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martes, 7 de enero de 2020

VIGENCIA DE GALDÓS (1)


Benito Pérez Galdós,
pintado por Joaquín Sorolla (1894)
El pasado 4 de enero se conmemoró el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, uno de los grandes novelistas del siglo XIX. Hoy el autor pervive en muchos de los novelistas que mayor tirón tiene entre los lectores: Almudena Grandes, Marta Sanz, Javier Cercas, Ignacio Martínez de Pisón, Fernando Aramburu, Rafael Reig, Belén Gopegui, Isaac Rosa. Todos ellos retratan de forma realista el presente o indagan en la memoria histórica, como hizo Galdós en las novelas españolas contemporáneas o en los Episodios Nacionales.
Hoy quiero recordar las palabras que escribió Rafael Chirbes, extraordinario novelista fallecido en 2015, que hace seis años homenajeaba a su «maestro», «modelo para cualquier novelista que, además de saberse síntoma de su tiempo, quiera ser testigo», en un artículo aparecido en El País. De ahí entresaco estas líneas que muestran su devoción por Galdós, al que considera «novelista total».


Galdós captura el fulgor de la historia tejiendo una telaraña invisible en la que, a la vez, queda apresado el propio lector que cree estar a solas con la verdad, sin intermediación literaria. Es justo lo contrario. Para su propósito, se sirve de todas las técnicas: narrador omnisciente, dialogismo, flujo de conciencia, epistolario, cuaderno de memorias…, discute y se pelea con sus criaturas de ficción (al modo en que pasado el tiempo lo harán Unamuno o Pirandello), y compone capítulos enteros como pequeñas obras de teatro, siguiendo el modelo de La Celestina. El lector se mueve de un lugar a otro, entra en cualquier parte, visita los cuartuchos malolientes del Rastro madrileño; los comedores, cocinas y dormitorios donde discurre la vida de la clase media; los vestidores, los despachos, los salones aristocráticos en los que se celebra una fiesta; los cafés: el aire cargado de humo y su vibrante agitación. Recorre de la mano del narrador los encinares y los campos de olivos y encinares de Toledo y de Córdoba, ve desplegarse desde la ventanilla de un tren los campos “trasquilados y amarillos” de Castilla, las tierras yermas, las borrosas imágenes de los campesinos pobres, un paisaje que es cristalización de una historia de injusticia.

Leyendo a Galdós oímos las voces de un país, nos enfrentamos al reto de discernir entre una pluralidad de puntos de vista: escuchamos las conversaciones de unos y otros, y se nos obliga a descifrar las diversas hablas de los personajes: la retórica de los políticos, el lenguaje castrense, los estilemas de periodistas y literatos, las tiradas verbales de los folletinistas, las divagaciones escatológicas del clero, los parlamentos de los aristócratas, la jerga forense, el argot de las clases bajas madrileñas o el de los campesinos del delta del Ebro. Todo se le convierte a Galdós en pasta narrativa al servicio de su gran proyecto: levantar un país literario trasunto del país real; descubrir, mediante el pequeño artefacto de la novela, los mecanismos que mueven ese gran artefacto que es España: la novela como modelo que permite aprender el engranaje social.

Llevo más de medio siglo leyendo a Galdós y cada día aumenta mi admiración por su maestría a la hora de construir un universo narrativo desde esa aparente falta de estilo que es dominio de todos los estilos. Admiración también por su modestia. Porque su despliegue de recursos literarios lo lleva a cabo con un pudor exquisito, sin que el lector se dé apenas cuenta; sin que note la tramoya, ni advierta sus deslizamientos, sus travestismos, su trabajo en filigrana, siempre atrapado en la invisible telaraña novelesca. Galdós no es un narrador tradicional, sino un narrador total, un maestro que —eso sí— se sitúa en el polo opuesto de los escritores que convierten su trabajo en espectáculo. En las novelas de Galdós las cosas fluyen sin dar nunca la impresión de que son fruto de un gran esfuerzo. Se diría que el escritor no existe, que todo nace inocentemente, con extrema facilidad. Hasta ahí llegan su respeto por el lector y su elegancia.


viernes, 16 de marzo de 2018

INVITACIÓN A LA LECTURA Y ... A LA SINTAXIS

A partir de estos famosos comienzos de novelas de autores españoles e hispanoamericanos, os invito a leer algunas de estas magníficas novelas de los últimos sesenta años (cuando hayáis acabado todos los exámenes de este curso) y a practicar la sintaxis de la oración compuesta (como repaso de todo lo trabajado en clase).

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.
[Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada]


Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.
[Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte]


Es sabido que entre 1870 y el final del siglo, el hombre se hacía su propia ley en los territorios de New México (EE. UU.) con la pistola y el rifle. El que tenía mejores armas y mejores nervios se imponía. Era precisamente lo que sucedió por algún tiempo con Billy the Kid.
[Ramón J. Sender, El bandido adolescente]


Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el  proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi  persona.
[Ernesto Sábato, El túnel]


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
[Juan Rulfo, Pedro Páramo]


El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi. Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red.
[Rafael Chirbes, En la orilla]


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo.
[Gabriel García Márquez, Cien años de soledad]


No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.
[Javier Marías, Corazón tan blanco]


2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.
[Roberto Bolaño, Los detectives salvajes]


El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo.
[Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo]