sábado, 23 de noviembre de 2019

EN EL DÍA DE LA PALABRA

Comparto este breve reportaje que ha dedicado RTVE al Día de la Palabra, pues está lleno de curiosidades que seguro nos hacen reflexionar sobre la gran cantidad de palabras que no empleamos y desconocemos. El Día Internacional de la Palabra también nos pone sobre aviso sobre la capacidad de la palabra y del diálogo como único camino de entendimiento entre personas y entre pueblos. Este objetivo es el que impulsó la celebración del Día todos los 23 de noviembre.

jueves, 14 de noviembre de 2019

EL GRITO DE «POETA EN NUEVA YORK»

Volvemos en esta entrada a uno de los libros fundamentales de la poesía española del siglo XX, Poeta en Nueva York de Federico García Lorca. Quiero compartir con los lectores del blog en esta ocasión un programa de televisión sobre la obra y una de las grandes odas del libro, «Grito hacia Roma».
En el programa de La mitad invisible de RTVE, Juan Carlos Ortega realiza una acertada aproximación al libro (su génesis, la estancia del poeta en la ciudad de los rascacielos, su fuerza expresiva, su grito contra la injusticia y la deshumanización, sus poemas más representativos, la mirada de los lectores y los críticos,...).
En la oda «Grito hacia Roma», desde la torre del Chrysler Building, el edificio más alto de la ciudad allá por 1929, García Lorca lanza un desgarrador grito contra la insolidaridad y a favor de la justicia, envuelto en una lengua poética caracterizada por la gran fuerza y audacia de sus imágenes alucinantes.

Grito hacia Roma
Desde la torre del Chrysler Building

   Manzanas levemente heridas



por finos espadines de plata,



nubes rasgadas por una mano de coral



que lleva en el dorso una almendra de fuego,



peces de arsénico como tiburones,



tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,



rosas que hieren



y agujas instaladas en los caños de la sangre,



mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos



caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula



que untan de aceite las lenguas militares



donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma



y escupe carbón machacado



rodeado de miles de campanillas.




   Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,



ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,



ni quien abra los linos del reposo,



ni quien llore por las heridas de los elefantes.



No hay más que un millón de herreros



forjando cadenas para los niños que han de venir.



No hay más que un millón de carpinteros



que hacen ataúdes sin cruz.



No hay más que un gentío de lamentos



que se abren las ropas en espera de la bala.



El hombre que desprecia la paloma debía hablar,



debía gritar desnudo entre las columnas,



y ponerse una inyección para adquirir la lepra



y llorar un llanto tan terrible



que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.



Pero el hombre vestido de blanco



ignora el misterio de la espiga,



ignora el gemido de la parturienta,



ignora que Cristo puede dar agua todavía,



ignora que la moneda quema el beso de prodigio



y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.




   Los maestros enseñan a los niños



una luz maravillosa que viene del monte;



pero lo que llega es una reunión de cloacas



donde gritan las oscuras ninfas del cólera.



Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;



pero debajo de las estatuas no hay amor,



no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.



El amor está en las carnes desgarradas por la sed,



en la choza diminuta que lucha con la inundación;



el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,



en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas



y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.



Pero el viejo de las manos traslúcidas



dirá: Amor, amor, amor,



aclamado por millones de moribundos;



dirá: amor, amor, amor,



entre el tisú estremecido de ternura;



dirá: paz, paz, paz,



entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;



dirá: amor, amor, amor,



hasta que se le pongan de plata los labios.




   Mientras tanto, mientras tanto ¡ay!, mientras tanto,



los negros que sacan las escupideras,



los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,



las mujeres ahogadas en aceites minerales,



la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,



ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,



ha de gritar frente a las cúpulas,



ha de gritar loca de fuego,



ha de gritar loca de nieve,



ha de gritar con la cabeza llena de excremento,



ha de gritar como todas las noches juntas,



ha de gritar con voz tan desgarrada



hasta que las ciudades tiemblen como niñas



y rompan las prisiones del aceite y la música,



porque queremos el pan nuestro de cada día,



flor de aliso y perenne ternura desgranada,



porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra



que da sus frutos para todos.


jueves, 7 de noviembre de 2019

JOVELLANOS DEFIENDE UNA EDUCACIÓN PÚBLICA Y UNIVERSAL

Gaspar Melchor de Jovellanos pintado
 por Francisco de Goya
Gaspar Melchor de Jovellanos fue quizás el más sobresaliente de los ilustrados españoles. En sus textos en prosa abordó los problemas más importantes del país y expuso sus ideas de reforma para resolverlos. En este fragmento de su Memoria sobre educación pública defiende una educación, fomentada por el estado y de carácter universal, orientada a conseguir el bienestar de la sociedad y los ciudadanos.

Obsérvese que la utilidad de la instrucción, considerada políticamente, no tanto proviene de la suma de conocimientos que un pueblo posee, ni tampoco de la calidad de estos conocimientos, cuanto de su buena distribución. Puede una nación tener algunos, o muchos y muy eminentes sabios, mientras la gran masa de su pueblo yace en la más eminente ignorancia. Y se ve que en tal estado la instrucción será de poca utilidad, porque siendo ella hasta cierto punto necesaria a todas las clases, los individuos de las que son productivas y más útiles serían ineptos para sus respectivas profesiones, mientras sus sabios compatriotas se levantan a las especulaciones más sublimes. Y así, vendrá a suceder que en medio de una esfera de luz y sabiduría, la agricultura, la industria y la navegación, fuentes de la prosperidad pública, yacerán en las tinieblas de la ignorancia. Y he aquí lo que más me recomienda la necesidad del estudio de las primeras letras. Ellas solas pueden facilitar a todos y cada uno de los individuos de un Estado aquella suma de instrucción que a su condición o profesión fuere necesaria. Si deseáis el bien de nuestra patria, abrid a todos sus hijos el derecho de instruirse, multiplicad las escuelas de primeras letras; no haya pueblo, no haya rincón donde los niños, de cualquier clase y sexo que sean, carezcan de este beneficio.

jueves, 31 de octubre de 2019

«UN HABITANTE DE CARCOSA», UN RELATO DE TERROR DE AMBROSE BIERCE

Comparto un cuento de terror de Ambrose Bierce, tan perturbador que una vez leído se vuelve otra vez a él. Un cuento muy propicio para estas fechas en las que como hemos leído en El Monte de las Ánimas de Bécquer se recupera el gusto por los relatos de fantasmas, almas en pena y aparecidos.
A quienes le guste este género literario pueden encontrar más referencias en el blog, especialmente en esta entrada del curso pasado que os llevará a otras muchas lecturas terroríficas.


UN HABITANTE DE CARCOSA
Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de  forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.


Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.

A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.

Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.

Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.

Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.

Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.

Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:

-¡Que Dios te guarde!

No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.

-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.

El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.

Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?

Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.

La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.

Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la fecha de mi muerte!

Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!

Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.