![]() |
| Fotograma de Un chien andalou |
Son los tiempos de Un chien andalou, su película de 1929, a cuyo estreno en París acudió el grupo surrealista al completo (André Breton, Max Ernst, Paul Éluard, Tristan Tzara, René Char, Pierr Unik, Tanguy, Jean Arp, Maxime Alexandre, Magritte). Junto a ellos también estuvieron los artistas más célebres de la época: Picasso, Le Corbusier, Cocteau,... Todo un acontecimiento. Por cierto, cuenta Buñuel que el día del estreno de esa película llevaba los bolsillos llenos de piedras para tirárselas al público si la película resultaba un fracaso. Un detalle revelador de la nueva manera de sentir y de pensar de los surrealistas, amantes siempre del escándalo.
El grupo surrealista, entre interminables tertulias y abundantes tragos, buscaba la revolución en todos los órdenes de la vida, no solo en el artístico. Así nos lo cuenta el cineasta aragonés en este pasaje de su libro de memorias, donde relata alguna anécdota del grupo surrealista francés y nos muestra la visión política y moral de este movimiento (en negrita resalto algunas de las opiniones más clarividentes de Buñuel sobre estos asuntos).
«Mi entrada en el grupo surrealista se produjo como algo sencillo y natural. Fui admitido a las reuniones que se celebraban diariamente en «Cyrano» y, alguna que otra vez, en casa de Breton, en el 42 de la rue Fontaine.
El «Cyrano» era un auténtico café de Pigalle, popular, con putas y chulos. Llegábamos, generalmente, entre cinco y seis de la tarde. Las bebidas consistían en «Pernod», mandarín-curaçao y picón-cerveza (con una gota de granadina). Esta última era la bebida favorita del pintor Tanguy. Bebía un vaso y luego otro. Al tercero, tenía que taparse la nariz con dos dedos.
![]() |
| Buñuel retratado por Dalí (1924) |
Cuando yo llegaba de los últimos, no daba la mano más que a los que estaban cerca de donde yo iba a sentarme y me limitaba a saludar con un ademán a André Breton si estaba lejos de mí. Un día preguntó a otro miembro del grupo: «¿Es que Buñuel tiene algo contra mí?» Le respondieron que yo no tenía nada contra él, pero que detestaba la costumbre francesa de dar la mano a todo el mundo en todo momento (costumbre que después prohibiría en el plató de Esto se llama la aurora).



