viernes, 5 de junio de 2015

LA METÁFORA DE LOS MOLINOS DE VIENTO

Grabado de Gustave Doré
           LETRA
 ..y dándole una lanzada en el aspa, la devolvió el viento con tanta furia...
                                                                                 Quijote
, I,8.
Por más que el aspa le voltee
y españa le derrote
y cornee,
poderoso caballero
es Don Quijote.

Por más que el aire se lo cuente
al viento, y no lo crea
y la aviente,
muy airosa criatura
es Dulcinea.
                   
                   Blas de Otero, Esto no es un libro


Según el diccionario de la Real Academia Española «molinos de viento» son «enemigos fantásticos o imaginarios» y según Wikipedia «luchar contra molinos de viento» es una expresión que significa «pelear contra enemigos imaginarios». Por supuesto, la expresión está tomada del capítulo VIII de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, titulado Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación.
Ilustraciones de Dalí
Y según el diccionario de la Real Academia Española «quijote» en su segunda acepción quiere decir «hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo».
Si recordamos el significado de estas palabras y expresiones es para ponderar una vez más la trascendencia y vigencia de nuestras obras literarias clásicas.  En ese capítulo VIII, que todos conocemos desde pequeños por haberlo oído contar de boca de nuestros mayores o por haberlo leído en alguna adaptación escolar o por haber visto algún dibujo animado que lo recrea, queda bien resumido el espíritu de don Quijote, defensor pertinaz de sus ideales en un mundo en el que dichos ideales ya no tienen sentido. 
Don Quijote enloquece de tanto leer libros de caballerías y decide convertirse en caballero andante y vivir en carne propia las mismas aventuras que los personajes de esas fantásticas narraciones. Pero don Quijote no es sólo un loco, es el portador de unos principios ya desaparecidos, que Francisco Ayala (en La invención del «Quijote») resume así: «culto a la verdad, sentimiento del honor fundamentado en el proceder sin tacha, resignación en la desgracia, desprecio de la riqueza y sobre todo de las comodidades y regalos de la vida, profesión del sacrificio y del espíritu de servicio, sentido de la dignidad y de la responsabilidad propia, respeto y defensa de los desvalidos, ejercicio de autoridad y administración de justicia sobre las clases inferiores y desconocimiento del orden social sostenido en el poder abstracto del Estado».
Poniendo en práctica estos principìos y defendiendo sus ideales (el ansia de libertad, el amor a la dama, la búsqueda de la justicia), Don Quijote será visto como un personaje anacrónico por sus contemporáneos. En el capítulo VIII Don Quijote confundirá con gigantes unos molinos de viento, acometerá contra ellos y sufrirá las consecuencias de su error, que, sin embargo, se negará siempre a reconocer. Pero eso no sólo mostrará su locura, sino que nos desvelará la personalidad de alguien dispuesto por encima de todo a luchar contra las fuerzas del mal y por la justicia, a pesar de los golpes y los fracasos. Este episodio acabará por ser uno de los más famosos de la obra y pasará a convertirse en metáfora de esos enemigos fantásticos que nos creamos o nos crean y que impiden hacer realidad nuestros sueños que siempre estarán por encima de la vulgar realidad.

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. […]

La trascendencia de Don Quijote de la Mancha en general y del capítulo VIII de la primera parte en concreto podemos valorarla a partir del pequeño muestrario de pinturas, dibujos, textos, músicas e imágenes cinematográficas que se recogen en esta entrada. 

La versión de dibujos animados de 1979 tuvo un gran éxito entre el público juvenil de la época y todavía hoy se sigue viendo con interés. De forma muy sencilla y eficaz nos presenta el episodio de los molinos de viento.



La serie de televisión, estrenada por Televisión española en 1992 con dirección de Manuel Gutiérrez Aragón, guion de Camilo José Cela y protagonizada por Fernando Rey y Alfredo Landa, también recoge esta aventura de los molinos con gran fidelidad al texto de Cervantes.



La música también se ha alimentado de esta metáfora de los molinos de viento. En estas dos piezas musicales muy distintas entre sí podéis ver la riqueza de interpretaciones a que ha dado origen. Richard Strauss compuso el poema sinfónico Don Quixote, op.35 en 1897 y en la primera variación recrea la aventura de los molinos de viento.



La letra de la canción «Molinos de viento» de Mägo de Oz sigue igualmente el espíritu idealista de don Quijote, tratado con una estética totalmente distinta.



Y, por último, incluso en las divertidas aventuras de Astérix (Astérix en Hispania) apareció una alusión a este episodio de los molinos de viento. Un guiño de complicidad a los héroes cervantinos por parte de Goscinny y Uderzo, los creadores de los irreductibles héroes galos.

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