viernes, 12 de febrero de 2016

EL PANORAMA TEATRAL DE LA ESPAÑA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Escena final de Malas herencias (1902), de José
Echegaray, interpretada por la actriz María Guerrero
De la mano de Gerald G. Brown (Historia de la literatura española. El Siglo XX) nos acercamos a la situación que vivía el teatro español a principios del siglo XX, marcado por los condicionantes económicos e ideológicos inherentes al espectáculo teatral.
Por un lado, seguían triunfando las fórmulas teatrales de la segunda mitad del siglo XIX (los dramas de Echegaray, la «alta comedia», el teatro cómico,...), aplaudidas por un público burgués que despreciaba todo lo que atentara contra el buen gusto. Por otro, los intentos de renovación del género por parte de los jóvenes del 98 apenabas gozaron del favor del público, que frustró los cambios necesarios, al ser reacio a todo lo nuevo. Sin embargo, del teatro que triunfó entonces apenas valoramos nada positivamente hoy y del que intentó la renovación nos han quedado unas cuantas propuestas interesantes que incluso adelantaron lo que más tarde se iba a representar en Europa.

En los años del cambio de siglo, los teatros españoles florecían gracias al desenfrenado afán de diversiones que había en la sociedad de la Regencia. El espectador de Madrid, ciudad que contaba apenas medio millón de habitantes, podía elegir cada noche al menos entre ocho teatros, todos ellos prósperos y muy frecuentados. A pesar de que el número relativamente limitado de asistentes obligase a renovar con frecuencia los títulos, incluso tratándose de obras de éxito, nunca hubo escasez de originales aceptables. Los asistentes eran en esencia el público de Echegaray, la alta clase media elegante, sobre todo mujeres y personas de edad madura. Los críticos más influyentes de la prensa diaria y semanal de mayor prestigio normalmente estaban al lado del público, y consideraban que su misión consistía en aconsejar a los dramaturgos sobre la manera de agradar al espectador. Distraer era obligado, aunque las obras no tenían por qué ser forzosamente cómicas. Hacer llorar al público o incluso suscitar en él una justa indignación, era perfectamente admisible. Lo que el buen gusto no podía tolerar era cualquier tentativa de confundir o preocupar al público, así como reflejar valores morales o sociales distintos de los que eran propios de las enjoyadas matronas de las butacas de platea.

La juventud radical pequeño-burguesa de la generación de Azorín opinaba inevitablemente que la situación del teatro era tan deplorable como todos los demás aspectos de la vida cultural y social española de fines de siglo, y estaba dispuesta a convertir la cuestión en otro campo de batalla de su conflicto generacional y a someter al teatro a reformas y experimentos. Pero, mientras en otros géneros se consiguieron verdaderas innovaciones y cambios de dirección, la influencia que tuvo esta generación en el teatro fue muy pequeña. En 1905, cuando la prensa organizó un homenaje nacional a Echegaray, un grupo de escritores entre los que figuraban Unamuno, Rubén Darío, Azorín, Baroja, Valle-Inclán, Antonio y Manuel Machado, Maeztu v Jacinto Grau, firmó un manifiesto de protesta pública [...] De un conjunto de alrededor de cincuenta firmas, sólo Villaespesa, y en un grado menor los hermanos Machado, conseguirían algún éxito en el teatro. Por otra parte, los nombres de los dramaturgos a los que el público iba a prestar su apoyo incondicional brillan por su ausencia en la lista.
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A continuación os dejo la presentación que he preparado para explicar en clase el teatro español antes de la guerra civil, que debe ser completada con las presentaciones dedicadas a Valle-Inclán y García Lorca que ya están recogidas en el blog.

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