lunes, 8 de abril de 2024

POÉTICA GLORISTA

Gloria Fuertes fue una escritora prolífica que escribió mucho también sobre poesía. En el blog ya hemos hablado de algunos de sus poemas en los que reflexionaba sobre la poesía, o sobre su poesía pacifista o  sobre el componente autobiográfico de muchos de sus poemas. Comparto ahora con los lectores del blog esta recopilación de textos (declaraciones, extractos de sus ensayos,...) para acotar su poética y entender mejor su forma de escribir (sus temas preferidos, sus ideas sobre la poesía, su estilo, su propósito estético,...). 

He entresacado la recopilación de El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida, una deliciosa obra de Jorge de Cascante que ilumina la vida y la obra de la poeta con muchísimos textos, fotografías y toda clase de documentos. La lectura de este libro es, sin duda, una estupenda forma de zambullirse en el personal mundo de la autora madrileña y entrar en contacto con su poesía.


Poética Glorista

 

De cómo escribió Gloria lo que escribió (en sus palabras)

 

¡Hola, chicos! Soy Gloria Fuertes. Nací en Madrid hace poco tiempo... comparado con lo que viven las tortugas. Aprendí a inventar antes que a escribir. Fui algo desastre en la escuela -se me daban fatal las matemáticas- pero todos me querían porque los hacía reír. A los diez años una amiga y yo editamos un tebeo que se llamaba El Pito, y como yo era la directora publiqué allí algunos de mis primeros cuentos. Fui de las primeras chicas que jugaron al fútbol -de extremo izquierda en el Butapercha Fútbol Club—, pero después me dio por ser escritora. He volado sobre el océano más de seis veces. Sé cómo tienen el pelo los negros y cómo se mueven los chinos, son todos muy guapos. He conocido a canguras, a camellos, a gatos, a monos, a pulgas y a ogros (pero de los buenos). Entre viaje y viaje escribo libros. De todos mis libros, el que más me gusta es este que tienes en las manos.

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De pequeña me imaginaba que los poetas eran siempre bichos raros, pero ya de mayor he visto que son -somos- como las personas corrientes, sólo que un poco más tristes.

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Cuando empecé a escribir, de niña-adolescente, como no había leído nada, mi primera poesía no tenía influencias. Empecé a escribir como hablaba, así nació mi propio estilo, mi personal lenguaje. Necesitaba decir lo que sentía, sin preocuparme de cómo decirlo. Quería comunicar el fondo, no me importaba la forma, tenía prisa. Luego he leído y leo a otros poetas, pero no pienso que me hayan influido, pienso que sigo como entonces: huérfana e independiente.

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Mi obra, en general, es muy autobiográfica. Reconozco que soy muy Yoísta. Quizá -incluso- muy Glorista. Lo que a mí me sucedió, sucede o sucederá, es lo que le ha sucedido al pueblo, lo que nos ha ocurrido a todos, y el poeta sabe, más o menos, mejor o peor, contarlo. Necesita decirlo, porque necesitáis que lo digamos. Este cantar -o contar- mi vida en verso lo destaco valiente en mis múltiples autobiografías poéticas, que son más o menos biográficas y más o menos poéticas.

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A veces mis versos son mejores que yo, pero yo quiero ser mejor que mis versos. Cada poema que escribo es una radiografía de mí. Si queréis a mi poesía me queréis a mí. Una vez tuve que dejar a un amor mío porque no quería a mis versos.

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Me di cuenta allá por los cuarenta de que el Dadá no era nada. Fui surrealista por el placer de liberar la imaginación de todo freno hasta que descubrí que podía escribir con total libertad sin ser surrealista ni postista ni nada. Y de ahí nació mi estilo. 

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Hay poemas técnicamente perfectos que no dicen NADA. Hay otros que parecen descuidados de forma, pero que dicen TODO. Podéis escoger a vuestro gusto. El ideal es que el poema sea perfecto en fondo y forma. Si esto no es posible, escojo siempre los poemas que nos dicen ALGO. 

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Para conseguir conmover y sorprender al lector hace falta pillarle por sorpresa. Por esto ya en mis primeros libros fui escribiendo poemas muy breves. Mini-poemas, momentos. Mi libro Sola en la sala supuso la máxima expresión de esa idea, logré concentrar toda la esencia de mis sentimientos en el menor número posible de palabras. Exprimí la idea y obtuve el zumo, el tuétano de mi poesía. En una época en la que, como curiosidad, yo sólo me alimentaba de zumos... y otras bebidas.

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Quiero que todos los poetas hagamos un arte útil, necesario. Que llevemos nuestros libros al pueblo y no a cuatro intelectuales, liricoides, técnicos-críticos, fríos o ñoños.

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Yo no sé si mi poesía es social, mística, rebelde, triste, graciosa o qué. Quiero -y me sale sin querer- escribir una poesía con destino a la Humanidad. Que diga algo, que emocione, que consuele o que alegre. Otras veces, al señalar lo que pasa, denuncio o simplemente aviso. No sé la carga poética que arrastran mis versos, lo que sí sé es el amor del que nacen. Yo escribo con corazón y a lápiz, como otros escriben con bolígrafo o a máquina. Si esto es poesía social, que baje Dios y lo vea.

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En mi poesía el tema que más me interesa es el dolor. El dolor en mí y en los demás, por este orden egoísta. Después, el amor. En tercer lugar, lo contrario del amor: las injusticias, las guerras y los bichos.

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Soy de ese tipo de persona que -buena nos ha caído- parece que no está haciendo nada, sentada siempre mirando al vacío, pero que dentro de ella se encuentran rascacielos infinitos en construcción. Rascacielos que, pasado un tiempo, asoman, salen a la luz. Escribo porque no sé hacer otra cosa.

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Ahora una minoría vendrá a catalogarme, a encasillarme literaria o sociológicamente. La etiqueta se me desprenderá con el sudor de mis versos. Y si me encasillan, me escapo.

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La poesía es lo más. Es un misterio absoluto. Quien escribe poe- sía es un elegido. Poesía es decir lo máximo con lo mínimo. Es emocionar, alegrar, mejorar. Es un agua benéfica que por donde pasa te moja. La poesía ayuda, acaricia y, sobre todo, pellizca. Hay que ser poeta en todo y para todo. Hay mucho técnico, pero poco poeta.

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No es todo hacer una poesía para el pueblo, sino un pueblo para la poesía. Por eso escribo para el niño y para el adolescente, que pronto serán ese nuevo pueblo decente.

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Para leer bien mis poemas primero les pongo palabrotas entre medias (Pienso mesa, cojones, y digo silla | compro pan y me lo dejo, ¡coño!) y luego se las quito, y lo que me queda es lo que leo. Pero el recuerdo de los tacos sobrevuela la lectura. Si un poema mío vale diez, cuando yo lo leo vale once. Yo no recito mis poemas, que quede claro. Yo los leo.

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Poesía cotidiana debe ser: "al pan, pan y al vino, vino" (pero con belleza, que para eso es poesía). Algo directo, emotivo, con gracia. Demostrar que cualquier sentimiento, idea, tema o cosa, tiene Poesía. Cuando la Poesía es clara, viva, jugosa -sin salirse del tiesto-, escrita con emoción y con gracia, es cotidiana y útil como un traje barato de diario. Cuando la Poesía es así, llega a los superfinos, a los críticos, a los catedráticos y llega incluso (¡milagro!) a la gran mayoría, a toda la gente sin educación ni cultura, porque para sentir lo poético no hace falta ser bachiller. No es un problema de educación, existe cierta poesía con la que puede llorar o reír un completo analfabeto. Os lo digo por experiencia propia.

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Servidora es estajanovista del verso. A diario saco de dos a tres poemas de la mina (del lápiz) en una cómoda jornada de horas. Claro que no los pulo -no limpio el polvo ni hago mi cama-. Una sirena muda me recuerda que tengo la nevera y la tripa vacías. A veces hago un alto en el trabajo y atiendo al insistente teléfono, según quién sea, me tiro una hora -para que el interlocutor no se tire un tiro-. Nadie me prohíbe hablar por teléfono durante la jornada -no robo al estado, pago mis facturas-. Soy mi jefe de personal, mi director, mi guía. Un trabajador libre del libro. Un silencioso estajanovista.

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La poesía es como el hipo. Me da, no sé cuándo ni por qué, y tampoco sé pararla. Escribo mientras me dura. Cuando escribo es como si entrase en trance. Cualquier otra cosa que haga en mi vida la medito más que la escritura. Parece que me dictan y que yo sólo soy un instrumento. Cuando alguna vez me he puesto a corregir un poema, siempre me ha quedado peor que el original, y he comprendido la fuerza poética que tiene la intuición. No soy nada crítica con lo que escribo, me gusta casi todo. Mi poesía está hecha de un tirón.

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Mi poesía no es paisajística. Yo si canto al mar canto a un hombre que va en una barca. Si canto al monte canto a un pastor que hace un fuego en una chabola. El ser humano es mi protagonista. No puedo cantarle a la luna si no hay personas en ella. Y no es que no sea romántica, es que lo soy demasiado. Amo a las mujeres y amo a los hombres, aunque no se lo merezcan.

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A algunos poetas les pasa lo mismo que a los niños de un año: que son muy buenos pero no se les entiende nada. Hoy más que nunca el poeta debe escribir claro, para todo el mundo. Que se le entienda. Y si no le sale, que lo rompa y vuelva a intentarlo.

miércoles, 27 de marzo de 2024

EL TEATRO O LA MAGIA DE LO REAL

En el Día Mundial del Teatro quiero compartir esas palabras sobre el teatro recitadas por el extraordinario actor José María Pou, que recalcan la autenticidad del espectáculo teatral, siempre irrepetible. 

Y también comparto las palabras que el dramaturgo Jon Fosse ha escrito para el Mensaje del Día Mundial del Teatro. En su mensaje el Premio Nobel de Literatura del año pasado aborda la grandeza del arte y el teatro porque siempre toma "lo singular y específico para hacerlo universal. Articula en su expresión artística aquello único con lo universal: no eliminando lo singular, sino enfatizándolo; dejando que lo extraño y lo desconocido brille claramente".

Mensaje del Día Mundial del Teatro 2024 a cargo de Jon Fosse

Cada persona es única y, al mismo tiempo, como todas las demás. La apariencia, se puede ver, es cierto, pero también hay algo dentro de cada persona que le pertenece, que la hace única. Podemos llamarlo alma o espíritu, o bien, podríamos no ponerle palabras, simplemente dejar que este ahí.

Al mismo tiempo que somos diferentes, también somos iguales. Las personas de todo el mundo somos fundamentalmente iguales, sin importar qué lengua hablemos, qué color de piel o de cabello tengamos.

Quizás esto sea una especie de paradoja: que somos completamente iguales y diferentes al mismo tiempo. Tal vez una persona es paradójica en su conexión entre el cuerpo y el espíritu, entre lo terrenal y tangible y lo que trasciende los límites materiales y terrenales.

El arte, el buen arte, consigue a su manera y de forma fabulosa reunir lo absolutamente único con lo universal. Nos permite entender la diferencia entre lo extraño y lo universal. Al hacerlo, el arte trasciende las fronteras de los lenguajes y los límites geográficos. Reúne, no solo las cualidades individuales, sino también las características de un grupo de personas, por ejemplo, las naciones.

El arte no se expresa provocando que todo sea igual, por el contrario, nos muestra nuestras diferencias, aquello que es ajeno o extraño. Todo buen arte contiene precisamente eso: algo extraño, algo que no podemos comprender completamente y que, sin embargo, entendemos de cierto modo. Contiene lo enigmático, algo que nos fascina y por lo tanto nos lleva más allá de nuestros límites y así crea la trascendencia que todo arte debe contener y a la cual conducirnos.

No se me ocurre una mejor manera de unir los opuestos. Es exactamente el enfoque inverso al de los conflictos violentos que vemos a menudo en el mundo, que alimentan la tentación destructiva de aniquilar todo lo extraño, todo lo único y diferente, comúnmente utilizando los inventos más inhumanos que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. Hay terrorismo en este mundo. Hay guerra, puesto que la gente tiene un lado animal que lo lleva a ver lo extraño como una amenaza a su propia existencia, en lugar de ver el fascinante enigma que eso representa.

Y entonces lo único, lo diferente que es universalmente comprensible, desaparece. Dejando atrás una semejanza colectiva donde todo lo diferente es una amenaza que debe ser erradicada. Lo que vemos desde fuera, se ve como desigualdad; por ejemplo, las religiones o ideologías políticas se convierten en algo que debe ser derrotado y destruido.

La guerra es la batalla contra lo que yace en lo más profundo de cada uno de nosotros: lo único. Y es una batalla contra todo arte, contra la esencia más íntima de todo arte.

He hablado del arte en general, no del arte teatral en particular, esto se debe a que todo buen arte, en el fondo, gira en torno a lo mismo: tomar lo singular y específico para hacerlo universal. Articula en su expresión artística aquello único con lo universal: no eliminando lo singular, sino enfatizándolo; dejando que lo extraño y lo desconocido brille claramente.

Es tan simple como que la guerra y el arte son opuestos, que la guerra y la paz son opuestos. El arte es paz.

lunes, 26 de febrero de 2024

EN EL CORAZÓN DE LAS LENGUAS DE ARAGÓN: LOS HABLANTES

Comparto con los lectores del blog el documental "En el corazón de las lenguas de Aragón: los hablantes", dirigido por Juan A. Peñalver, a partir de la idea original y el guion de las profesoras Iraide Ibarretxe-Antuñano y Andrea Ariño Bizarro. Se estrenó hace pocos días con motivo de la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna el día 21 de febrero. En el documental los testimonios de los hablantes de las diferentes lenguas de Aragón nos muestran la importancia de cuidar, proteger y fomentar las lenguas maternas, tan despreciadas en muchos espacios políticos y mediáticos en nuestros días. Es muy interesante compartirlo también con nuestros alumnos, que en muchas ocasiones manifiestan sus prejuicios hacia las lenguas minoritarias sin haber hecho antes un mínimo ejercicio de empatía ni de reflexión.

En este enlace se puede leer la entrevista de elDiario.es con la profesora Iraide Ibarretxe-Antuñano, que también nos ayuda a entender mejor la riqueza lingüística de una comunidad autónoma como Aragón.

miércoles, 31 de enero de 2024

OCTAVIO PAZ HABLA SOBRE LUIS CERNUDA

Para entender y apreciar mejor la poesía de Luis Cernuda que nos ocupa estos días, comparto un extracto del imprescindible ensayo de Octavio Paz, La palabra edificante, que nos desvela algunas de las claves poéticas del autor de la Generación del 27 que reunió toda su obra bajo el título La realidad y el deseo.

            Si se pudiese definir en una frase el sitio que ocupa Cernuda en la poesía moderna de nuestro idioma, yo diría que es el poeta que habla no para todos, sino para el cada uno que somos todos. Y nos hiere en el centro de ese cada uno que somos –"que no se llama gloria, fortuna o ambición" sino la verdad de nosotros mismos. La poesía de Cernuda es un conocerse a sí mismo pero, con la misma intensidad, es una tentativa por crear su propia imagen. Biografía poética, La realidad y el deseo es algo más: la historia de un espíritu que, al conocerse, se transfigura. […]

            Reconocerse homosexual es aceptarse diferente de los otros. ¿Pero quiénes son los otros? Los otros son el mundo –y el mundo es de los otros. En ese mundo se persigue con la misma saña a los amantes heterosexuales, al revolucionario, al negro, al proletario, al burgués expropiado, al poeta solitario, al mendigo, al excéntrico y al santo. Los otros persiguen a todos y a nadie. Son todos y nadie. La salud pública es la enfermedad colectiva santificada por la fuerza. ¿Son reales los otros? Mayoría sin rostro o minoría todopoderosa, son una asamblea de espectros. Mi cuerpo es real, ¿es real el pecado? Las cárceles son reales, ¿lo son también las leyes? Entre el hombre y aquello que toca hay una zona de irrealidad: el mal. El mundo está construido sobre una negación y las instituciones –religión, familia, propiedad, Estado, patria– son encarnaciones feroces de esa negación universal. Destruir este mundo irreal para que aparezca al fin la verdadera realidad... Cualquier joven –y no solo un poeta homosexual– puede (y debe) hacerse estas reflexiones. Cernuda se acepta diferente; el pensamiento moderno, especialmente el surrealismo, le muestra que todos somos diferentes. Homosexualismo se vuelve sinónimo de libertad; el instinto no es un impulso ciego: es la crítica hecha acto. Todo, el cuerpo mismo, adquiere una coloración moral. En esos años se adhiere al comunismo (1930). Adhesión fugaz porque en esta materia, como en tantas otras, los troyanos son tan obtusos como los tirios. La afirmación de su propia verdad lo hace reconocer la de los demás: "por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren...", dirá años después. Aunque comparte nuestro común destino no nos propone una panacea. Es un poeta, no un reformador.

            Nos ofrece su "verdad verdadera", ese amor que es la única libertad que lo exalta, la única libertad por la que muere. La verdad verdadera, la suya y la de todos, se llama deseo. En una tradición que con poquísima excepciones –se pueden contar con los dedos, de La Celestina y La Lozana andaluza a Rubén Darío, Valle–Inclán y García Lorca– identifica "placer" con “sensación agradable, contento del ánimo o diversión", la poesía de Cernuda afirma con violencia la primacía del erotismo. Esa violencia se calma con los años pero el placer ocupará siempre un lugar central en su obra, al lado de su contrario complementario: la soledad. Son la pareja que rige su mundo, ese "paisaje de ceniza absorta" que el deseo puebla de cuerpos radiantes, fieras hermosas y lucientes. El destino de la palabra deseo, desde Baudelaire hasta Breton, se confunde con el de la poesía. Su significado no es psicológico. Cambiante e idéntico, es la energía o la voluntad de encarnación del tiempo, el apetito vital o el ansia de morir: no tiene nombre y los tiene todos. ¿Qué o quién es el que desea lo que deseamos? Aunque asume la forma de la fatalidad, no se cumple sin nuestra libertad y en él se cifra todo nuestro albedrío. No sabemos nada del deseo excepto que cristaliza en imágenes y que esas imágenes no cesan de hostigarnos hasta que se vuelven realidades. Apenas las tocamos, se desvanecen. ¿O somos nosotros los que nos desvanecemos? La imaginación es el deseo en movimiento. Es lo inminente, aquello que suscita la aparición; y es la lejanía, la sed de espacio. Con cierta pereza se tiende a considerar los poemas de Cernuda meras variaciones de un viejo lugar común: la realidad acaba por destruir al deseo y nuestra vida es una continua oscilación entre privación y saciedad. A mí me parece que, además, dicen otra cosa, más cierta y terrible: si el deseo es real, la realidad es irreal; el deseo vuelve real lo imaginario, irreal la realidad. El ser entero del hombre es el teatro de esta continua metamorfosis; en su cuerpo y su alma deseo y realidad se interpenetran y se cambian, se unen y separan. El deseo puebla al mundo de imágenes y. simultáneamente, deshabita a la realidad. Nada lo satisface porque vuelve fantasmas a los seres vivos. Se alimenta de sombras o más bien: nuestra realidad humana, nuestra sustancia, tiempo y sangre, alimenta a sus sombras.

            Entre deseo y realidad hay un punto de intersección: el amor. No hay amor sin deseo pero el único deseo verdadero es el del amor. Solo en ese desear un ser entre todos los seres el deseo se despliega plenamente. Aquel que conoce el amor no desea ya otra cosa. El amor revela la realidad al deseo: esa imagen deseada es algo más que un cuerpo que se desvanece: es un alma, una conciencia. Tránsito del objeto erótico a la persona amada. Por el amor, el deseo toca al fin la realidad: el otro existe. Esta revelación casi siempre es dolorosa porque la existencia del otro se nos presenta simultáneamente como un cuerpo que se penetra y como una conciencia impenetrable. El amor es la revelación de la libertad ajena y nada es más difícil que reconocer la libertad de los otros, sobre todo la de una persona que se ama y desea. Y en esto radica la contradicción del amor: el deseo aspira a consumarse mediante la destrucción del objeto deseado; el amor descubre que ese objeto es indestructible... e insustituible. Queda el deseo sin amor o el amor sin deseo. El primero nos condena a la soledad: esos cuerpos intercambiables son irreales; el segundo es inhumano: ¿puede amarse aquello que no se desea?

viernes, 12 de enero de 2024

FORMAR "HEREJES" Y NO POLLOS DE ENGORDE

La primera entrada de este año es una continuación y un complemento de la última del año pasado. Otra vez nos acompañan las palabras del profesor Nuccio Ordine. De la introducción a su delicioso Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal reproduzco el capítulo 11, una acertadísima reflexión del papel que hoy debe acometer la educación. 

Para otra entrada futura dejo la selección de libros que hace para esa biblioteca ideal y sus atinadísimos comentarios sobre las grandes obras clásicas que elige. Como dice Ordine, "es preciso partir de los clásicos, de la escuela, de la universidad, de aquellos saberes injustamente considerados inútiles (la literatura, la filosofía, la música, el arte, la investigación científica de base) para formar a las nuevas generaciones de ciudadanos. Porque, como recordaba Giordano Bruno en un bellísimo pasaje del Candelero, todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significará, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error".

La escuela y también la universidad deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico.

En el aula de un instituto o de un centro universitario, un estudiante todavía puede aprender que con el dinero se compra todo (incluyendo parlamentarios y juicios, poder y éxito) pero no el conocimiento: porque el saber es el fruto de una fatigosa conquista y de un esfuerzo individual que nadie puede realizar en nuestro lugar. El acto mismo de la enseñanza puede revelarse, en efecto, como una forma de resistencia a las leyes del mercado y del beneficio: si en una transacción comercial hay siempre una pérdida y una ganancia (si compro una pluma, gano la pluma y pierdo el dinero; el comerciante, por su parte, gana el dinero y pierde la pluma), en una «transacción» intelectual un docente puede enseñar la fórmula de la relatividad de Einstein sin perderla, dando vida a un proceso virtuoso en el cual se enriquece al mismo tiempo quien recibe y quien da (¡cuántas veces, en clase, la observación de un estudiante o un silencio elocuente han resultado preciosos para el profesor!). 

El conocimiento, como recuerda con un bellísimo ejemplo el gran dramaturgo y premio Nobel irlandés George Bernard Shaw, puede compartirse de manera que todos los protagonistas se hagan cada vez más ricos. Tratemos de imaginar a dos estudiantes de cualquier instituto europeo que salen de casa con una manzana cada uno y después, al llegar a clase, se intercambian las manzanas: cada uno volverá a casa con una sola manzana. Pero si los mismos estudiantes llegaran al instituto cada uno con una idea y se la intercambiaran, en este caso, al despedirse, los dos habrían adquirido una idea más.