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jueves, 24 de febrero de 2022

UNA REFLEXIÓN DE BUERO VALLEJO SOBRE LA VIOLENCIA EN TIEMPOS DE GUERRA

A lo largo del tiempo, ríos de sangre

En una terrible fecha como la de hoy, marcada por el comienzo de la guerra en Ucrania tras la invasión de Rusia, las palabras de Asel a Tomás sobre la violencia en La Fundación, de Buero Vallejo, nos invitan a reflexionar y a tomar conciencia de los valores que defienden las democracias de nuestro mundo. Frente a la irracionalidad, las injusticias y la violencia, los valores de la convivencia pacífica y el respeto a las libertades han de ser considerados y defendidos como pilares básicos de nuestras sociedades. Estas palabras están recogidas al final del primer cuadro de la segunda parte de La Fundación de Buero Vallejo, lectura que estamos terminando en 2º de Bachillerato, y mantienen plena vigencia casi cincuenta años después de su escritura.

Vivimos en un mundo civilizado al que le sigue pareciendo el más embriagador deporte la viejísima práctica de las matanzas. Te degüellan por combatir la injusticia establecida, por pertenecer a una raza detestada; acaban contigo por hambre si eres prisionero de guerra, o te fusilan por supuestos intentos de sublevación, te condenan tribunales secretos por el delito de resistir en tu propia nación invadida... Te ahorcan porque no sonríes a quien ordena sonrisas, o porque tu Dios no es el suyo, o porque tu ateísmo no es el suyo... A lo largo del tiempo, ríos de sangre. Millones de hombres y mujeres [...] Y niños... Los niños también pagan. Los hemos quemado ahogando sus lágrimas, sus horrorizadas llamadas a sus madres durante cuarenta siglos. Ayer los devoraba el dios Moloch en el brasero de su vientre; hoy los corroe el napalm. Y los supervivientes tampoco pueden felicitarse: niños cojos, mancos, ciegos... A eso les hemos destinado sus padres. Porque todos somos sus padres...[…] ¿Habré de recordarte dónde estamos y con cuál de esas matanzas nos enfrentamos nosotros?

viernes, 24 de enero de 2020

«NUESTRO TEATRO»: UN ACERCAMIENTO AL TEATRO ESPAÑOL DEL SIGLO XX

Recojo en esta entrada una selección de los vídeos publicados por el Centro Dramático Nacional, bajo la dirección de Ernesto Caballero, dedicados a algunos de los dramaturgos españoles más importantes del siglo XX, que se integran en la serie documental «Nuestro Teatro». Estos breves documentales son un buen complemento a las explicaciones y lecturas de teatro que venimos haciendo estos días en clase. Están dedicados a Valle-Inclán, García Lorca, Jardiel Poncela, Miguel Mihura y Buero Vallejo. Espero que os sean de utilidad para aclarar los contenidos vistos, pues incorporan imágenes de puesta en escena de diferentes obras y comentarios muy acertados.









viernes, 15 de febrero de 2019

DOS APUNTES MÁS SOBRE EL TEATRO DE BUERO VALLEJO

Recojo en esta entrada otros dos documentos sobre el teatro de Buero Vallejo que vienen a complementar otros artículos aparecidos en el blog: un documental y un extracto de un libro de Ricardo Doménech, uno de los expertos en la obra de nuestro autor. 
  • El documental del Centro Dramático Nacional sobre Buero Vallejo es una excelente introducción al autor al que vamos a leer y estudiar en los próximos días.

  • Este fragmento de El teatro de Buero Vallejo: una meditación española de Ricardo Doménech perfila con exactitud en qué consiste el efecto de inmersión, una de las grandes aportaciones estéticas de la dramaturgia de Buero Vallejo.
Sobre el efecto de inmersión
Estos “efectos de inmersión”, cuya influencia difícilmente cabe predecir, constituyen, desde luego, la aportación técnica —artística— más original del teatro de Buero, y una de las más originales de todo el teatro español del siglo XX. Con respecto a los problemas que el teatro de hoy tiene planteados en lo referente al espacio escénico, es una respuesta de naturaleza similar a las que pudieron dar en su día un Pirandello o un Brecht; es decir, una respuesta que parte de una implícita aceptación de la separación escenario-sala, pero que busca por encima de esa separación un modo de relación más viva y fecunda entre el escenario y el espectador. [...] Buscando, asimismo, una relación más fecunda con el espectador, Buero propone con estos “efectos de inmersión” algo enteramente distinto [a Brecht] (en vez de alejar al espectador, introducirle completamente en el mundo de los personajes) pero análogamente orientado a este fin: romper los reflejos condicionados del espectador, resultado de tantas representaciones teatrales siempre iguales en sus procedimientos técnicos; sorprender a ese espectador, sacarle de sus casillas, justamente para que mejor pueda tomar conciencia del mensaje trágico que se le pretende transmitir [p. 60].
En el pensamiento del autor, los “efectos de inmersión”, al sumergir al espectador en la conciencia individual de un personaje, hacen que ese espectador pueda recobrar finalmente la conciencia de su propia intimidad, de su propia interioridad. Y bien, ¿no es esto último, sin más, la katharsis de que nos habla Aristóteles? Los “efectos de inmersión” son, a la postre, un vehículo, un medio para que el espectador llegue a esa verdad, a esa conciencia clara de sí. Por ello, resultaría equivocado interpretarlos —o imitarlos— como una pirueta formal carente de contenido, como un puro virtuosismo. Insistiendo todavía en el nombre de este recurso técnico, añadiré que sigo prefiriendo la palabra inmersión a identificación (o a interiorización, que también se ha propuesto alguna vez), porque es más expresiva de lo que se intenta comunicar. Tienen la ventaja [...] de que se apoya, de modo indirecto, en una espléndida metáfora unamuniana. La acción imaginaria de meternos en la conciencia de un personaje sólo puede tener la forma de una inmersión (hemos de sumergirnos), pues todos sabemos, desde Unamuno, que una conciencia es un “pozo sin fondo”. Por otra parte, no cabe duda de que la palabra suscita cierta ambigüedad, con el recuerdo de un rito religioso: el bautismo por inmersión. Pero esa ambigüedad no debe molestarnos demasiado: es muy remota; y, de otro lado, no olvidemos que el contacto con lo mágico y lo ritual siempre ha enriquecido el fenómeno dramático. En este caso, el hombre nuevo que busca la ceremonia iniciática del bautismo podría ofrecer una analogía —y “un contraste diferenciador”— con la conciencia nueva o catarsis que busca la tragedia [pp. 64-65]

viernes, 9 de marzo de 2018

SOBRE «LA FUNDACIÓN» DE BUERO VALLEJO (II)

Para organizar el estudio de La Fundación de Buero Vallejo, recopilo ahora las entradas que han aparecido en el blog sobre esta obra y añado al final un par de documentos más:
A estas entradas añado ahora esta presentación con más documentos de apoyo para la mejor comprensión de la obra:
Y la valoración crítica que hizo de la obra el profesor Antonio Iniesta Galvañ en El teatro de Antonio Buero Vallejo:

jueves, 29 de septiembre de 2016

CELA, BLAS DE OTERO Y BUERO VALLEJO: VOCES DE UN TIEMPO DE SILENCIO

Hoy se conmemora el centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo, uno de los autores que estudiamos y leemos en 2º de Bachillerato. En entradas anteriores ya hablamos de los centenarios de Blas de Otero y Camilo José Cela, los otros dos autores españoles nacidos en 1916 y que marcaron junto a Buero Vallejo el devenir de la literaturra de posguerra de nuestro país. En este artículo aparecido en El País el mes pasado, que ahora  transcribo, el catedrático José-Carlos Mainer nos acerca de forma comparativa las vidas  y las obras de estos tres autores que cambiaron la literatura española durante la dictadura franquista. Es un buen aperitivo para conocer a algunas de las voces más destacadas de una época marcada por la censura, la falta de libertades y la represión.


CIEN AÑOS DE TRES CLÁSICOS CONTEMPORÁNEOS

Voces de un tiempo de silencio

Camilo José Cela, Blas de Otero y Antonio Buero Vallejo revolucionaron la novela, la poesía y el teatro de la posguerra. Este año se celebran sus centenarios.

Otero, Buero Vallejo  y Cela.
Ilustración de Fernando Vicente
La celebración de primeros centenarios tiene una indudable capacidad implicatoria, al menos entre quienes ya andamos por encima de la cincuentena. En los últimos y turbios años sesenta, la conmemoración de los grandes escritores de fines del siglo XIX suscitó discusiones, consagraciones y anatemas acerca del papel de los intelectuales en la política, cuando tal cosa era fruta prohibida por el franquismo. Los centenarios de la llamada generación del 14, que dominaron los años ochenta, alumbraron —ya con mayor optimismo ambiental— la feliz confluencia de vida, literatura y participación cívica. Y la celebración de las gentes de 1927 y de sus aledaños —justo en el quicio de la centuria pasada y la presente— registró un notable índice de autocomplacencia y euforia por cuenta de la creatividad ajena.
¿Qué hacer con los centenarios de ahora mismo, cuando la misma palabra “centenario”, asociada a la iniciativa pública, ya está bajo sospecha y es recuerdo de dineros malgastados? De añadidura, los centenarios recientes —desde 2010, más o menos— hablan de la Guerra Civil y de la posguerra, de fracasos, recelos y baldías esperanzas, precisamente en un tiempo que ya tiene su propia y abundante ración de desencanto e impotencia. Puede que, en fin, hablen demasiado de nosotros mismos…
La raíz amarga.  El azar de sus nacimientos en 1916 ha juntado ahora a los tres nombres que quizá encarnaron mejor el mundo de aquella larga posguerra: Camilo José Cela o la pugna por hacerse con la notoriedad y la herencia de sus antecesores, a los que llamaba “los del 98”; Antonio Buero Vallejo o el empeño de desvelar la tragedia oculta y despertar así las conciencias dormidas; Blas de Otero o la fe en lo perdido y la decisión dolorosa, casi masoquista, de disentir. Se han sucedido ya algunos centenarios —el de Celaya en 2011, por ejemplo— y vendrán otros más —enseguida, el de Gloria Fuertes en 2017; luego, el de Miguel Delibes en 2020, el de Miguel Labordeta en 2021 y el de José Hierro en 2022— que albergarán ecos similares, pero después ya muy pocos portarán esa parte de las biografías respectivas que hunde sus raíces en los años incitantes de la República y su experiencia del horror en los días de la Guerra Civil.
Buero Vallejo, hijo de un militar (profesor de la Academia de Ingenieros de Guadalajara), quería ser pintor y estudió en la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde era secretario de la FUE (Federación Universitaria Escolar, de signo republicano y avanzado). Rompió con sus creencias religiosas en 1931 y empezó a leer con voracidad filosofía y literatura. Cela, hijo de un funcionario de Aduanas que tenía una academia preparatoria en Madrid, fue un estudiante irregular; una temprana tuberculosis lo convirtió en un lector sistemático y, en aquellos años en los que tanto se celebraban los triunfos de la voluntad, fraguó la imagen de sí mismo que formuló en sus tempranas memorias de 1957: “Nuestro joven se siente poderoso y duro como el pedernal. El débil que se quede en el camino; no puede entorpecer la marcha de los demás hombres. La voluntad es la herramienta del éxito e ingrediente de mayor importancia que la inteligencia”. Blas de Otero nació en la familia acomodada a la que arruinó la crisis de los años veinte; fiel a los suyos, estudió Derecho, aunque hubiera preferido el camino de las letras, y mantuvo sus creencias religiosas y su lealtad doméstica por mucho tiempo. Fue reclutado por los Batallones Vascos que defendieron la República pero, sin depuración alguna, se incorporó al Ejército sublevado cuando cayó el frente del Norte.
A Buero Vallejo, en tanto, le fusilaron a su padre por el mero hecho de ser militar, pero al año siguiente fue movilizado por el Gobierno legítimo y participó en trabajos de propaganda gráfica. Al final de la contienda, fue capturado por los vencedores pero desoyó la orden de presentarse periódicamente a la autoridad, lo que le llevó ante un tribunal castrense. Fue condenado a muerte y le conmutaron la pena; hasta marzo de 1946 estuvo en varias cárceles y, una vez liberado, se le prohibió residir en Madrid. Cela logró salir de la capital sitiada e hizo la guerra con los sublevados: sus andanzas por frentes y hospitales se reflejaron con buen humor y alguna fantasía en la novela Mazurca para dos muertos y en sus jocosas Memorias, inteligencia y voluntades. En 1938 se ofreció a las autoridades franquistas como informante sobre la intelectualidad roja de Madrid; no parece que se tuviera en cuenta el escrito pero, 30 años más tarde, Cela añoró el ambiente republicano de la ciudad en las páginas de una novela deslumbrante y algo oportunista, San Camilo 1936, que encabeza una dedicatoria reveladora: “A los mozos del ­reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia” (y una cerril negativa de amparar en la misma comprensión “a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas”).
Cela buscó la notoriedad pública y la consiguió, pero también se exigió a sí mismo una prosa que evocaba la sencillez de la de Pío Baroja y el fulgor de la de Valle-Inclán. En La familia de Pascual Duarte (1942), el artificio prepondera sobre la desarmante naturalidad; en Viaje a la Alcarria (1947), la nítida emoción gana la mano al artificio. Pero ambos son dos libros memorables y oportunos. En la última fecha, Blas de Otero trabajaba en los poemas de Ángel fieramente humano, que vieron la luz en 1949 y fundaron lo que Dámaso Alonso llamaba “poesía desarraigada”. No le dieron el Premio Adonáis, que ya tenía otorgado in pectore, y esa fue la mejor carta de presentación de Redoble de conciencia, en 1951. Por razones obvias, Buero empieza más tarde, pero en su domicilio de Algete escribe deprisa: casi a la vez, acaba En la ardiente oscuridad e Historia de una escalera, que en 1948 obtienen el accésit y el Premio Lope de Vega que el Ayuntamiento de Madrid ha vuelto a convocar. La primera en estrenarse fue la segunda, en 1949; En la ardiente oscuridad lo hizo en 1950 y, desde entonces, Buero fue la revelación de un teatro que abundaba en comedias humorísticas pero carecía de dramas.
En 1952 Cela tuvo su primer conflicto con la censura —la prohibición de La colmena, que se publicó en Buenos Aires y goza del prestigio que merece— y en 1953 el primer desaire de su público, con Mrs. Caldwell habla con su hijo, un relato singular y desbocado pero muy suyo. Se fue a Venezuela, volvió con los dineros que le dieron por La catira y decidió modificar su imagen pública, buscando la respetabilidad y ofreciendo generosamente a sus amigos las posibilidades que le proporcionaba su estatus de escritor conocido: en 1956 ingresó en la Real Academia y en 1957 fundó una revista importante y bien hecha, Papeles de Son Armadans. Su literatura se acartonó, pero nadie le pudo disputar aquel bastión que defendía con fiereza: ser el primer prosista español. Buero había establecido en tanto un pacto leal y duradero con las plateas españolas, lo que le valió en 1960 una notable polémica con Alfonso Sastre: posibilismo contra rebeldía. Sastre buscaba algo diferente y nunca supo del todo qué, mientras Buero revelaba persuasivamente las frustraciones y las ocultaciones de cada día —Hoy es fiesta, Las cartas boca abajo— o planteaba sus dramas históricos que siempre hablaban de oportunidades colectivas perdidas: el primero fue Un soñador para un pueblo (1958); el mejor, El concierto de San Ovidio.
El año de La colmena Blas de Otero vivió en París, que le pareció “maravilloso e insoportable”; luego viajó por la España profunda, como hacía Cela, pero no para construir una suerte de folclore sentimental y caprichoso. Su libro de 1955, Pido la paz y la palabra, reveló su agudo oído para mezclar la poesía tradicional y la consigna política, y para transformar el masoquismo en piedad por los demás. El desarraigado de 1947 se había convertido en poeta revolucionario y sus libros —no siempre fáciles de conseguir— circularon con amplitud en medios universitarios o en grupos militantes, ciclostilados a menudo. Aquel año, Emilio Alarcos Llorach tuvo el atrevimiento de dedicar su memorable lección inaugural del curso universitario de Oviedo a la poesía de Blas de Otero.
Una literatura de posguerra. Entre todos (y algunos más, por supuesto…) habían construido una literatura de posguerra que cercó y derrotó a la pretendida literatura de la victoria. Sus convicciones —el realismo, la compunción sofrenada, el afecto por un país desolado— fueron muy parecidas a las que reanudaron la historia de las letras en Italia, Alemania o incluso Francia. A los nuestros les favorecieron los inicios todavía toscos de un mercado cultural —editoriales incipientes pero significativas, primeras galerías de arte, grupos de artistas con programas más maduros— y también el lento despliegue de una clase media lectora que asociaba las revelaciones literarias a los premios y la lectura de novelas a la pretenciosa encuadernación en tela con sobrecubierta. Y a la vez, presenciaron el vertiginoso desarrollo de una cultura popular y consolatoria, que ofrecía coplas y seriales radiofónicos, tebeos y novelas del Oeste, relatos rosas y melodramas cinematográficos. 
Los años del franquismo comatoso y de la primera Transición presenciaron su último y merecido reconocimiento. Sin embargo, después del éxito de El tragaluz, el crédito de Buero menguó bastante. Cela, el empecinado, empezó a ser con frecuencia el peor enemigo de su imagen pública. Después del anticipo de Mientras (1970), Blas de Otero dedicó su quebrantada salud al libro póstumo Hojas de Madrid con La galerna, al que todavía no hemos hecho plena justicia. Puede que los tres escritores supieran entonces que cargar con el peso de una época es un duro trabajo que se paga caro y hace envejecer pronto. En el poema ‘Hotel Colón’ de su último libro, Amar es dónde (Estimar és un lloc), Joan Margarit ha rememorado su encuentro con Cela, desnudo y locuaz en la bañera de su habitación, dejando oír aquella voz “retumbante e inútil”. Y tuvo la sensación de que, pese a todo, Cela cumplió la “inhóspita ley que siempre hace justicia”: “Ama a tu tiempo, este lugar dudoso / —pero el único tuyo—”, sentenció el poeta. Creo que nuestros tres escritores —Buero, Cela y Otero— cumplieron los preceptos de aquella ley exigente. A ninguno le fue dado elegir su época, pero —cada cual a su manera— la amaron y la hicieron algo más llevadera. 

lunes, 7 de marzo de 2016

PANORAMA TEATRAL DURANTE LA DICTADURA FRANQUISTA

Historia de una escalera de
Buero Vallejo (1949)
En los casi cuarenta años de dictadura franquista, el teatro, una de las formas de entretenimiento más populares en ese tiempo, evolucionó de forma notable. Desde el teatro miltante, falangista y nacional-católico, de los autores afines a la dictadura en los primeros años cuarenta, a la creación de los grupos de teatro independiente, profundamente innovadores y transgresores, en los años sesenta y setenta, la escena española vivió cambios sustanciales. En buena parte dos autores serán los promotores de la renovación teatral de este período: Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre, a quienes estudiamos en otras entradas de este blog.
A los condicionamientos económicos que todo teatro tiene, se une en este período el férreo control de la censura que, si bien se notó en todos los géneros literarios, fue en el teatro donde lo hizo con más fuerza por su mayor difusión. Además, la muerte y el exilio de muchos de los dramaturgos importantes de antes de la guerra dejó un panorama desolador, en especial en los años cuarenta, más si lo comparamos con los estrenos teatrales que se daban en Europa por entonces, que no llegarán a nuestro país hasta muchos años después.
El exitoso estreno de Historia de una escalera de Buero Vallejo en 1949 supondrá por primera vez la posibilidad de dar fe de la realidad del momento a través de los conflictos existenciales de los personajes y de proponer una nueva forma de hacer teatro distinta a las fórmulas del teatro comercial dominante en la época. Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre, estrenada en 1953, seguirá esta misma línea. Con estas dos obras comienza la andadura del género teatral innovador en la España franquista que discurrirá no sin problemas. Todavía en 1966 Alfonso Sastre, en la revista Cuadernos para el diálogo, hacía este balance del teatro español del momento: «El teatro constituye hoy uno de los sectores más deprimentes dentro del contexto cultural español. La centralización, la insuficiente libertad, la carencia de sentido crítico, la discriminación de las obras culturales distintas a la imperante, las dificultades a los autores jóvenes y menos jóvenes que intentan plantear sus obras dentro de su perspectiva ideológica, son hechos ciertos e innegables. La historia del teatro español en España en estos últimos años es en muchos aspectos la historia de una frustración. [...] El pueblo español no va al teatro, no le interesa el teatro, no ve en él un lugar que refleje sus inquietudes o dé acogida a sus problemas. El teatro es entre nosotros, por regla general, un producto exquisito, envuelto en el celofán de las frases retóricas». 
En esta presentación, que preparé para explicar el tema en clase, se estudian las principales tendencias teatrales y los autores más destacados de estos años, vistos con más profundidad en los apuntes de clase.

lunes, 9 de marzo de 2015

BUERO VALLEJO EN LA CÁRCEL

Buero Vallejo luchó durante la guerra civil en el bando republicano. Al finalizar la contienda fue encarcelado, procesado y condenado a muerte. Estas experiencias influyeron de manera decisiva en su vida y en su obra. Os dejo un fragmento de una entrevista que concedió al profesor Mariano de Paco en la que habla extensamente de sus vivencias en la cárcel y de cómo estas alimentaron su obra, especialmente La Fundación que estamos ahora leyendo.


[...] -Tras la estancia en ese campo de concentración (Soneja, Castellón), regresa, pues, a Madrid, donde es encarcelado y después procesado y condenado a muerte...
-Se nos había ordenando que nos presentásemos de nuevo a las autoridades. Yo estuve en una larga cola para ello, pero, ante la noticia de que nos iban metiendo de nuevo en campos, me volví a casa sin presentarme. Salía poco, pero no tardé en enlazar con compañeros de la guerra y empecé a trabajar con ellos en la reorganización del Partido, facilitando avales ficticios, imitando los sellos de caucho, etc. Al cabo de un tiempo sobrevino la previsible delación y nos fueron apresando a todos. En el juicio, a seis de nosotros nos condenaron a muerte. Cuatro de las sentencias fueron cumplidas; a dos nos conmutaron la pena por treinta años, que se fueron rebajando hasta salir a los seis años y medio en libertad condicional.
-Sigue un penoso peregrinar por prisiones y penales (Conde de Toreno, Yeserías, El Dueso, Santa Rita, Ocaña) ¿cómo fueron aquellos años?
En el penal de El Dueso en 1942. Buero Vallejo
 es el primero por la izquierda.
-Sería largo de contar... Naturalmente, hambre; a veces incluso piojos. En Toreno, la despedida de los numerosos compañeros que sacaban muchas noches para morir, mientras yo esperaba lo propio. Diversas clases en el patio; yo di charlas de arte. Nos trasladaron a Yeserías cuando clausuraron como prisión aquel antiguo convento. Un mes, poco más o menos, en la que hoy es cárcel de mujeres. Yo ya estaba conmutado. Allí vi por última vez a Miguel Hernández, a quien habían trasladado meses atrás a Palencia y que ahora llevaban a Ocaña. Estaba en la galería de transeúntes y, burlando la vigilancia, algunos amigos fuimos por separado a saludarlo. Más aún que Toreno, aquella prisión era incómoda: cuarenta y cinco centímetros de ancho para dormir, a cada uno. Que yo recuerde, Yeserías no tenía su canción; cada cárcel había creado la suya. La de las Comendadoras repasaba en broma las diversas condenas. Aprovechando contactos fortuitos las intercambiábamos. Toreno tuvo la suya: «A Conde de Toreno / me trajeron atado. / Aquí estoy encerrado / y duermo en un rincón. [...] Si esta es la 'paz honrosa', / qué le vamos a hacer...». Todas eran descarnadamente humorísticas y bastante mediocres, pero sería curioso recopilarlas y precisar las melodías populares en que se apoyaban. Temo que ya sea tarde... Nos distraíamos como podíamos. Yo jugué bastante al ajedrez, y en Toreno recibí algunas clases de análisis combinatorio, del que ya no me queda ni la menor noción. No tardaron en trasladarme desde Yeserías al Dueso, donde estuve unos tres años. Aunque con cierta libertad de movimientos en colonia tan vasta, permanecí voluntariamente los tres en el Departamento de Período (o sea, el celular), un tanto asqueado de ver cómo muchos gestionaban en cuanto podían su traslado a cualquiera de las más soportables galerías colectivas, olvidando ciertos deberes. Algunas hondas amistades   se enlazaron por entonces; por ejemplo con el hoy ya anciano poeta José Romillo, persona bonísima con quien tanto he paseado después en Madrid. Del Dueso recuerdo, sobre todo, a «los de la manta» (por las dos que facilitaba a cada uno la Administración al haberse quedado sin ninguna ropa o haber vendido la que les quedaba en el inevitable y mísero mercadillo negro para comprar algo en el economato): era un esquelético grupo de presos en quienes, viéndolos pasar desnudos hacia las duchas, vimos ya lo que después hemos visto en películas de los campos nazis: culos cóncavos en vez de convexos, brazos y muslos caos casi reducidos al hueso y la piel... De ahí me trajeron a la Prisión de Santa Rita, un antiguo reformatorio madrileño en el que estuve como un año y donde volví a encontrar a Narciso Julián, aquel magnífico camarada del Dueso, y donde conocí a Manuel de la Escalera, escritor de excelente prosa y pésima suerte que aún alienta hoy, con más de noventa años, en su Santander. Un año más pasé todavía en el Penal de Ocaña, donde organizamos un plante por la pésima comida, que nos llevó a celdas de castigo a más de la mitad de los reclusos, pero que le costó el puesto al director del establecimiento (y que nos deparó, claro, un sustituto mucho peor)...
-En algún momento del año y medio que permaneció Vd. en Conde de Toreno participó en un intento de fuga que hace pensar en La Fundación...
-Aquel lejano intento de fuga en Conde de Toreno me inspiró, es cierto, algunos aspectos de La Fundación. No todos los condenados a muerte pensábamos fugarnos, pues veíamos no menos oscuras las perspectivas en el exterior, pero yo y otros ayudamos a los preparativos. Después no hubo ocasión de nada porque, terminado el túnel en el calabozo inferior, los tres que lo ocupaban decidieron marcharse solos, sin avisar. Sólo uno de ellos era «político»: un guerrillero sin la menor esperanza de conmutación. Éste había seguido adelante el plan para salvar a  sus compañeros; pero los otros dos, presos comunes, resolvieron marcharse y él tuvo que hacerlo también.
-En esa misma prisión estuvo con Miguel Hernández y dibujó su conocido retrato. En El Dueso coincidió con Rivas Cherif. ¿Qué relación tuvo con ellos?
Retrato de Miguel Hernández
realizado por Buero Vallejo
-Miguel y yo intimamos mucho entonces. Yo sabía muchas canciones de guerra; él me enseñó todavía dos o tres más. Taciturno unas veces, expansivo y chistoso otras, conversamos a menudo acerca de poesía, de libros; y, cómo no, de política. Tradujimos juntos de algún libro francés, lengua que él conocía algo mejor que yo. Y me honró susurrándome, de vez en vez, algún poema suyo quizá terminado en aquellos mismos días. Era una persona admirable, de una delicadeza exquisita y de una radical hombría de bien. A Rivas lo conocí en El Dueso. Llegó en expedición colectiva y no tardó, como ya había hecho en su anterior penal, en organizar un cuadro teatral con el que representó, mediante adaptaciones inevitables por la escasez de muchachos aptos para papeles femeninos, El alcalde de Zalamea, Los baños de Argel, La vida es sueño, El divino impaciente, Espejo de grandes, La luna de los Caribes de O'Neill, y otras que no recuerdo. Tampoco él salió del Departamento celular, pero ocupaba con sólo otro recluso una de las celdas privilegiadas de la planta baja, siempre abierta, que la dirección concedía a «destinos» o a reclusos de actividades especialmente relevantes que tenían permiso de libre y total circulación. Hablé con él mucho y admiré su labor escénica; asistí de vez en cuando a ensayos de lo que montaba, labor que me encantaba presenciar. No me decidí sin embargo a entrar en aquel cuadro artístico, pese a que él me lo propuso, a causa de ciertos escrúpulos y dudas personales que ahora no hacen al caso, y sospecho que no me lo perdonó. Años después y los dos ya en la calle, asistí a la obra que estrenó en el Lara, La costumbre, que no tuvo éxito. En una acera de la Gran Vía me lo encontré más tarde, nos saludamos, le dije que estaba escribiendo teatro y se ofreció en el acto a estrenarme alguna obra que le gustase. No muy convencido, convine con él una lectura. El día en que me presenté en su casa, la portera me informó de que Rivas había tenido que salir y había encargado que le dejase la obra a ella, sin dejar él nota o excusa personal alguna. Quizá pensó que mis ansias de estrenar pasarían por encima de estas cosas, pero mis ansias eran escasas. De modo que me volví a mi casa con la obra y le puse unas atentas líneas excusándome yo y encareciéndole que no deseaba causarle molestias. No hubo respuesta, pero tal vez la respuesta fuesen las líneas que me dedicó en las memorias que más tarde publicara en México y que yo leí en Ibérica, y en las que, convirtiendo su valiosa pero confortable labor teatral del Dueso en esforzada virtud solidaria, tildaba a mi voluntaria permanencia en Período para mantener actividades que él no ignoraba, de medrosa comodidad. A veces me pregunto si el éxito teatral por mí obtenido en España, y que él intentó alcanzar nada más salir a la calle sin lograrlo, no tuvo algo que ver con esta reacción. O tal vez se debiera, simplemente, al deseo, lógico en el exilio, pero tan injusto no pocas veces, de denostar cuanto se hiciese en «la España franquista», de la que él me declaraba dramaturgo mayor. ¡Cuán lastimoso ha sido todo esto!... ¡Y cuán frecuente!
-¿Pensó, durante los ocho meses en los que estuvo condenado a muerte, que iba a cumplirse la sentencia? Después, sin embargo, llegaron la conmutación de la pena y la libertad condicional con destierro...
-Así es. Salí de Ocaña -donde ya no estaba Miguel Hernández cuando yo fui; había muerto en Alicante años antes- con destierro, pero ya sin aquella crudelísima norma, general anteriormente, de sufrirlo a cientos de kilómetros del lugar del «delito», que en la práctica solía identificarse con el de tu residencia prebélica. Así que me fui a Carabanchel Bajo, entonces no adscrito a Madrid. Lo cual significaba, de hecho, dormir allí y pasar el día en la capital, comer en mi casa... Me hice socio   del Ateneo... ¡Ah! Por supuesto que, en Toreno, había creído como lo más probable que me ejecutasen. Y era lo más probable. Creo que otro compañero de expediente y yo nos salvamos por un pelo. En más de una ocasión creímos que aquella noche nos sacarían, al interpretar erróneamente ciertos avisos de la oficina de la cárcel. Al fin, los titánicos esfuerzos de la mujer de mi compañero lograron para él la conmutación y, de rechazo, para mí.
-¿De qué manera han influido esos años en su vida y en su obra?
-Sin duda muy profundamente. Todo escritor se alimenta de sus experiencias, si éstas no lo hunden. Y todo hombre. En ese sentido, ya que no me hundieron, considero aquellas tremendas experiencias como impagables y fortalecedoras. Y creo que, en los años de reclusión, dos cosas sobre todo mantuvieron mi moral y mi esperanza: una, la de mi incansable trabajo político, al que los partidos procedían más o menos y el mío de manera particularmente coherente; la otra, mi constante ejercicio del dibujo -y de algunas acuarelas-, con el que hice, sobre todo, innumerables retratos de compañeros. No así -salvo el de un médico- de ninguna autoridad de las prisiones, aunque no faltó más de uno que me lo pidiera y que no salió de su asombro -y, a veces, de su rencor- cuando oyó que me negaba.
-Al salir de la cárcel abandona Vd. pronto su dedicación a la pintura y comienza a escribir teatro...
-En prisión escribí bastantes cosas, pero no literarias. Notas y especulaciones. Sobre todo, acerca de la pintura, que todavía creía ser mi vocación real. En el último año de cautiverio sí pensé que escribiría, pero no lo hice aún. Al salir, me puse a pintar y, poco después, a escribir teatro. La pintura ya no me atrapaba, después de tantos años de no practicarla a fondo. Llegué a cobrar incluso algunos dinerillos que apenas alcanzaban para el tabaco, el café o el cine, pero sin ilusión ya por los pinceles. Algo después de obtener mi primer premio teatral, los abandoné definitivamente.[...]