Desde hace ya unos años se constata en las distintas lenguas románicas cómo el modo subjuntivo va desapareciendo de nuestras conversaciones y de nuestros escritos. Sin duda, es una pérdida muy grave.
El subjuntivo es el modo que nos sirve para expresar las dudas, los deseos, los temores, las posibilidades o las suposiciones. El subjuntivo se usa en construcciones que presentan la acción como impregnada de virtualidad o de afectividad. Es, en definitiva, el modo de lo «no real», de «lo virtual», de lo que está en nuestra mente. Es decir, una posibilidad (lingüística, al menos) de no limitarse a lo objetivo y real.
Para profundizar en la importancia de la existencia de este modo verbal recojo a continuación dos artículos periodísticos, de Vicente Verdú y Graciela Reyes, que nos ayudarán a entender mejor cómo la pérdida del subjuntivo acarreará una mutilación en nuestro lenguaje y en nuestra vida, porque ya el filósofo Ludwig Wittgenstein nos recordó que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».
«En varias
oportunidades recientes, leyendo libros o artículos, he tropezado con autores
que, como los ecologistas de la lengua, alertan sobre la creciente desaparición
del subjuntivo. En los diarios, en las conversaciones, en la radio o la
televisión, se habla o escribe ya sustituyendo el subjuntivo por el presente de
indicativo o, cuando no, en las frases de condicional, empleando el subjuntivo
en lugar del pretérito imperfecto. Curiosamente, no es sólo un fenómeno español.
En francés, por ejemplo, han dejado de emplearse corrientemente verbos tan
evocadores como los que terminan en eussent
o assent. Quienes pretenden hablar
francés usándolos, pasan ahora por extravagantes. Pero en italiano sucede
prácticamente lo mismo. Tampoco se utilizan cuando se debería expresiones como se io andassi. Finalmente, en cuanto al
inglés, el subjuntivo ha dejado de existir entre los inmigrantes y los más
jóvenes.
A los
muchachos españoles que hablan castellano les resulta igualmente difícil, por
lo que se ve, expresarse diciendo "estaremos allí cuando ella venga"
y dicen: "Estaremos allí cuando ella viene". De la misma manera, a
menudo, no se usa la forma "si me tocara la lotería me compraría un
piso", sino "si me tocaba la lotería me compraría un piso". El
subjuntivo va hundiéndose como un pez enfermo bajo la superficie del idioma.
Pero ¿tan
grave resulta la pérdida del subjuntivo?, le preguntaron a Umberto Eco para el
libro titulado significativamente El fin
de los tiempos. Y Eco contestó: "Me parece muy importante el
subjuntivo porque él es el único que expresa el tiempo de la hipótesis y de lo
posible, de lo no-real". El subjuntivo es, en efecto, el tiempo que crea
en el habla y la escritura la escena cóncava de la suposición. Gracias al
subjuntivo se añade una trasrealidad como el forro de raso a un vestido de
noche o, en suma, como la dimensión donde se desdobla el soñado cuerpo del
lenguaje. La novela de Juan José Millás, El
orden alfabético, está obsesivamente centrada en el extravío de palabras y
formas. Y con la experiencia de su lectura se siente el pavor de la mutilación.
El pavor a la disgregación suave del cerebro y del espíritu por el continuado
desmedro del habla».
Vicente
Verdú
«Me enteré, estando en Santa Bárbara, que mi amor
ausente viajaba a Chicago el miércoles 14, desde un aeropuerto de Connecticut.
Entonces decidí salir ese mismo día para Chicago, donde vivo parte del año y
donde debería haber estado normalmente el 14. No quería ver a mi amor ausente,
ya que hemos decidido ambos no vernos, y por eso lo llamo mi amor ausente.
Tampoco pretendía encontrarlo por casualidad, como me pasó hace tres meses. Me
volví porque no podía estar en el otro extremo del continente cuando él quizá
fuera a pasar por el frente de mi casa de Chicago, por si yo tuviera, igual que
en Madrid, el balcón lleno de flores, cuidadas, para él como si lo esperara.
Todo en subjuntivo. Los amores ausentes exigen el uso del subjuntivo, modo de
la posibilidad, la imposibilidad y la irrealidad.
Fui de Santa Bárbara a Los Ángeles,
de donde salía el vuelo a Chicago, en una limousina, cuyo conductor me dijo,
entre miles de otras cosas, que “in life you never get a second chance”. Lo que
probablemente fuera verdad, depende. Mi avión a Chicago salía a las 3.10,
llegué al aeropuerto a las 2, y lo primero que vi en las pantallas de las
computadoras fue que todos los vuelos a Chicago estaban cancelados por mal
tiempo. Conseguí asiento en un avión que saldría, con suerte, a las 6. Me
quedaban cuatro horas de espera por delante. Al principio, dije las malas
palabras del caso. Después, resignada, di unas vueltas con mi carrito, buscando
un sitio donde acampar. Por fin me senté en un rincón solitario, frente a una
pista. Cuando estaba ahí, mirando las narices aceradas de los aviones, me dije
que quizá mi amor ausente estuviera (subjuntivo) en el otro extremo del país
esperando lo mismo que yo, mirando lo mismo que yo y pensando en mí, pensando
que yo pensaba que él pensaba que yo pensaba... sentados frente a frente.
Simetría, maravillosa simetría, cómica simetría.
Es fácil creer en lo necesario, con o
sin subjuntivo, por eso hay tantos cornudas y cornudos felices. Pasé 4 horas en
Los Ángeles, leyendo y charlando con él, que a su vez posiblemente hiciera lo
mismo y supiera lo que yo hacía y que yo sabía lo que él hacía, etc. Después
viajé otras 4 horas, y allí él tal vez me ganara de mano en llegar porque
estaba más cerca. Llegué a Chicago a las doce y media de la noche. Lo primero
que hice fue meterme en un baño del aeropuerto, y retocarme el pelo y la cara.
Por las dudas. Si alguien supiera cuántos subjuntivos pasaban por mi cabecita.
Cuando escribo esto, vivo en una
orgía de subjuntivos, a saber: si HUBIERA VENIDO tendría que quedarse hasta el
domingo; si yo FUERA a Mc. Cormick Place, donde es el Congreso al que asiste lo
vería de lejos, quizá; cuando me VIERA y por si me VIERA aunque me VIERA,
tararí tarará. Este mundo subjuntivo no es un mundo de conjeturas descabelladas
ya que a los subjuntivos los rigen, en la gramática, afirmaciones (QUIERO,
afirmación, QUE VENGA, subjuntivo). Mi certeza es que yo sé que él me quiere y
él sabe que yo lo sé, y así al infinito. No puedo decir cómo termina la
historia. Queda en subjuntivo, o sea, en suspenso, en el modo de la
posibilidad.
Gracias al subjuntivo podemos salir
del mundo real, donde meramente un vuelo se cancela, y soñar con un mundo
posible donde, esa cancelación provoca no un desencuentro, sino un encuentro
metafísico. ¿Qué más se le puede pedir a la gramática?».
Graciela
Reyes
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