Mostrando entradas con la etiqueta Literatura universal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura universal. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de abril de 2023

EN EL CUMPLEAÑOS DE «EL PRINCIPITO»

 Todas las personas mayores han comenzado por ser niños (aunque pocas lo recuerden).

Cómo no volver a releer las páginas de El principito de Antoine de Saint-Exupéry en su octogésimo cumpleaños. Es, sin duda, una lectura que siempre marca a los lectores más jóvenes y les anima a seguir leyendo. Y es también una lectura que nos recuerda la importancia de no olvidar al niño que fuimos. Comparto con los lectores del blog su inolvidable primer capítulo.


sábado, 14 de enero de 2023

MOLLY BLOOM HA VUELTO

Magüi Mira representó ayer en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza  Molly Bloom, una adaptación teatral del último capítulo de Ulises, la obra maestra de James Joyce, que es a su vez una parodia de la Odisea. El trabajo de la actriz es extraordinario y nos recuerda la vigencia de las ideas del personaje que encarna en la obra en contra de la trasnochada y puritana moral burguesa. Molly Bloom, la mujer que espera el regreso de su marido, se erige como un personaje en las antípodas de Penélope, el modelo literario en que se inspiró el autor irlandés.

La novela cumplió su centenario el año pasado y sigue considerándose capital en la historia de la literatura. Sus novedosos recursos formales cambiaron definitivamente la forma de narrar. Entre ellos destacan la constante experimentación lingüística, capaz de una escritura libre sin ningún tipo de signo de puntuación, y el monólogo interior, que consiste en reproducir sin puntuación la conciencia del personaje que fluye libremente: pensamientos, sensaciones y asociaciones mentales sin interrupción ni nexos.

Como muestra de la obra y de sus recursos ofrezco las últimas palabras de su último capítulo, el dieciocho, el que sirve de inspiración para el brillantísimo monólogo que lleva a cabo la actriz Magüi Mira, que comienza y termina con un poderoso Sí: el primero es el Sí del presente de Molly y el segundo es el recuerdo de un antiguo Sí.

[…] hoy quiero decir no no los viernes son día de mala suerte lo primero que quiero hacer es arreglar la casa de alguna manera el polvo se acumula por todos lados creo mientras estoy dormida luego podemos tener algo de música y cigarrillos puedo acompañarle primero tengo que limpiar las teclas del piano con leche qué me puedo poner me pondré una rosa blanca o esos pasteles encantadores de Lipton me gusta el olor de una gran tienda llena de cosas ricas a 7 y 1/2 la libra o los otros con cerezas dentro y el azúcar rosado 11 peniques un par de libras de eso una planta bonita para el centro de la mesa ésa la sacaría más barata en espera dónde está eso las vi no hace mucho me encantan las flores me encantaría tener toda la casa inundada de rosas Dios del cielo no hay nada como la naturaleza las montañas agrestes después el mar y las olas precipitándose después la campiña maravillosa con los campos de avena y trigo y toda clase de cosas y todo el hermoso ganado moviéndose a sus anchas le haría a uno mucho bien ver ríos y lagos y flores de todas las formas y olores y colores brotando hasta de las cunetas prímulas y violetas es la naturaleza como para que digan que no hay Dios yo no daría un duro por toda su sabiduría por qué no van y crean algo a menudo le preguntaba a los ateos o comoquiera que ellos se llamen que vayan y se quiten la roña de encima primero luego van berreando a por un cura cuando mueren y por qué por qué porque tienen miedo del infierno por su mala conciencia ah sí ya lo creo que los conozco bien quién existió en el universo antes de que existiera nadie que lo hizo todo quién ah eso no lo saben pues yo tampoco así que ahí tienes también podrían muy bien intentar que el sol dejara de salir mañana el sol brilla para ti dijo él el día que estábamos echados entre los rododendros en el promontorio de Howth con el traje de paño gris y su canotié el día que hice que se me declarara sí primero le di de mi boca el trocito de torta de alcaravea y era un año bisiesto como ahora sí hace 16 años Dios mío después de aquel largo beso casi me quedo sin respiración sí dijo que yo era una flor de la montaña sí que somos flores todas el cuerpo de mujer sí fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que entendía o sentía lo que es una mujer y yo sabía que siempre le podía buscar las vueltas y le di todo el placer que pude invitándole hasta que me pidió que dijera sí y yo no quería contestar al principio sólo miré a lo lelos el mar y al celo pensaba en tantas cosas que él no sabía en Mulvey y Mr Stanhope y en Hester y en padre y en el viejo capitán Groves y en los marineros jugando a antón pirulero y a las prendas y a mear alto como ellos lo llamaban en el malecón y el centinela delante de la casa del gobernador con aquella cosa alrededor del casco blanco pobre diablo achicharrado y las muchachas españolas riendo con sus mantillas y sus peinetas y la subasta por la mañana los griegos y los judíos y los árabes y quién sabe Dios quién más de todos los rincones de Europa y Duke street y el mercado de aves todas cloqueando delante de Larby Sharon y los pobres burros sueltos medio dormidos y aquellos hombres imprecisos en sus capas dormidos a la sombra en los escalones y las grandes ruedas de las carretas de bueyes el viejo castillo con miles de años sí y aquellos guapos moros todos de blanco y con turbantes como reyes invitándote a que te sentaras en sus pequeñas tiendas y Ronda con las viejas ventanas de las posadas 2 ojos que miran una celosía oculta para que el amante bese la reja y 'los ventorrillos medio abiertos por la noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras y el sereno de un sitio para otro sereno con su farol y O aquel abismal torrente O y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí.

Ilustración de Eduardo Arroyo del capítulo 18 de Ulises de la editorial Galaxia Gutenberg

viernes, 18 de noviembre de 2022

LA MAGDALENA DE PROUST


En el centenario del fallecimiento de Marcel Proust, uno de los autores que más contribuyó a crear la novela moderna, comparto la lectura de uno de los fragmentos más famosos de su obra. Recoge el momento en que la memoria se convierte en detonante y origen de la acción narrativa, al recordar el sabor de una magdalena mojada en té de las que tomaba cuando era niño. Desde este momento la memoria se convierte en el único medio para captar las transformaciones del paso del tiempo: los recuerdos pueden poner en un mismo plano el pasado y el presente.

Este texto, traducido por Pedro Salinas,  está entresacado de la primera de las siete novelas que componen En busca del tiempo perdido, su gran proyecto narrativo, que lleva por título Por el camino de Swann. En él alude al mundo infantil del narrador y rememora el espacio familiar en un pueblo del norte de Francia llamado Combray.

Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre esta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No solo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión.

Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar captarla, aparta de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.

Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprehensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata.

¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que encuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

EN EL CENTENARIO DE JOSÉ SARAMAGO

Déjate llevar por el niño que fuiste

Libro de los consejos

En la conmemoración del centenario del nacimiento de José Saramago quiero compartir con los lectores del blog dos textos del autor portugués que nos recuerdan episodios de su vida. 

El primer texto lo entresaco de Las pequeñas memorias, una deliciosa autobiografía encabezada por la cita con la que se abre esta entrada, que se centra en sus pimeros años y que recoge esta anécdota sobre su fecha de nacimiento.

Creo que la ocasión es buena para hablar de otro episodio relacionado con mi aparición en este mundo. Como si no tuviéramos suficiente con el delicado problema de identidad suscitado por el apellido, otro vendría a juntársele, el del día del nacimiento. En realidad nací el 16 de noviembre de 1922, a las dos de la tarde, y no el día 18, como afirma la partida del registro civil. Ocurrió que en aquellas fechas estaba mi padre trabajando fuera de la aldea, lejos, y, aparte de no haber asistido al nacimiento del hijo, sólo pudo regresar a casa después del 16 de diciembre, más probablemente el 17, que era domingo. Entonces, y supongo que también hoy, la inscripción de un nacimiento debía realizarse en el plazo de treinta días, bajo pena de multa en caso de infracción. Puesto que en aquellos tiempos patriarcales, tratándose de un hijo legítimo, a nadie se le pasaría por la cabeza que la inscripción fuera hecha por la madre o por un pariente cualquiera, y teniendo en cuenta que el padre era considerado oficialmente autor único del nacido (en el boletín de matrícula en el Liceo Gil Vicente sólo consta el nombre de mi padre, no el de mi madre), se esperó a que regresara, y, para no tener que pagar la multa (cualquier cuantía, incluso pequeña, sería excesiva para la economía de la familia), se puso dos días más tarde la fecha real del nacimiento, y el caso quedó solucionado. Siendo la vida en Azinhaga lo que era, penosa, difícil, los hombres salían muchas veces a trabajar durante semanas, por eso no debo de haber sido ni el primer caso ni el último culpable de estos pequeños fraudes. Y sobre la fecha que consta en el documento de identidad, moriré dos días más viejo, pero espero que la diferencia no se note demasiado.

El segundo texto pertenece al comienzo del Discurso de aceptación del Premio Nobel el 7 de diciembre de 1998. En él evoca la figura de sus abuelos, tan importantes en la formación de su personalidad y en el amor por contar historias.

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a este mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: «José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera». Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba.

En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir». No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

miércoles, 27 de enero de 2021

MEMORIA DEL HOLOCAUSTO: EL "DIARIO" DE ANA FRANK

 

Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas y, sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial.

Ana Frank, Diario

Como en otros años hicimos con víctimas del Holocausto como Primo Levi y Mariano Constante o con los testimonios de León Felipe y Jorge Guillén, recordamos hoy en el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto a una de esas víctimas, Ana Frank. Fue una niña alemana con ascendencia judía, nacida en junio de 1929, a la que hoy conocemos gracias a su diario íntimo, en el que nos dejó testimonio de los casi dos años y medio que pasó ocultándose, con su familia y cuatro personas más, de los nazis, en Ámsterdam (Países Bajos) durante la Segunda Guerra Mundial. Habían llegado allí en 1933 tras el ascenso de Hitler al poder. 

Viñeta de la novela gráfica "El Diario de Anne Frank"

En 1942, los Frank (los padres y sus dos hijas) se ocultaron, junto con otros cuatro exiliados (Hermann van Pels, su esposa Auguste y su hijo Peter, y Fritz Pfeffer)  en las habitaciones traseras y aisladas de un edificio de oficinas para evitar ser arrestados por las fuerzas de ocupación alemanas. El lugar de su escondite fue descubierto en 1944 y todos fueron detenidos. Ana y su familia fueron llevados a distintos campos de concentración alemanes: Ana fue enviada al campo de concentración nazi de Auschwitz el 2 de septiembre de 1944 y, más tarde, al de Bergen-Belsen, donde murió de tifus alrededor de mediados de febrero de 1945, unos dos meses antes de que el campo fuera liberado.

El único superviviente de los ocho escondidos fue Otto Frank, su padre. En 1947, apenas dos años después de terminada la guerra, él publicó el diario bajo el título La Casa de atrás. En español se ha venido traduciendo la obra con el título de Diario de Ana Frank. Desde entonces Otto Frank se dedicó a promover los derechos humanos, la tolerancia y el recuerdo de su hija Ana hasta su muerte, en 1980, a los 91 años. Fue un hombre que encarnó perfectamente el lema de este Día Internacional, "Mantened la memoria viva".

En el Diario se plasman los sueños de Ana, sus quejas por las dificultades que tiene que sufrir en su vida enclaustrada, sus enfrentamientos con su madre, su añoranza de las amigas, su descubrimiento del amor y su amarga pregunta de por qué los judíos son perseguidos.

A continuación reproduzco una de esas páginas del Diario en donde leemos algunas de estas preocupaciones. Están escritas pocas semanas antes de su detención en agosto de 1944 y son un testimonio conmovedor que mantiene viva la memoria del Holocausto.

Viernes, 26 de mayo de 1944

Mi querida Kitty:

Por fin, por fin ha llegado el momento de sentarme a escribir tranquila junto a la rendija de la ventana para contártelo todo, ab­solutamente todo.

Me siento más miserable de lo que me he sentido en meses, ni siquiera después de que entraron los ladrones me sentí tan destro­zada. Por un lado Van Hoeven, la cuestión judía, que es objeto de amplios debates en toda la casa, la invasión que no llega, la mala comida, la tensión, el ambiente deprimente, la desilusión por lo de Peter y, por el otro lado, el compromiso de Bep, la recepción por motivo de Pentecostés, las flores, el cumpleaños de Kugler, las tartas y las historias de teatros de revista, cines y salas de con­cierto. Esas diferencias, esas grandes diferencias, siempre se hacen patentes: un día nos reímos de nuestra situación tan cómica de es­tar escondidos, y al otro día y en tantos otros días tenemos miedo, y se nos notan en la cara el temor, la angustia y la desesperación.

Miep y Kugler son los que más sienten la carga que les ocasio­namos, tanto nosotros como los demás escondidos; Miep en su trabajo, y Kugler que a veces sucumbe bajo el peso que supone la gigantesca responsabilidad por nosotros ocho, y que ya casi no puede hablar de los nervios y la exaltación contenida. Kleiman y Bep también cuidan muy bien de nosotros, de verdad muy bien, pero hay momentos en que también ellos se olvidan de la Casa de atrás, aunque tan sólo sea por unas horas, un día, acaso dos. Tie­nen sus propias preocupaciones que atender, Kleiman su salud, Bep su compromiso que dista mucho de ser color de rosa, y aparte de esas preocupaciones también tienen sus salidas, sus visi­tas, toda su vida de gente normal, para ellos la tensión a veces de­saparece, aunque sólo sea por poco tiempo, pero para nosotros no, nunca, desde hace dos años. ¿Hasta cuándo esa tensión se­guirá aplastándonos y asfixiándonos cada vez más?

Otra vez se han atascado las tuberías del desagüe, no podemos dejar correr el agua, salvo a cuentagotas, no podemos usar el re­trete, salvo si llevamos un cepillo, y el agua sucia la guardamos en una gran tinaja. Por hoy nos arreglamos, pero ¿qué pasará si el fontanero no puede solucionarnos el problema él solo? Los del ayuntamiento no trabajan hasta el martes[1]...

Miep nos mandó un pastel de uvas pasas con una inscripción que decía «Feliz Pentecostés». Es casi como si se estuviera bur­lando, nuestros ánimos y nuestro miedo no están para fiestas.

Nos hemos vuelto más miedosos desde el asunto de Van Hoeven. A cada momento se oye algún «¡chis!», y todos tratan de ha­cer menos ruido. Los que forzaron la puerta en casa de Van Hoeven eran de la Policía, de modo que tampoco estarnos a buen recaudo de ellos. Si nos llegan a... no, no debo escribirlo, pero hoy la pregunta es ineludible, al contrario, todo el miedo y la angustia se me vuelven a aparecer en todo su horror.

A las ocho he tenido que ir sola al lavabo de abajo, no había nadie, todos estaban escuchando la radio, yo quería ser valiente, pero no fue fácil. Sigo sintiéndome más segura aquí arriba que sola en el edificio tan grande y silencioso; los ruidos sordos y enigmáticos que se oyen arriba y los bocinazos de los coches en la calle sólo me hacen temblar cuando no soy lo bastante rápida para reflexionar sobre la situación.

Miep se ha vuelto mucho más amable y cordial con nosotros desde la conversación que ha tenido con papá. Pero eso todavía no te lo he contado. Una tarde, Miep vino a ver a papá con la cara toda colorada y le preguntó a quemarropa si creíamos que también a ella se le había contagiado el antisemitismo. Papá se pegó un gran susto y habló con ella para quitárselo de la cabeza, pero a Miep le siguió quedando en parte su sospecha. Ahora nos traen más cosas, se interesan más por nuestros pesares, aunque no de­bemos molestarles contándoselos. ¡Son todos tan, tan buenos!

Una y otra vez me pregunto si no habría sido mejor para todos que en lugar de escondernos ya estuviéramos muertos y no tuviéramos que pasar por esta pesadilla, y sobre todo que no comprome­tiéramos a los demás. Pero también esa idea nos estremece, todavía amamos la vida, aún no hemos olvidado la voz de la Naturaleza, aún tenemos esperanzas, esperanzas de que todo salga bien.

Y ahora, que pase algo pronto, aunque sean tiros, eso ya no nos podrá destrozar más que esta intranquilidad, que venga ya el final, aunque sea duro, así al menos sabremos si al final hemos de triun­far o si sucumbiremos.

Tu Ana M. Frank


[1] El lunes de Pentecostés es día festivo en los Países Bajos.