lo hondo. Avanzad mortalmente hacia la nada. Convivid la resistencia de los otros: haced vuestras sus penurias, sus desgracias, saturaos de sus sufrimientos. Esperad la llamada del poema como una llamarada. Y escribid como el agua, escribid como el fuego: el agua y el fuego no escriben hacia atrás.

lunes, 18 de enero de 2016

LAS HUELLAS DE LOS CUENTOS DE «EL CONDE LUCANOR» DE DON JUAN MANUEL (2)

En otra entrada ya hablamos de cómo los cuentos de El conde Lucanor de don Juan Manuel habían tenido versiones muy diferentes a lo largo de la historia. El cuento XXXII («Lo que sucedió a un rey con los burladores que le hicieron el paño») ha inspirado también obras importantes en la historia de la literatura que pretenden poner en evidencia a aquellos que creen que algo es verdad solo porque todo el mundo dice que es verdad.
Grabado para El retablo de las maravillas
Miguel de Cervantes lo tuvo presente a la hora de componer el El retablo de las maravillas,  uno de sus entremeses más famosos. En él, los pícaros Chirinos y Chanfalla, que se ganan la vida aprovechándose de la estupidez humana, pretenden dar en un pueblo una maravillosa función teatral en su teatrillo de títeres, que solo podrá ser vista por aquellos que sean hijos legítimos y cristianos viejos. Todos los asistentes a la representación (incluidas las autoridades)  afirmarán  estar viendo la inexistente obra, lo que provocará múltiples situaciones cómicas.
Ilustración de
El traje nuevo del emperador
El traje nuevo del emperador, conocido también como El rey desnudo, el célebre cuento de Hans Christian Andersen, nació igualmente a partir de una versión alemana del libro de don Juan Manuel, que leyó el autor danés y  que le sirvió para escribir su relato.
Os dejo el cuento de don Juan Manuel, que a su vez está inspirado en la tradición cuentística que provenía de la India, en versión modernizada tal y como puede leerse en la siempre recomendable página de ciudadseva.

CUENTO XXXII
LO QUE LE SUCEDIÓ A UN REY CON LOS BURLADORES QUE LE HICIERON EL PAÑO

Una vez el conde Lucanor le dijo a Patronio, su consejero:
-Patronio, un hombre me ha venido a proponer una cosa muy importante y que dice me conviene mucho, pero me pide que no lo diga a ninguna persona por confianza que me inspire, y me encarece tanto el secreto que me asegura que si lo digo toda mi hacienda y hasta mi vida estarán en peligro. Como sé que nadie os podrá decir nada sin que os deis cuenta si es verdad o no, os ruego me digáis lo que os parece esto.
-Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, para que veáis lo que, según mi parecer, os conviene más, me gustaría que supierais lo que sucedió a un rey con tres granujas que fueron a estafarle.
El conde le preguntó qué le había pasado.
-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, tres pícaros fueron a un rey y le dijeron que sabían hacer telas muy hermosas y que especialmente hacían una tela que sólo podía ser vista por el que fuera hijo del padre que le atribuían, pero que no podía verla el que no lo fuera. Al rey agradó esto mucho, esperando que por tal medio podría saber quiénes eran hijos de los que aparecían como sus padres y quiénes no, y de este modo aumentar sus bienes, ya que los moros no heredan si no son verdaderamente hijos de sus padres; a los que no tienen hijos los hereda el rey. Éste les dio un salón para hacer la tela.
Dijéronle ellos que para que se viera que no había engaño, podía encerrarlos en aquel salón hasta que la tela estuviese acabada. Esto también agradó mucho al rey, que los encerró en el salón, habiéndoles antes dado todo el oro, plata, seda y dinero que necesitaban para hacer la tela.
Ellos pusieron su taller y hacían como si se pasaran el tiempo tejiendo. A los pocos días fue uno de ellos a decir al rey que ya habían empezado la tela y que estaba saliendo hermosísima; díjole también con qué labores y dibujos la fabricaban, y le pidió que la fuera a ver, rogándole, sin embargo, que fuese solo. Al rey le pareció muy bien todo ello.
Queriendo hacer antes la prueba con otro, mandó el rey a uno de sus servidores para que la viese, pero sin pedirle le dijera luego la verdad. Cuando el servidor habló con los pícaros y oyó contar el misterio que tenía la tela, no se atrevió a decirle al rey que no la había visto. Después mandó el rey a otro, que también aseguró haber visto la tela. Habiendo oído decir a todos los que había enviado que la habían visto, fue el rey a verla. Cuando entró en el salón vio que los tres pícaros se movían como si tejieran y que le decían: "Ved esta labor. Mirad esta historia. Observad el dibujo y la variedad que hay en los colores." Aunque todos estaban de acuerdo en lo que decían, la verdad es que no tejían nada. Al no ver el rey nada y oír, sin embargo, describir una tela que otros hablan visto, se tuvo por muerto, porque creyó que esto le pasaba por no ser hijo del rey, su padre, y temió que, si lo dijera, perdería el reino. Por lo cual empezó a alabar la tela y se fijó muy bien en las descripciones de los tejedores. Cuando volvió a su cámara refirió a sus cortesanos lo buena y hermosa que era aquella tela y aun les pintó su dibujo y colores, ocultando así la sospecha que había concebido.
A los dos o tres días envió a un ministro a que viera la tela. Antes de que fuese el rey le contó las excelencias que la tela tenía. El ministro fue, pero cuando vio a los pícaros hacer que tejían y les oyó describir la tela y decir que el rey la había visto, pensó que él no la veía por no ser hijo de quien tenía por padre y que si los demás lo sabían quedaría deshonrado. Por eso empezó a alabar su trabajo tanto o más que el rey.
Al volver el ministro al rey, diciéndole que la había visto y haciéndole las mayores ponderaciones de la tela, se confirmó el rey en su desdicha, pensando que si su ministro la veía y él no, no podía dudar de que no era hijo del rey a quien había heredado. Entonces comenzó a ponderar aún más la calidad y excelencia de aquella tela y a alabar a los que tales cosas sabían hacer.
Al día siguiente envió el rey a otro ministro y sucedió lo mismo. ¿Qué más os diré? De esta manera y por el temor a la deshonra fueron engañados el rey y los demás habitantes de aquel país, sin que ninguno se atreviera a decir que no veía la tela. Así pasó la cosa adelante hasta que llegó una de las mayores fiestas del año. Todos le dijeron al rey que debía vestirse de aquella tela el día de la fiesta. Los pícaros le trajeron el paño envuelto en una sábana, dándole a entender que se lo entregaban, después de lo cual preguntaron al rey qué deseaba que le hiciesen con él. El rey les dijo el traje que quería. Ellos le tomaron medidas e hicieron como si cortaran la tela, que después coserían.
Cuando llegó el día de la fiesta vinieron al rey con la tela cortada y cosida. Hiciéronle creer que le ponían el traje y que le alisaban los pliegues. De este modo el rey se persuadió de que estaba vestido, sin atreverse a decir que no veía la tela. Vestido de este modo, es decir, desnudo, montó a caballo para andar por la ciudad. Tuvo la suerte de que fuera verano, con lo que no corrió el riesgo de enfriarse. Todas las gentes que lo miraban y que sabían que el que no veía la tela era por no ser hijo de su padre, pensando que los otros sí la veían, se guardaban muy bien de decirlo por el temor de quedar deshonrados. Por esto todo el mundo ocultaba el que creía que era su secreto. Hasta que un negro, palafrenero del rey, que no tenía honra que conservar, se acercó y le dijo:
-Señor, a mí lo mismo me da que me tengáis por hijo del padre que creí ser tal o por hijo de otro; por eso os digo que yo soy ciego o vos vais desnudo.
El rey empezó a insultarle, diciéndole que por ser hijo de mala madre no veía la tela. Cuando lo dijo el negro, otro que lo oyó se atrevió a repetirlo, y así lo fueron diciendo, hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a la verdad y entendieron la burla que les habían hecho. Fueron a buscar a los tres pícaros y no los hallaron, pues se habían ido con lo que le habían estafado al rey por medio de este engaño.
Vos, señor conde Lucanor, pues ese hombre os pide que ocultéis a vuestros más leales consejeros lo que él os dice, estad seguro de que os quiere engañar, pues debéis comprender que, si apenas os conoce, no tiene más motivos para desear vuestro provecho que los que con vos han vivido y han recibido muchos beneficios de vuestra mano, y por ello deben procurar vuestro bien y servicio.
El conde tuvo este consejo por bueno, obró según él y le fue muy bien. Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:
Al que te aconseja encubrirte de tus amigos
le es más dulce el engaño que los higos.

martes, 12 de enero de 2016

RETRATOS DE HOMBRES Y MUJERES QUE ENAMORAN

Cada época ha tenido sus propios cánones de belleza para hombres y mujeres, que han ido cambiando con el paso del tiempo. Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, nos da en el Libro de Buen Amor descripciones de hombres y mujeres que representan los ideales de personas bellas en la Edad Media. Son descripciones físicas o prosopografías más que auténticos retratos y nos hablan de que para las personas del medievo ya era muy importante la apariencia (y no tanto el interior). Comparad los prototipos de belleza de la época con los actuales y sacad vuestras propias conclusiones.
Del protagonista de la obra, el personaje Juan Ruiz, conocemos su descripción a partir de las palabras de la alcahueta Trotaconventos cuando se dirige a la monja Garoza para convencerla del atractivo físico del arcipreste:

Retrato de Juan Ruiz
Dueña –dijo la vieja- yo lo veo a menudo:
es muy ancho de cuerpo, piernas fuertes, membrudo,
cabeza no pequeña, velloso, pescozudo,
el cuello no muy largo, pelinegro, orejudo:

las cejas separadas, negras como el carbón,
es erguido su andar, tiene aires de pavón;
muy firmes son sus pasos, y en buena dirección.
Tiene nariz muy larga, le falta proporción.

Las encías rojas y la voz grave,
la boca no pequeña, labios regulares,
más gruesos que delgados, rojos como el coral;
las espaldas muy anchas, las muñecas igual.

Sus ojos son pequeños, tirando a morenazo;
pectorales muy fuertes, muy fornido su brazo,
las piernas son perfectas; el pie, chico pedazo.
Señora, no vi más; su amor va en este abrazo.

Don Amor, otro personaje de la obra, da al arcipreste, desesperado por sus continuos fracasos amorosos, varios consejos para triunfar en sus aventuras amorosas. Entre otros consejos, le dice cómo ha de ser la mujer que le interesa. 


Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer
muchas cosas tendrás primero que aprender
para que ella te quiera en amor acoger.
Primeramente, mira qué mujer escoger.

Busca mujer hermosa, atractiva y lozana,
que no sea muy alta pero tampoco enana;
si pudieras, no quieras amar mujer villana
,
pues de amor nada sabe, palurda y chabacana.

Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillos no teñidos de alheña
;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.

Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claras y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.

La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas
, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos.

La su boca pequeña, así, de buena guisa
su cara sea blanca, sin vello, clara y lisa,
conviene que la veas primero sin camisa
pues la forma del cuerpo te dirá: ¡esto aguisa!