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domingo, 26 de noviembre de 2023

NAT, LUCÍA Y TERESA, PROTAGONISTAS EN LA LITERATURA Y EL CINE

De las relaciones entre literatura y cine ya hemos hablado en otras ocasiones en el blog. La literatura con sus historias ha alimentado al cine desde que este nació. Buena muestra de ello es la coincidencia ahora en las salas de cine de tres películas españolas que se basan en otras tantas obras literarias de los últimos años. Obras de muy diferente contenido y de muy distinto propósito, pero que ayudan a levantar tres interesantes películas de tres directores muy creativos y muy diferentes también entre sí. Tres obras y tres películas que tienen a mujeres como protagonistas, mujeres muy distintas también entre sí, que muestran su fuerte personalidad en momentos críticos de su vida. Las tres películas siguen las obras originales de manera muy fiel, algo que no siempre sucede y que ha generado encendidos debates entre escritores y cineastas y lectores y espectadores.

Las obras literarias son Un amor, la novela de Sara Mesa publicada en 2020, llevada a las pantallas por Isabel Coixet con el mismo título; Que nadie duerma, la novela de Juan José Millás publicada en 2018 y que conserva el mismo título en la película de Antonio Méndez Esparza;  y La lengua en pedazos, obra teatral de Juan Mayorga (2011), llevada al cine por Paula Ortiz con el título de Teresa.

Sirvan las primeras líneas de las obras y los tráileres de las películas para animar doblemente a la lectura y a visitar las salas de cine.

Un amor, la novela de Sara Mesa, narra la historia de Nat, una joven traductora, que acaba de mudarse a un pequeñísimo pueblo del interior y recibe una inesperada propuesta sexual.

Al hacerse de noche es cuando cae el peso sobre ella, tan grande que tiene que sentarse para coger aliento.

Fuera el silencio no es como esperaba. De hecho, no es silencio. Hay un rumor lejano, como de carretera, aunque la carretera más cercana es comarcal y está a tres kilómetros de distancia. También se oyen grillos, ladridos, el claxon de algún coche, los gritos de un vecino arreando el ganado, ya de recogida.

Era mejor el mar, aunque también más caro. Fuera de su alcance.

¿Y si hubiese aguantado un poco más, ahorrado un poco más?

Prefiere no pensar. Cierra los ojos, se deja caer con lentitud en el sofá, quedándose con medio cuerpo fuera, una postura antinatural que le producirá calambres si no se mueve pronto. Se da cuenta. Se tumba como puede. Se adormila.

Es mejor no pensar, pero los pensamientos llegan y se deslizan a través de ella, entrelazándose. Intenta que salgan a la misma velocidad con la que entran, pero se le acumulan en el interior, un pensamiento sobre otro. Ya ese empeño –esforzarse en que entren y salgan y no se le acumulen– es de por sí un pensamiento demasiado intenso para su cabeza.

Cuando consiga el perro será más fácil.

Cuando organice sus cosas y coloque su mesa y adecente los terrenos que rodean la casa. Cuando riegue –qué seco está todo– y limpie –qué descuidado–. Cuando refresque.

Será mucho mejor cuando refresque.

 

Que nadie duerma, la novela de Millás, cuenta la historia de Lucía, una programadora informática que pierde su empleo y desde ese momento su vida da un giro definitivo. Toda su historia, jugando entre la ficción y la vida real, tiene como banda sonora la ópera Turandot de Puccini. 

Al verse en el espejo, Lucía dijo: Esa gorda soy yo.

Lo dijo sin intención alguna de ofender, de ofenderse, ya que, más que gorda, era una falsa delgada. Se lo había dicho su madre cuando era una cría, después de ayudarla a salir de la bañera y mientras le secaba el pelo:

—Mírate los muslos, eres una falsa delgada, como la mayoría de las aves zancudas.

La niña se había ido a la cama intentando descifrar aquella contradicción. ¿Por qué parecía delgada si era gorda? Durante los siguientes días buscaría en los libros ilustraciones de aves zancudas, para observar sus muslos, y durante el resto de su vida se vigilaría de manera obsesiva, temerosa de que su cuerpo acabara revelando la verdad. Pero atravesó el resto de la infancia y la adolescencia sin que los cambios físicos inherentes al tránsito alteraran la sentencia de su madre. En ningún momento perdió los volúmenes sutiles de las zancudas ni de las falsas delgadas, en quienes, según fue comprobando con el tiempo, la frontera entre la exuberancia y la ligereza se borraba.

En el trabajo de Lucía había una obesa patológica que falleció al adelgazar. Al principio todos sospechaban de su gordura, pero luego sospecharon de su delgadez. Su muerte confirmó las sospechas, fueran cuales fueran, pues nadie llegó a concretarlas. Al día siguiente de su fallecimiento, la empresa, dedicada al desarrollo de aplicaciones informáticas, instalación, configuración y mantenimiento de redes, entró en una quiebra fraudulenta y cerró.

La lengua en pedazos de Juan Mayorga recrea el Libro de la vida de santa Teresa de Jesús, una autora que como recordamos en una entrada anterior ha espoleado la escritura de varios autores en los últimos años. De la directora zaragozana Paula Ortiz, que ha llevado a la pantalla Teresa, también hemos hablado en el blog, pues ya nos había presentado su bella y personal versión de Bodas de sangre en su película La novia. La obra de Mayorga muestra el duelo entre Teresa y el inquisidor, un combate teológico, político y personal.

Cocina del monasterio de San José, al atardecer. Teresa corta cebolla. Hasta que, al darse cuenta de que alguien ha entrado, se levanta en actitud de respeto. El recién llegado observa a Teresa y luego avanza estudiando el lugar. Mira los alimentos, entre los que encuentra libros. Toma uno, lo acaricia sin llegar a abrirlo, lo deja donde lo encontró.

Inquisidor.—«Entre pucheros anda Dios». Se os atribuye tan curiosa sentencia: «Entre pucheros anda Dios». Es justo que nos encontremos aquí, entre pucheros. Porque de él se trata. ¿Sabéis quién soy?

Teresa.—Sé quién sois.

Inquisidor.—Entonces también sabéis por qué estoy aquí.

Silencio.

Veintisiete años hace que tomasteis hábito. Durante lo más de ese tiempo, tuvisteis el amor de vuestras hermanas de la Encarnación. Nadie temía que vinieseis a ser causa de controversia. Mas de un tiempo acá, desafiando a vuestra madre priora, a vuestro confesor y al Provincial de vuestra orden, con otras que habéis arrastrado a vuestra parte, hacéis trato de fundar esta casa que llamáis monasterio de San José. Ya no os parece bastante buena la casa de la Encarnación, ya no os sirve para servir a Dios. Lo que habéis hecho divide a vuestras hermanas y causa escándalo a la ciudad. Nunca, Teresa, nos habíamos encontrado. Pero si vos sabéis quién soy, tampoco vos sois para mí desconocida. He caminado vuestro camino. He entrado en la casa en que nacisteis, he hallado a quienes os vieron crecer, he escuchado a vuestros amigos y a vuestros enemigos. He oído relatos de portentos que, según se dice, os acompañan en la oración. He discutido con vuestros médicos. He indagado cómo se ha hecho esta casa. Con lo que tengo sabido, me sobran razones para deshacerla. No es eso, sin embargo, lo que quiero. Quiero que vos misma cerréis la casa. 


lunes, 27 de marzo de 2023

RAZÓN DEL TEATRO

Este año celebramos el Día del Teatro, además de acudiendo el próximo jueves a la representación de Diálogo de sombras en el Teatro de la Estación, con las reflexiones que Juan Mayorga nos planteó en su discurso Razón del teatro, con motivo de su ingreso en la Real Academia de Doctores de España en 2016. Seguro que nos hacen pensar sobre el hecho teatral de una manera nueva y más profunda. Estas reflexiones pueden completarse y complementarse con las que hizo en su otro discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua titulado Silencio que ya reseñé en otra entrada del blog.

Ofrezco las dos primeras partes de Razón del teatro que puede terminarse de leer en el enlace de la obra.

1

Unas personas se separan de otras para representar ante estas posibilidades de la existencia humana. Es un desdoblamiento asombroso. Da que pensar. En ese separarse y ponerse enfrente para representar la vida, los actores abren un conflicto. A esa escisión conflictiva llamamos teatro.

2

El teatro es el arte de la reunión y la imaginación. Lo único que le es imprescindible es el pacto que el actor ha de establecer con su espectador. Borges expresa el carácter de ese pacto cuando dice que la profesión del actor consiste en fingir que es otro ante una audiencia que finge creerle. Es, en efecto, en el doble fingimiento del actor y el espectador, en ese contrato implícito conforme al que este se hace cómplice de las mentiras de aquel, donde residen la esencia del hecho teatral, su posibilidad y su fuerza. El corazón del teatro es ese ingenuo acuerdo que se establece entre el cómico y quien lo mira y escucha –“Durante un rato voy a hacer que soy Edipo”./“Yo voy a hacer que me lo creo”. El resto –el vestuario, la escenografía, la iluminación, la música, incluso el texto– sólo será aquí valioso en la medida en que apoye tan extraña alianza. El teatro es el arte del encuentro –y, por tanto, del conflicto– entre un actor y un espectador, y todos los demás participantes –el autor, el director, el vestuarista, el escenógrafo, el iluminador, el músico...– tienen el importante pero subordinado trabajo de ayudar a que actor y espectador se encuentren –se enfrenten– en un compromiso de fingidores. Por eso, lo que distingue a los actores más grandes, antes que cualquier otra capacidad, es la de hacer del espectador su cómplice. La capacidad de hacer –desde el primer momento, y sobre todo en el primer momento, pues es entonces cuando se firma el invisible contrato– que el espectador quiera creer. La transfiguración se produce no en el escenario, sino en la imaginación del espectador. Sucede porque el espectador la desea, y la misión del actor consiste en provocar ese deseo.

El cuerpo del actor –centro del hecho teatral– es obstáculo para que el espectador vea al personaje. Sólo la imaginación del espectador puede convertir el obstáculo en ocasión.

El teatro no puede engañar al espectador; ha de hacer del espectador su cómplice. Este puede desdoblar una persona en otra; un objeto, un espacio, un tiempo en otros. Pero si el espectador les niega su complicidad, ese tiempo, ese espacio, ese objeto, esa persona sólo son lo que fuera del teatro.

Que el teatro sea arte del desdoblamiento limita el uso que podamos hacer, para hablar sobre él, de la palabra “realismo”, con la que son designadas formas infrecuentes en las historia de las artes escénicas. Sólo por comparación podemos hablar de un teatro realista. Podemos decir que una interpretación, un texto, una escenografía, un vestuario, una iluminación son más realistas que otras. Pero la experiencia del espectador teatral nunca será “realista” del modo en que puede serlo la de quien lee un libro o mira una pantalla. Libro y pantalla pueden ser tomados por espejos. Ante el teatro no cabe esa confusión.

El teatro no es calco, sino mapa. Un espejo que despliega. Su nombre viene de la palabra con que los griegos nombraban el mirar. Es un sitio para mirar. Pero lo más importante que da a ver, el ojo no puede verlo.

El teatro no sucede en el escenario, sino en el espectador, en su imaginación y en su memoria –la cual es también, finalmente, imaginación-. Aristóteles –el primero que hizo de su asombro ante el teatro meditación– marca en la Poética la estrecha franja en que tiene lugar el teatro: por encima de cierto nivel de complejidad, la imaginación desiste porque se siente abrumada; por debajo de otro umbral, desiste porque se aburre. En ambos casos, el espectador no ve.

Extender lo visible es el fin del teatro. El objetivo de toda auténtica experimentación teatral no es la oferta de novedades como las que ansiosamente busca la industria de la moda, sino la extensión de lo visible.

martes, 14 de marzo de 2023

LA VIGENCIA DE TERESA DE JESÚS

Leyendo a los poetas místicos del siglo XVI en la clase de esta mañana, hemos comentado la vigencia de santa Teresa de Jesús en nuestro tiempo, algo que no es de extrañar, dada la fuerza de su personalidad y de su obra. En los últimos meses hemos conocido, por ejemplo, que la directora de cine aragonés Paula Ortiz ha terminado el rodaje de la película «Teresa», basada en la obra que Juan Mayorga le dedicó a Teresa de Jesús, La lengua en pedazos, o la polémica que ha suscitado la prohibición de la representación teatral de la obra de Paco Bezerra, Muero porque no muero, debido a que ofrece la visión de una mujer rebelde que cuestionó las convenciones y privilegios de su tiempo. En esa misma línea de defensa de una mujer y una escritora que rompió moldes está Últimas tardes con Teresa de Jesús, novela que publicó hace tres años Cristina Morales, una de las escritoras más sobresalientes de los últimos años. Resulta muy revelador que las voces de los autores jóvenes más innovadores reparen en la figura de alguien que murió hace más de cuatrocientos años. Como comentó el propio Mayorga, «Teresa se nos presenta como personaje a contracorriente, intempestivo en su tiempo y en el nuestro».

Comparto con los lectores del blog unos fragmentos de La lengua en pedazos de Juan Mayorga, obra teatral que recrea un diálogo imaginario entre santa Teresa y un inquisidor, que nos servirá para revivir las palabras y la figura de esta mujer que lo cuestionó todo y que encontró en la escritura su salvación.

 

Cocina del monasterio de San José, al atardecer. Teresa corta cebolla. Hasta que, al darse cuenta de que alguien ha entrado, se levanta en actitud de respeto. El recién llegado observa a Teresa y luego avanza estudiando el lugar. Mira los alimentos, entre los que encuentra libros. Toma uno, lo acaricia sin llegar a abrirlo, lo deja donde lo encontró.

Inquisidor.—«Entre pucheros anda Dios». Se os atribuye tan curiosa sentencia: «Entre pucheros anda Dios». Es justo que nos encontremos aquí, entre pucheros. Porque de él se trata. ¿Sabéis quién soy?

Teresa.—Sé quién sois.

Inquisidor.—Entonces también sabéis por qué estoy aquí.

Silencio.

Veintisiete años hace que tomasteis hábito. Durante lo más de ese tiempo, tuvisteis el amor de vuestras hermanas de la Encarnación. Nadie temía que vinieseis a ser causa de controversia. Mas de un tiempo acá, desafiando a vuestra madre priora, a vuestro confesor y al Provincial de vuestra orden, con otras que habéis arrastrado a vuestra parte, hacéis trato de fundar esta casa que llamáis monasterio de San José. Ya no os parece bastante buena la casa de la Encarnación, ya no os sirve para servir a Dios. Lo que habéis hecho divide a vuestras hermanas y causa escándalo a la ciudad. Nunca, Teresa, nos habíamos encontrado. Pero si vos sabéis quién soy, tampoco vos sois para mí desconocida. He caminado vuestro camino. He entrado en la casa en que nacisteis, he hallado a quienes os vieron crecer, he escuchado a vuestros amigos y a vuestros enemigos. He oído relatos de portentos que, según se dice, os acompañan en la oración. He discutido con vuestros médicos. He indagado cómo se ha hecho esta casa. Con lo que tengo sabido, me sobran razones para deshacerla. No es eso, sin embargo, lo que quiero. Quiero que vos misma cerréis la casa.

(...)

Teresa.—Cada noche le digo: «¿Cómo dejaste que se ensuciase tanto esta posada donde habías de morar? De cuántas cárceles me has sacado. ¿Antes me cansaré yo de ofenderte que tú de perdonarme? En tu paciencia conozco tu amor».

Inquisidor.—¿Con tan atrevidas palabras, así le habláis?

Teresa.—No sé otro modo de hablarle. Ni creo que él mire las palabras, sino la voluntad con que se dicen.

Inquisidor.—Solo un dios pequeño atendería a palabras tan pequeñas.

(...)

Inquisidor.—No hay mal mayor que mal de religiosos. ¿Cómo asombrarse de la derrota del mundo cuando quienes habrían de ser los mejores, para que todos los imiten, tienen borrado el espíritu? Limpiar el mundo empieza por limpiar la Iglesia.

(...)

Teresa.—Mi enfermedad fue tal que el cuerpo teme que el alma haga memoria. Cuantos sanadores hace mi padre que me vean, todos me desahucian. El mal de corazón se hace más recio. Dientes agudos me lo muerden, tanto que temo sea rabia. Como la garganta no traga, que aun agua no puede pasar, me hallo sin fuerza, y gastada porque me dan purga cada día, y con tristeza muy honda. Encogidos los nervios en dolores que ni dormida me dan sosiego, me encojo yo en ovillo sin poderme más mover que si estuviera muerta. La lengua hecha pedazos. La lengua en pedazos de mordida.

(...)

Inquisidor.—Veis a Cristo ante vos. ¿En qué forma?

Teresa duda.

Teresa.—No veo en qué forma. Pero que está a mi derecha, lo siento muy claro, y que es testigo de lo que hago.

Inquisidor.—No entiendo que podáis verlo a vuestro lado si no veis la forma en que está. 

Teresa duda.

Teresa.—Con ojos del alma lo veo.

Inquisidor.—Ojos otros que los del cuerpo, yo no los conozco.

Teresa.—Yo a él lo veo con los ojos del alma más claramente que lo pudiera ver con los del cuerpo.

Inquisidor.—Así como en los sueños.

Teresa.—No es cosa de sueño.

Inquisidor.—¿Cómo sabéis que es Cristo?

(...)

Inquisidor.—«La imaginación es la loca de la casa». Otra curiosa sentencia vuestra. «La imaginación es la loca de la casa». De niña frecuentabais libros de caballería. Gustáis, desde niña, de fantasías. También lo son esas visiones del Señor. Como tantos charlatanes que en estos tiempos abundan, las inventáis para asentar sobre ellas vuestras acciones. Como tantos impostores que antes que a vos desenmascaré, pensáis que nadie discutirá lo que hacéis cuando lo que hacéis parezca dictado de Dios.

(...)

Teresa.—Una noche, estando en oración, me hallé sin saber cómo metida en el infierno. La entrada es una calle angosta de lodo sucio y pestilencial olor y con muchas sabandijas, que también las hay en la pared, la cual te aprieta y desmenuza como boca de bestia. No entiendo cómo, con no haber luz, se ve allí tanto y da tanta pena lo que se ve. Los daños del cuerpo, con haber pasado, según médicos, los mayores que se pueden pasar, no son nada frente a los que allí vi y sentí y acrecidos porque allí son sin esperar consuelo, como sin consuelo te miran las otras almas. Decir que es un arrancarse el alma es poco, porque el alma misma se despedaza. No hay dolor como el agonizar el alma.