lunes, 13 de abril de 2020

EN LA DESPEDIDA DE ANTONIO FERRES

Como homenaje a Antonio Ferres, fallecido ayer en Madrid a los noventa y seis años, os invito a leer un par de textos suyos. Ferres fue un autor que sufrió la censura franquista y vivió fuera de los círculos literarios de la crítica y de los medios oficiales e institucionales y eso le valió la marginación y el olvido, recompensas muy frecuentes en nuestra historia de la literatura.
El primer texto es un fragmento de La piqueta, la novela que publicó en 1959 y que supuso que fuera considerado como uno de los autores más representativos del realismo social español. La adscripción a este grupo de novelistas sociales hizo que la crítica no prestara después atención a sus siguientes obras.
La piqueta se ambienta en el mundo de las chabolas que surgieron en el Madrid de los años cincuenta originado por la pobreza y el éxodo rural. Entre Usera y Orcasitas, asistimos a la historia de una pobre familia a la que se ha comunicado que en el plazo de quince días se va a demoler con piqueta la chabola en la que viven. Los personajes que deambulan por la novela, víctimas de la guerra y del sistema, entre moscas y ratas, nos muestran la pobreza, el desamparo social, la opresión, la soledad, la insatisfacción, el analfabetismo o el machismo, tan característicos de la sociedad española de entonces. Todo se relata con un estilo transparente, fluido, que recuerda lo mejor de la tradición del realismo español, desde Baroja a Sender o Max Aub.
El fragmento pertenece al principio de la novela, el capítulo III de la primera parte, y retrata muy bien una problemática que aún sigue de actualidad más de sesenta años después: los desahucios, la emigración, la injusticia.


La tierra aparecía seca, con grietas pequeñas, amarillenta por la parte en que daba el sol. Se notaba que venía el verano. Al llegar a los cardos, delante de las chabolas recién blanqueadas, Maruja se cambió la cántara de mano. Tenía la mirada perdida en el campo. Se quedaba con el pensamiento suspendido, sin escuchar nada. Le daba vueltas y más vueltas a lo que había ocurrido el domingo por la tarde con aquel chico.
Su madre le miró desde la puerta, y le gritó:
—Estás como tonta. No sé qué te pasa.
La muchacha siguió, con la cántara vacía, hacia la fuente. El campo brillaba con la mañana de primavera. Era esa mezcla de campo y de pueblo; el descampao revuelto de casuchas. Las posibles calles caían en cuestas suaves. Las paredes parecían más rojas o más blancas a la luz del día; algunas enseñaban los agujeros de sus ladrillos huecos, las celdillas, porque no estaban revocadas y parecían panales de miel, colmenas abiertas. Una casa tenía una tela metálica delante de la ventana y los vecinos habían dejado a un gatillo preso entre el cristal y los alambres. Se oían los maullidos del gato pequeño; lloraba como un niño chico. En la fuente había muchas moscas y las avispas zumbaban alrededor de los charcos y los regueros de agua. Se oía gran algarabía. Una mujer que estaba en el centro del corro de gente que rodeaba el caño, no paraba de hablar.
—¿Qué pasa? —le preguntó Maruja a la última.
—No sé. Dicen que van a tirar las chabolas que han hecho las últimas, que no quieren que venga más gente de los pueblos.
Maruja la miró para ver qué debía contestar. Pensó que la mujer hablaba como las que eran de Madrid. No sabía.
—Mi padre se ha venido aquí para buscar trabajo, en el pueblo sólo se trabaja cuando la recolección, por la aceituna —dijo Maruja.
—Algunos dicen que los de los pueblos habéis llegao a comernos el pan —dijo la mujer. Era alta, huesuda y estaba despeinada.
Maruja calló. Estuvo esperando su turno. Se puso a pensar en el próximo domingo, en el chico que tenía la cicatriz debajo de la mejilla. Se sentó en el suelo, en un espacio que estaba seco, junto a la cántara vacía.
Por el cielo venían las nubes manchadas de luz. Corrían por el azul firmamento de la primavera. Se fue la muchacha cambiando de sitio, conforme avanzaba la fila de mujeres. Tres chicos pequeños se pusieron a jugar en el barro, con los pies descalzos en el agua. En el corrillo que había en torno a la fuente, las vecinas seguían conversando.

Después de La piqueta, varias de sus novelas fueron prohibidas en España (Al regreso del Boiras, Los vencidos) o pasaron desapercibidas para la crítica (En el segundo hemisferio, Ocho, siete, seis), a pesar de sus méritos literarios.
Además, escribió también poesía y cuentos. Entre estos destaco el microrrelato El caballo y el hombre. Este segundo texto de Ferres es un sugerente cuento que nos muestra unidos al hombre y al caballo frente a un destino cruel, en medio de un panorama violento y desolador.


EL CABALLO Y EL HOMBRE

El caballo herido y jadeante había llegado buscando un espacio verde imposible.

El hombre oyó los pasos y vio la silueta borrosa del caballo.

Hacía días que arrojara las armas, dejándolas caer una a una por el suelo. No sabía a qué sitio dirigirse en aquel cruce de calzadas medio cubiertas por la arena, en un territorio desierto y sin árboles. Le dolía la pierna izquierda, hinchada, con coágulos negros de sangre. Y le latían las sienes. Quizás, lejos, donde temblaba estremecido el aire, estuvieran las inmensas llanuras verdes por las que vagaban las almas nobles de los hombres. Se sentía perdido. Pensó en el caballo, que resoplaba un trecho más allá. Le dio más pena aún saber que era un caballo enemigo. Parecía que el sol estaba tan alto esa tarde, que no fuera a oscurecer nunca en la vida. Oyó los resoplidos del caballo, y vio que se acostaba junto a una pequeña roca blanca que emergía de la arena. El animal sabría, aunque fuese entre sueños, si empezaban cerca los extensos prados. O a lo mejor serían pueblos verdaderos llenos de mujeres, de niños y ganados. Recordaba los enormes poblados con las mujeres saltando las hogueras, los tapiales frescos con las fuentes, y el portal de la casa de su madre en la última ciudad en la que él había sido niño.

Tenía tanto calor y sentía tanta fatiga, que anduvo a gatas, hasta meter la cabeza debajo del cuerpo grande del caballo. Estaba allí, pegado al sudor frío, escuchando los latidos del corazón del animal. Podía ser que el caballo sintiera la gloria de las tierras verdes y de los arroyos rumorosos, sin arneses, ni dueño. Pero para el hombre eran campos que daban miedo, porque no surgían como los oasis y las llanuras de la Tierra, donde había pueblos y torres. El hombre cerraba los ojos en la frescura del sudor del caballo, y temía ver las sombras de los muertos. Si aguardaba un poco, desfilaban por dentro de sus ojos rostros de hombres y mujeres desconocidos. Como había en las ciudades. Caras de gente viva que pasaba de largo en una existencia casi interminable.

Así quería esperar, mientras resollara el caballo. Solo sentía cierta dificultad en el pecho, un pequeño ahogo. Rozaba con la yema de los dedos el cuerpo del animal. Sabía que el latido del corazón del caballo era como el latir de todo lo que existía, del entero Mundo. Así pasó un largo tiempo. Y seguramente también el animal sentía su mano suave, y la unánime vida. Ambos en aquella tregua. Los ojos cerrados en la penumbra, mientras el hombre seguía viendo pasar las caras. A veces, caras de niños que huían hasta deshacerse en otros rostros. Y de nuevo la calma, el frescor de la marcha de gente como él, seres humanos que seguramente iban buscando otros territorios con bosques y con ríos, o con ansiosos mares.

Tenía que hacer larga aquella espera junto al cuerpo del caballo, en el hueco en sombra del desierto. Luego, vendría una oscuridad brillante, un estallido de lumbre y deseo. El caballo y el hombre en el espacio infinito donde estuvieron siempre.

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