miércoles, 27 de enero de 2021

MEMORIA DEL HOLOCAUSTO: EL "DIARIO" DE ANA FRANK

 

Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas y, sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial.

Ana Frank, Diario

Como en otros años hicimos con víctimas del Holocausto como Primo Levi y Mariano Constante o con los testimonios de León Felipe y Jorge Guillén, recordamos hoy en el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto a una de esas víctimas, Ana Frank. Fue una niña alemana con ascendencia judía, nacida en junio de 1929, a la que hoy conocemos gracias a su diario íntimo, en el que nos dejó testimonio de los casi dos años y medio que pasó ocultándose, con su familia y cuatro personas más, de los nazis, en Ámsterdam (Países Bajos) durante la Segunda Guerra Mundial. Habían llegado allí en 1933 tras el ascenso de Hitler al poder. 

Viñeta de la novela gráfica "El Diario de Anne Frank"

En 1942, los Frank (los padres y sus dos hijas) se ocultaron, junto con otros cuatro exiliados (Hermann van Pels, su esposa Auguste y su hijo Peter, y Fritz Pfeffer)  en las habitaciones traseras y aisladas de un edificio de oficinas para evitar ser arrestados por las fuerzas de ocupación alemanas. El lugar de su escondite fue descubierto en 1944 y todos fueron detenidos. Ana y su familia fueron llevados a distintos campos de concentración alemanes: Ana fue enviada al campo de concentración nazi de Auschwitz el 2 de septiembre de 1944 y, más tarde, al de Bergen-Belsen, donde murió de tifus alrededor de mediados de febrero de 1945, unos dos meses antes de que el campo fuera liberado.

El único superviviente de los ocho escondidos fue Otto Frank, su padre. En 1947, apenas dos años después de terminada la guerra, él publicó el diario bajo el título La Casa de atrás. En español se ha venido traduciendo la obra con el título de Diario de Ana Frank. Desde entonces Otto Frank se dedicó a promover los derechos humanos, la tolerancia y el recuerdo de su hija Ana hasta su muerte, en 1980, a los 91 años. Fue un hombre que encarnó perfectamente el lema de este Día Internacional, "Mantened la memoria viva".

En el Diario se plasman los sueños de Ana, sus quejas por las dificultades que tiene que sufrir en su vida enclaustrada, sus enfrentamientos con su madre, su añoranza de las amigas, su descubrimiento del amor y su amarga pregunta de por qué los judíos son perseguidos.

A continuación reproduzco una de esas páginas del Diario en donde leemos algunas de estas preocupaciones. Están escritas pocas semanas antes de su detención en agosto de 1944 y son un testimonio conmovedor que mantiene viva la memoria del Holocausto.

Viernes, 26 de mayo de 1944

Mi querida Kitty:

Por fin, por fin ha llegado el momento de sentarme a escribir tranquila junto a la rendija de la ventana para contártelo todo, ab­solutamente todo.

Me siento más miserable de lo que me he sentido en meses, ni siquiera después de que entraron los ladrones me sentí tan destro­zada. Por un lado Van Hoeven, la cuestión judía, que es objeto de amplios debates en toda la casa, la invasión que no llega, la mala comida, la tensión, el ambiente deprimente, la desilusión por lo de Peter y, por el otro lado, el compromiso de Bep, la recepción por motivo de Pentecostés, las flores, el cumpleaños de Kugler, las tartas y las historias de teatros de revista, cines y salas de con­cierto. Esas diferencias, esas grandes diferencias, siempre se hacen patentes: un día nos reímos de nuestra situación tan cómica de es­tar escondidos, y al otro día y en tantos otros días tenemos miedo, y se nos notan en la cara el temor, la angustia y la desesperación.

Miep y Kugler son los que más sienten la carga que les ocasio­namos, tanto nosotros como los demás escondidos; Miep en su trabajo, y Kugler que a veces sucumbe bajo el peso que supone la gigantesca responsabilidad por nosotros ocho, y que ya casi no puede hablar de los nervios y la exaltación contenida. Kleiman y Bep también cuidan muy bien de nosotros, de verdad muy bien, pero hay momentos en que también ellos se olvidan de la Casa de atrás, aunque tan sólo sea por unas horas, un día, acaso dos. Tie­nen sus propias preocupaciones que atender, Kleiman su salud, Bep su compromiso que dista mucho de ser color de rosa, y aparte de esas preocupaciones también tienen sus salidas, sus visi­tas, toda su vida de gente normal, para ellos la tensión a veces de­saparece, aunque sólo sea por poco tiempo, pero para nosotros no, nunca, desde hace dos años. ¿Hasta cuándo esa tensión se­guirá aplastándonos y asfixiándonos cada vez más?

Otra vez se han atascado las tuberías del desagüe, no podemos dejar correr el agua, salvo a cuentagotas, no podemos usar el re­trete, salvo si llevamos un cepillo, y el agua sucia la guardamos en una gran tinaja. Por hoy nos arreglamos, pero ¿qué pasará si el fontanero no puede solucionarnos el problema él solo? Los del ayuntamiento no trabajan hasta el martes[1]...

Miep nos mandó un pastel de uvas pasas con una inscripción que decía «Feliz Pentecostés». Es casi como si se estuviera bur­lando, nuestros ánimos y nuestro miedo no están para fiestas.

Nos hemos vuelto más miedosos desde el asunto de Van Hoeven. A cada momento se oye algún «¡chis!», y todos tratan de ha­cer menos ruido. Los que forzaron la puerta en casa de Van Hoeven eran de la Policía, de modo que tampoco estarnos a buen recaudo de ellos. Si nos llegan a... no, no debo escribirlo, pero hoy la pregunta es ineludible, al contrario, todo el miedo y la angustia se me vuelven a aparecer en todo su horror.

A las ocho he tenido que ir sola al lavabo de abajo, no había nadie, todos estaban escuchando la radio, yo quería ser valiente, pero no fue fácil. Sigo sintiéndome más segura aquí arriba que sola en el edificio tan grande y silencioso; los ruidos sordos y enigmáticos que se oyen arriba y los bocinazos de los coches en la calle sólo me hacen temblar cuando no soy lo bastante rápida para reflexionar sobre la situación.

Miep se ha vuelto mucho más amable y cordial con nosotros desde la conversación que ha tenido con papá. Pero eso todavía no te lo he contado. Una tarde, Miep vino a ver a papá con la cara toda colorada y le preguntó a quemarropa si creíamos que también a ella se le había contagiado el antisemitismo. Papá se pegó un gran susto y habló con ella para quitárselo de la cabeza, pero a Miep le siguió quedando en parte su sospecha. Ahora nos traen más cosas, se interesan más por nuestros pesares, aunque no de­bemos molestarles contándoselos. ¡Son todos tan, tan buenos!

Una y otra vez me pregunto si no habría sido mejor para todos que en lugar de escondernos ya estuviéramos muertos y no tuviéramos que pasar por esta pesadilla, y sobre todo que no comprome­tiéramos a los demás. Pero también esa idea nos estremece, todavía amamos la vida, aún no hemos olvidado la voz de la Naturaleza, aún tenemos esperanzas, esperanzas de que todo salga bien.

Y ahora, que pase algo pronto, aunque sean tiros, eso ya no nos podrá destrozar más que esta intranquilidad, que venga ya el final, aunque sea duro, así al menos sabremos si al final hemos de triun­far o si sucumbiremos.

Tu Ana M. Frank


[1] El lunes de Pentecostés es día festivo en los Países Bajos.

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