Mostrando entradas con la etiqueta Cortázar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cortázar. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de septiembre de 2023

LITERATURA Y PUBLICIDAD: UNA EXTRAÑA PAREJA

Durante el curso vamos a trabajar en 4º de ESO tanto los textos literarios como los publicitarios. Aunque tengan propósitos muy diferentes, es cierto que la publicidad echa mano en ocasiones de la literatura, por su creatividad y su expresividad. Como aperitivo a todo ello, vamos a recordar en el arranque del curso algunos anuncios que han popularizado textos literarios en los últimos años y que nos recuerdan que la palabra literaria está tocada por una magia especial. Sirvan en esta ocasión los anuncios para acercarnos a algunos de los autores que vamos a estudiar este año, cuya sensibilidad no está nada lejos de la actual.

Empezamos por el más reciente, este de la campaña del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación que fomenta los caminos naturales de España para la práctica del senderismo y que aprovecha los famosos versos de Antonio Machado.

  
 
Quizás el primer anuncio que empleó un texto literario con una clara intención de dar un sentido nuevo al mismo fue este de Seat con la voz de Julio Cortázar leyendo su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj.
 
     
 
Más cercano en el tiempo es este otro anuncio de Cervezas Alhambra que conjuga las palabras vitalistas del poeta Juan Ramón Jiménez con la escritora Elvira Sastre.
 
  
 
Los creativos publicitarios no solo se han fijado en los autores del último siglo, sino que en ocasiones han reparado en los clásicos, dotados siempre de una gran capacidad expresiva que da a todo lo que tocan un aire especial. Así lo demuestran estos versos de Lope de Vega definiendo el amor puestos al servicio de una campaña de turismo de la Comunidad Valenciana.
 
 
 
En este video,  como conclusión, algunos publicistas nos hablan de esa extraña relación entre publicidad y literatura y nos descubren otros anuncios basados en textos literarios que nos abren la puerta a nuevos autores y lecturas.
 
 
A partir de estos textos publicitarios que aprovechan la literatura, los alumnos van a reflexionar y comentar distintos aspectos temáticos y formales, para seguir profundizando en el estudio de los textos literarios y no literarios.

martes, 22 de febrero de 2022

SOBRE LOS PALÍNDROMOS EN UN DÍA CAPICÚA

En una fecha tan peculiar como la de hoy, día capicúa, 22/02/2022, hablaremos de los palíndromos, el equivalente en letras de los capicúas numéricos. Los palíndromos son, en palabras de Màrius Serra, la «joya de la corona ludolingüística», esto es, la creación más portentosa e ingeniosa en el uso lúdico de la lengua. Para todos los amantes de los juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario, la lectura de su obra Verbalia es una lectura obligada.

Los palíndromos son las palabras o frases que permiten leer lo mismo en los dos sentidos de lectura: así, la palabra «ANILINA» -en la que el eje de simetría es la L- o la frase «ADÁN NO CALLA CON NADA». La palabra procede del griego palíndromos (que retrocede, que va y viene; de pálin -de nuevo- y dromos -carrera-). Aunque no se conservan, hay ya noticias de que se cultivaban en el siglo III antes de nuestra era.

El primer palíndromo conocido en castellano apareció en 1561 en el Cancionero llamado Sarao de amor del valenciano Joan de Timoneda:

Tres versos con tal artifizio hechos

que tanto dize al derecho como al revés

OLA MORO MORO MALO

NO TARDES Y DES RATÓN:

NO DESSEO ESSE DON

 

Un siglo más tarde Baltasar Gracián, en el Discurso XXXII de su Agudeza y arte de ingenio («De la agudeza por paronomasia, retruécano y jugar del vocablo»), reprodujo un palíndromo laudatorio a partir del nombre de san Francisco Javier: REY VA JAVIER. Desde entonces, el ejemplo más divulgado, a pesar de su chocante significado, ha sido DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD. 

Los palíndromos no alcanzaron categoría literaria hasta que Julio Cortázar los colocó en el centro de algunos de sus cuentos. Por ejemplo, los que figuran en el diario de Alina Reyes en el cuento «Lejana» de Bestiario: SALTA LENIN EL ATLAS; AMIGO, NO GIMA; ÁTALE, DEMONÍACO CAÍN, O ME DELATA. Este último palíndromo será el germen de uno de sus relatos posteriores, «Satarsa».

Augusto Monterroso nos dará posteriormente algunos de los más conocidos en Movimiento perpetuo, en la sección titulada ONÍS ES ASESINO. Allí da cuenta de las reuniones con sus amigos escritores aficionados a este juego ingenioso de palabras: con Juan José Arreola (ETNA DA LUZ AZUL A DANTE), Carlos Illescas (AMO LA PALOMA) o Rubén Bonifaz Nuño (ODIO LA LUZ AL OÍDO).

En España también han sido cultivados los palíndromos. Entre los autores que sobresalen en su creación destacan Julián Ríos (AMOR BROMA) o José Antonio Millán (ANITA, LA GORDA LAGARTONA, NO TRAGA LA DROGA LATINA).

Como aficionado a los palíndromos sé que no conviene abusar de estos juegos para no encallar en LA RUTA NATURAL, y por eso terminaré esta entrada con mi favorito, SÉ VERLA AL REVÉS, una frase autoalusiva al propio juego, atribuida al escritor Carlos Illescas.

sábado, 29 de agosto de 2020

CHARLIE PARKER VISTO POR JULIO CORTÁZAR EN «EL PERSEGUIDOR»

«Esto lo estoy tocando mañana»

Y, a pesar de que en la entrada del pasado 30 de junio me despedí de todos hasta septiembre, he decidido publicar dos entradas en los meses de verano por diversos motivos: la del fallecimiento de  Juan Marsé, para testimoniar mi homenaje a un autor que me ha hecho disfrutar con sus novelas como muy pocos; y la del recuerdo del asesinato de García Lorca para dejar claro que, en estos tiempos tan difíciles en los que estamos viviendo, la memoria y la reivindicación de la justicia son principios de los que no se puede renegar, aun cuando estemos bombardeados por falsas noticias, por mentiras interesadas  o por apologías de regímenes fascistas.

Y ahora escribo la tercera (y última del verano) para recordar la figura de uno de los grandes músicos del siglo XX, Charlie Parker, en el centenario de su nacimiento, que ha pasado bastante desapercibido en los medios informativos de nuestro país. El genial e inclasificable saxofonista de jazz es uno de esos músicos que, además de en sus grabaciones, también ha seguido viviendo en la literatura por su búsqueda de una expresión artística libre y rompedora con todas las reglas existentes hasta la primera mitad del siglo XX.

Los autores estadounidenses de la generación beat, como Ginsberg, Burroughs o Kerouac, vieron en Charlie Parker el modelo para conquistar una lengua literaria nueva y libre. Pero será Julio Cortázar, gran enamorado y conocedor del jazz, quien dedique al genial músico uno de esos cuentos, El perseguidor, que uno puede leer cuantas veces quiera porque siempre descubre en la figura de su protagonista, Johny Carter, el trasunto de Charlie Parker, ideas, revelaciones y reflexiones sugerentes sobre el arte, la existencia, el espacio y el tiempo.

Os dejo un fragmento de este extraordinario cuento en el que se aprecia algo de todo esto. El narrador, Bruno, crítico de jazz y biógrafo del músico, relata al principio del cuento un encuentro entre ambos a través del cual vamos conociendo al genial Johnny, inconformista e inadaptado, que busca en su música el sentido último de la existencia.

Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: "Esto lo estoy tocando mañana", y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: "Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana", y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.

Además de la invitación a la lectura del cuento, os propongo una invitación a la música de Charlie Parker con tres de sus grabaciones que deseo que formen también parte de la banda sonora de la vida de los lectores del blog como forman parte de la mía.

Seguro que con esta doble invitación afrontamos con más fuerzas el inicio de este curso que se nos viene encima repleto de incertidumbres.

lunes, 16 de marzo de 2020

DISTANTEMENTE JUNTOS (I): "CASA TOMADA" DE JULIO CORTÁZAR

Hoy es nuestro primer día sin clase presencial y eso ya genera una gran extrañeza. No se oyen los timbres de entrada y salida, no hay cambios de aula, no hay saludos ni despedidas, no hay que mandar callar, no nos vemos las caras durante las explicaciones y las correcciones,... Las nuevas tecnologías no pueden suplir esa algarabía y esa alegría de los adolescentes en el medio escolar. Pero, a partir de hoy, estas líneas y estas entradas del blog procurarán que estemos en estos días extraños "distantemente juntos", como escribió Julio Cortázar en la estupenda Rayuela.
Como los planes de trabajo con los alumnos en casa están ya en  marcha gracias a los correos electrónicos, Drive, Classroom y videoconferencias, en el blog vamos a dedicar las próximas entradas a acompañar el confinamiento y la cuarentena con lecturas y sugerencias literarias que hagan más llevadera esta extraña situación.
Y empezamos con uno de los cuentos del propio Julio Cortázar, una de sus narraciones más perturbadoras, Casa tomada, en sintonía con esas sensaciones tan raras que nos van asaltando.


CASA TOMADA 

Julio Cortázar



Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Ilustración tomada de Scoop


Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Tomado de Un profesor


Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

viernes, 6 de mayo de 2016

A PROPÓSITO DEL CAPÍTULO 68 de «RAYUELA» DE CORTÁZAR

La lectura del capítulo 68 de Rayuela, la gran novela de Julio Cortázar, siempre suscita muchísimos comentarios en la clase: la búsqueda de nuevas formas de expresión artísticas fuera de los cauces convencionales para contar escenas (como esta escena erótica) miles de veces relatadas con un lenguaje insuficiente (o excesivamente ñoño o groseramente explícito), el poder de experimentación de la lengua, la literatura entendida como juego, la complicidad del lector en este juego,... El gíglico, el lenguaje nuevo creado por Cortázar para este capítulo, tiene seguramente como fuente de inspiración  el poema Jabberwocky de Lewis Carroll, incluido en Alicia a través del espejo, tal como nos ha recordado una compañera en clase. Es, en definitiva, una sorprendente muestra de las audacias formales e innovaciones expresivas que Cortázar ensayó en sus obras.

Para los que queráis profundizar en el comentario de este jugoso capítulo, os dejo las sabias palabras del profesor Andrés Amorós en su Introducción a la literatura (páginas 79 y 80), un libro también muy recomendable.



Ante un texto como éste, ante todo, aceptemos el juego, no nos irritemos. Leámoslo en voz alta, en seguida, para captar su intención: no es fácil que se nos escape que se trata de una escena de amor físico, evocada —irónicamente, desde luego— con medios musicales, pero que no prescinden de lo significativo.

La creación de nuevas palabras obedece, en ocasiones, a una combinación bien fácil de descifrar; por ejemplo, se habla aquí del «orgumio» pero también del «merpasmo».

Por supuesto, Cortázar juega aquí con el equívoco de alterar el vocabulario dentro de un esquema sintáctico perfectamente lógico y normal. Fijémonos en las líneas esenciales de esa sintaxis, dejando los huecos correspondientes a las palabras. Resultará esto: «Apenas él le... a ella se le... y caían en... Cada vez que él procuraba... se enredaba en... y tenía que... sintiendo cómo poco a poco... se iban... hasta quedar tendido como el... al que se le han dejado caer unas... Y, sin embargo, era apenas el principio, porque en un momento dado ella se... consintiendo en que él aproximara suavemente sus... Apenas se... algo como un... los...de pronto era el... Se sentían... temblaba el.., se vencían las... y todo se... en un profundo... que los... hasta el límite de las...».

Tenemos aquí el esqueleto, perfectamente lógico, de la narración de una escena   erótica. Evidentemente, el juego malévolo está en que nuestra imaginación rellena de sentido claro y concreto los huecos, ocupados en el texto por palabras ininteligibles en una primera lectura. Como es habitual en Cortázar, se cuenta aquí, una vez más, con la complicidad del lector, que, en este caso, se vuelve en contra de él, pues puede llegar a avergonzarse al comprobar cómo su imaginación ha recurrido a términos más gráficos que los empleados por el escritor.

Cabe, incluso, la posibilidad de que a Cortázar le haya pasado por la cabeza mostrar cómo un escrito hábil puede soslayar una censura puritana, evitando cualquier término non sancto. Claro que la combinación de las palabras es, algunas veces, claramente alusiva. Si tradujéramos esto a lenguaje normal tendríamos una narración retórica, grandilocuente, que Cortázar evoca —en mi opinión— con evidente ironía.

A la vez, los significados son sugeridos también por el movimiento de la frase. Notemos, por ejemplo, el ritmo trimembre: «Y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes». Si separamos el término común, caían en, obtendremos tres términos, en escala de longitud progresiva: «hidromurias» (cuatro sílabas), «salvajes ambonios» (seis sílabas), «sustalos exasperantes» (ocho sílabas). Gramaticalmente, se trata de un sustantivo, otro con adjetivo antepuesto y un tercero con adjetivo pospuesto, descriptivo. La impresión psicológica es la de una serie de olas: todas avanzan en la misma dirección, pero cada una es un poco más larga que la anterior.

Veamos otro ejemplo. Al comienzo de la frase, una enumeración trimembre crea un ritmo progresivamente acelerado: «Las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo...».Y todo se resuelve en una frase larguísima, enormemente perezosa, con palabras largas («trimalciato», «ergomanina») y subordinadas añadidas («como el... al que...»): «Hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia».

Lo básico, por supuesto, es el contraste entre momentos de exaltación y otros de depresión. Después del descanso que acabo de citar, renace la tensión: «Y, sin embargo, era apenas el principio...».

El párrafo culmina en una enumeración en la que la orquesta parece emplear toda su potencia instrumental: «De pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumo, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa». Y, como el redoble de los platillos, estalla el sonido jubiloso —e irónico, no lo olvidemos—: «¡Evohé! ¡Evohé!».

[…]

Nos ha servido [este comentario] para comprobar un par de cosas: ante todo, que, en la auténtica obra de arte, la impresión de gratuidad incoherente es totalmente falsa, aunque el lector ingenuo (como el espectador superficial de una pintura abstracta) pueda caer en esa trampa. Además, que en este texto, la formación de palabras, la sintaxis, el ritmo... todo posee una intención significativa. Por supuesto, los elementos musicales son muy importantes en la obra literaria, y el que no posea sensibilidad para apreciarlos perderá buena parte de su atractivo, pero en este caso (verdaderamente extremo) hemos comprobado, una vez más, que el arte del escritor no podría prescindir —aun en el supuesto de que lo pretendiera—del contenido significativo que tienen sus palabras.