COMPLEMENTO AGENTE

BLOG DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA

miércoles, 7 de diciembre de 2022

LAS ESCRITORAS DE LA GENERACIÓN DEL 98

Volvemos en la entrada de hoy sobre una cuestión que ha ocupado varias veces nuestra atención: la revisión del canon literario. En esta ocasión lo hacemos a propósito de la reciente publicación de Lo que yo iba escribiendo. Las mujeres de la Generación del 98, de la periodista y escritora Carmen Estirado, en la editorial Carpe Noctem, reseñada en el diario infolibre hace una semana por David Gallardo.

María Lejárraga, Carmen de Burgos, Sofía Casanova, María de Maeztu, Carmen Baroja, Belén de Sárraga o Regina de Lamo, entre otras, fueron escritoras que se codearon con sus compañeros de generación como Miguel de Unamuno, Antonio Machado o Valle-Inclán y, sin embargo, fueron borradas de la historia de nuestra literatura. En un ejercicio de memoria y de justicia Carmen Estirado nos presenta a estas escritoras que en su momento destacaron como autoras de éxito de novelas, ensayos, obras teatrales y poemas (aunque no se volvieron a reeditar tras la Guerra Civil) y como pioneras del feminismo en España, en un tiempo en el que las mujeres no podían votar. La recuperación de estas escritoras tarda de esta forma un siglo en producirse, así que bienvenidos sean estudios como este que ponen en valor la labor de estas mujeres que la historia ha ninguneado durante tanto tiempo. 

En la introducción del libro Carmen Estirado comenta el objetivo de su obra.

Este libro parte de la premisa que en España hubo una guerra civil, una dictadura de 36 años y una censura selectiva y muy consciente en esa recuperación de la historia perdida. Se decidió callar a cada una de las mujeres que despuntaron en esta parte de la etapa grandiosa donde reinaban las libertades y las mujeres estaban cuestionando conceptos tan adelantados a su época —incluso a la nuestra— como el amor libre, el control de la natalidad o si era legítimo que las monjas no tuvieran derecho a tener hijos.

[…] ¿Por qué recuperarlas? ¿Por qué ahora? Porque hasta ahora no nos habíamos dado cuenta de este robo. Porque cuando estudié la generación del 98 no cuestioné ni un segundo que mi biblioteca estuviera solo formada por escritores. Ni un ápice de desconfianza. Ni un pestañeo. Así lo contaban los libros. Pero es que entonces no había test de Bechdel, ni gafas moradas, ni un nosotras paramos, ni se habían recuperado a las Sin Sombrero. La información venía de enciclopedias y profesores que repetían una y otra vez en cada escuela de España que en 1492 Cristóbal Colón conquistó América y que la generación del 98, los héroes que revolucionaron el mundo con una nueva forma de narrar, estaba formada solo por escritores. […]

Debemos una disculpa a aquellas mujeres que marcaron el pensamiento de nuestras abuelas, de nuestras madres y de nosotras mismas. Aquellas que lucharon por implantar nuevos derechos para las mujeres, esos que nos han ido enseñando remiendo a remiendo, bajo un manto de miedo y desesperanza. Ellas fueron las madres del feminismo en España. Madre en su más amplia definición. Madre en forma de lenguaje. De pensamiento. Madre en forma de ideas. En forma de madres. Ellas. Creadoras de palabras y de derechos. […]  Estas son algunas de las mujeres cuyos nombres no pasaron a la historia sencilla y complejamente por el hecho de ser mujeres. Estos son algunos nombres que no se incluyen en los libros de historia y literatura. Tenemos la obligación moral de recuperarlas. De repasar su pensamiento y repensar el nuestro. De hacerlo llegar a nuestros hijos. Ha llegado la hora de despatriarcalizar nuestras bibliotecas. De lo contrario, ahora que sabemos que sí que existieron, sería como seguir quemando su obra, como si, una vez más, estuviésemos consistiendo que ellas —nuestras madres— fuesen tratadas como brujas.

El caso de María Lejárraga y su falta de reconocimiento es paradigmático. Ilustra perfectamente el proceso de invisibilización de la mujer en la historia de las artes y de la literatura. Así lo relata Carmen Estirado en las páginas de su libro.

María firmó prácticamente toda su obra bajo el nombre de Gregorio Martínez Sierra, quien recibió todo el éxito y la remuneración por sus trabajos. Ella lo hizo público en México en 1953 cuando publicó Gregorio y yo: medio siglo de colaboración, seis años después de la muerte de este, cuando se vio obligada a nacer de nuevo. Su seudónimo había fallecido y, por tanto, quedaba incapacitado para escribir. A él va referida la dedicatoria: «A la Sombra que acaso habrá venido —como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos con que mirar— a inclinarse sobre mi hombro para leer lo que yo iba escribiendo». Como todos los dilemas complejos, y más si esconden tintes de género, las razones por las que María empezó a usar el nombre de su marido son muchas: poco apoyo familiar que la desalentaba a seguir escribiendo, profesión elegida, la de maestra, nada acorde con la de exponer las luces y sombras del alma humana... pero, entre ellas, sobresale el amor romántico. «La razón más poderosa», reconoce. «Fue romanticismo de enamorada. Casada, joven y feliz, acometiome ese orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre [...]», cuenta en este texto que fue incluido en las listas de libros prohibidos por la dictadura. La confesión la hace en una época sosegada y bien entrada la vejez, en Buenos Aires, tan alejada de la que fue la madre patria que la viera nacer, con una libertad que podemos entender casi plena, la de una mujer que había conquistado el mundo masculino de las cortes, de la literatura y del teatro y que había dedicado parte de su vida a la expansión del feminismo. El libro, por supuesto, supuso muchas críticas hacia María por parte de señores que veían en el texto un intento poco decoroso de manchar el nombre de su marido, quien la había engañado más de media vida con la actriz principal de la compañía de teatro que erigió el matrimonio, Catalina Bárcena.

Publicado por Fernando Boj Corral en 8:30 No hay comentarios:
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Etiquetas: Burgos, Carmen Baroja, Casanova, Lamo, Lecturas, Lejárraga, Literatura: 1914-1939, Literatura: Modernismo y Generación del 98, María de Maeztu, Sárraga

viernes, 25 de noviembre de 2022

25 N: «LIBRE TE QUIERO»

En este Día internacional contra la violencia de género, os invito a leer este poema de Agustín García Calvo, «Libre te quiero», que seguramente invitará a reflexionar acerca de las distintas formas de amar. En estos tiempos de naturalización del odio, como mecanismo de acción política y social, no está mal acercar a nuestros alumnos textos que les muestren otras formas de relacionarse que no sean las basadas en la posesión, la intolerancia, el dominio o la violencia. En esta misma línea en el blog ya hemos compartido textos muy sugerentes de Gioconda Belli (y también en este otro enlace) o Eduardo Galeano, que amplían este punto de vista.

Acompaño el poema con la excelente versión musical de Amancio Prada, uno de los cantautores que mejor han sabido llevar nuestra poesía al gran público.

Libre te quiero

Libre te quiero,
como arroyo que brinca
de peña en peña.
Pero no mía.


Grande te quiero,
como monte preñado
de primavera.
Pero no mía.


Buena te quiero,
como pan que no sabe
su masa buena.
Pero no mía.


Alta te quiero,
como chopo que en el cielo
se despereza.
Pero no mía.


Blanca te quiero,
como flor de azahares
sobre la tierra.
Pero no mía.


Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

 

Publicado por Fernando Boj Corral en 17:00 No hay comentarios:
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Etiquetas: Educación en valores, García Calvo, Lecturas, poesía

viernes, 18 de noviembre de 2022

LA MAGDALENA DE PROUST


En el centenario del fallecimiento de Marcel Proust, uno de los autores que más contribuyó a crear la novela moderna, comparto la lectura de uno de los fragmentos más famosos de su obra. Recoge el momento en que la memoria se convierte en detonante y origen de la acción narrativa, al recordar el sabor de una magdalena mojada en té de las que tomaba cuando era niño. Desde este momento la memoria se convierte en el único medio para captar las transformaciones del paso del tiempo: los recuerdos pueden poner en un mismo plano el pasado y el presente.

Este texto, traducido por Pedro Salinas,  está entresacado de la primera de las siete novelas que componen En busca del tiempo perdido, su gran proyecto narrativo, que lleva por título Por el camino de Swann. En él alude al mundo infantil del narrador y rememora el espacio familiar en un pueblo del norte de Francia llamado Combray.

Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre esta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No solo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión.

Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar captarla, aparta de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.

Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprehensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata.

¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que encuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

Publicado por Fernando Boj Corral en 20:00 No hay comentarios:
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Etiquetas: Lecturas, Literatura universal, novela, Proust

miércoles, 16 de noviembre de 2022

EN EL CENTENARIO DE JOSÉ SARAMAGO

Déjate llevar por el niño que fuiste

Libro de los consejos

En la conmemoración del centenario del nacimiento de José Saramago quiero compartir con los lectores del blog dos textos del autor portugués que nos recuerdan episodios de su vida. 

El primer texto lo entresaco de Las pequeñas memorias, una deliciosa autobiografía encabezada por la cita con la que se abre esta entrada, que se centra en sus pimeros años y que recoge esta anécdota sobre su fecha de nacimiento.

Creo que la ocasión es buena para hablar de otro episodio relacionado con mi aparición en este mundo. Como si no tuviéramos suficiente con el delicado problema de identidad suscitado por el apellido, otro vendría a juntársele, el del día del nacimiento. En realidad nací el 16 de noviembre de 1922, a las dos de la tarde, y no el día 18, como afirma la partida del registro civil. Ocurrió que en aquellas fechas estaba mi padre trabajando fuera de la aldea, lejos, y, aparte de no haber asistido al nacimiento del hijo, sólo pudo regresar a casa después del 16 de diciembre, más probablemente el 17, que era domingo. Entonces, y supongo que también hoy, la inscripción de un nacimiento debía realizarse en el plazo de treinta días, bajo pena de multa en caso de infracción. Puesto que en aquellos tiempos patriarcales, tratándose de un hijo legítimo, a nadie se le pasaría por la cabeza que la inscripción fuera hecha por la madre o por un pariente cualquiera, y teniendo en cuenta que el padre era considerado oficialmente autor único del nacido (en el boletín de matrícula en el Liceo Gil Vicente sólo consta el nombre de mi padre, no el de mi madre), se esperó a que regresara, y, para no tener que pagar la multa (cualquier cuantía, incluso pequeña, sería excesiva para la economía de la familia), se puso dos días más tarde la fecha real del nacimiento, y el caso quedó solucionado. Siendo la vida en Azinhaga lo que era, penosa, difícil, los hombres salían muchas veces a trabajar durante semanas, por eso no debo de haber sido ni el primer caso ni el último culpable de estos pequeños fraudes. Y sobre la fecha que consta en el documento de identidad, moriré dos días más viejo, pero espero que la diferencia no se note demasiado.

El segundo texto pertenece al comienzo del Discurso de aceptación del Premio Nobel el 7 de diciembre de 1998. En él evoca la figura de sus abuelos, tan importantes en la formación de su personalidad y en el amor por contar historias.

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a este mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: «José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera». Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba.

En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir». No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Publicado por Fernando Boj Corral en 9:15 No hay comentarios:
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Etiquetas: discurso, Lecturas, Literatura universal, memorias, Saramago
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Los alumnos del IES «Medina Albaida» de Zaragoza (y todos los que queráis) tenéis en este blog un COMPLEMENTO de las clases de Lengua castellana y Literatura. Aquí encontraréis apuntes, presentaciones, actividades para hacer en casa, correcciones de ejercicios de clase, enlaces interesantes, sugerencias, lecturas, noticias..., que os ayudarán en la realización de las tareas y en el estudio de la materia.

El principal objetivo de este blog es fomentar el papel activo de los alumnos en el proceso de aprendizaje: por eso el calificativo de AGENTE.

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EL LIBRO

Irás naciendo poco
a poco, día a día.
Como todas las cosas
que hablan hondo, será
tu palabra sencilla.

A veces no sabrán
qué dices. No te pidan
luz. Mejor en la sombra
amor se comunica.

Así incansablemente,
hila que te hila.

JOSÉ HIERRO,
Quinta del 42

LA VERDAD DE LA MENTIRA

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas
y una voz cariñosa le susurró al oído:
-¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
-Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

ÁNGEL GONZÁLEZ,
Nada grave

BIBLIOTECA EN CONSTRUCCIÓN [Pincha en la imagen] ESCRITORES DE LOS SIGLOS XX y XXI

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QUINIELA de Raúl Vacas

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SOPA DE LETRAS

Por el tamaño y el brillo, parece una lágrima. Los científicos lo llaman lepisma saccharina, pero él responde al nombre de pescadito de plata, aunque de pez no tiene nada y no conoce el agua.

Se dedica a devorar libros, aunque tampoco tiene nada de polilla. Come lo que encuentra, novelas, poemas, enciclopedias, poquito a poco, engullendo palabra por palabra, en cualquier idioma.

Se pasa la vida en la oscuridad de las bibliotecas. De lo demás, ni se entera. La luz del día lo mata.

Sería erudito, si no fuera insecto.

Eduardo Galeano, Bocas del tiempo

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