lunes, 13 de marzo de 2017

«ESCUADRA HACIA LA MUERTE» DE ALFONSO SASTRE

Estreno de la obra, dirigida por Gustavo Pérez Puig
e interpretada por Adolfo Marsillach, Juanjo Menéndez,
Agustín González, Fernando Guillén, Félix Navarro y
Miguel Ángel Gil de Avalle. En el centro el autor.

JAVIER. Una escuadra hacia la muerte. [...] Lo éramos ya antes de estallar la guerra. Una generación estúpidamente condenada al matadero. Estudiábamos, nos afanábamos por las cosas, y ya estábamos encuadrados en una gigantesca escuadra hacia la muerte.



«Escuadra hacia la muerte» fue el primer estreno importante que consiguió Alfonso Sastre. Era el 18 de marzo de 1953. Tuvo gran éxito de público y de crítica, pero solo duró tres representaciones, al ser retirada por la autoridad gubernativa. Supuso, junto al estreno de Historia de una escalera de Buero Vallejo, el comienzo de un teatro diferente al que solía llenar las salas de entonces y marcaba el descubrimiento de un nuevo talento en el mundo teatral. Para Farris Anderson, uno de sus estudiosos más destacados, supone «la matriz del arte dramático de Alfonso Sastre».
Es un drama de carácter existencial en el que no solo se reflejaba la Europa de posguerra (la obra se ambienta en una tercera guerra mundial), sino la condición del hombre contemporáneo en general. El escrito Ignacio Aldecoa dijo a propósito del estreno de la obra: «Tras de la Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre se oculta el fruto dulce y amargo de nuestro momento histórico. La trágica seguridad de una catástrofe, que huimos imaginar, pero hacia la cual camina el mundo; la incertidumbre y la desesperanza del hombre de hoy, condenado a formar en una escuadra hacia la muerte, en un mañana próximo quizá: he aquí el tremendo cargamento de sugerencias con que llama a nuestra conciencia la obra de Alfonso Sastre.»
En la obra una escuadra formada por cinco soldados, castigados por diferentes hechos, se encuentra recluida en una posición a la espera de una misión suicida, mandada por un cabo autoritario e intransigente. Los soldados asesinan al cabo y cada uno va a escapar de esa situación terrible en la que se hallan de distinta manera. Los temas característicos de Sastre aparecen ya en esta obra: la opresión, la rebelión, la culpa y la expiación.
En este cuadro tercero (de los doce que componen la obra, dividida en dos partes de seis cuadros cada una), uno de los soldados, Javier, el profesor de Metafísica, el personaje más complejo de la obra, escribe una carta a su madre en la que explica su historia pasada (el motivo por el que ha sido castigado), expresa la metáfora y la paradoja en la que viven él y sus compañeros (encerrados en la casa pero caminando inexorablemente hacia la destrucción y la desaparición) y adelanta su final antes incluso del asesinato del cabo que se produce al final de la primera parte.


CUADRO TERCERO

(Sobre el oscuro,  JAVIER enciende una cerilla y con ella una vela. Está inquieto. Se sienta en su petate. Se ve confusamente, durmiendo, al CABO, a LUIS, a ADOLFO y a ANDRÉS. JAVIER saca un cuadernito, lo pone sobre las piernas y escribe con un lápiz.)

JAVIER. «Yo, Javier Gadda, soldado de infantería, pido a quien encuentre mi cadáver haga llegar a mi madre, cuyo nombre y dirección escribo al pie de esta declaración, las circunstancias que sepa de mi muerte, dulcificándolas a ser posible en tal medida que, sin faltarse a la verdad, sea la noticia lo menos dura para ella; así como el lugar en que mis restos reposen. Han pasado ya quince días desde que ocupamos este puesto. La situación se está haciendo, de momento en momento, insoportable. La ofensiva no se produce y los nervios están a punto de saltar. Solamente el cabo permanece inalterable. Mantiene el horario de guardias y la disciplina. Nos levantamos a las seis de la mañana, no sé para qué. Seguimos un horario rígido de comidas y de servicio. Nos obliga a limpiar los equipos y la casa. Tenemos que afeitarnos diariamente y sacarles brillo a las armas y a las botas. Todo esto es estúpido en cualquier caso, y más en el nuestro. Estos días me he dado cuenta de la verdad. Parece que estamos quietos, encerrados en una casa; pero, en realidad, marchamos, andamos día tras día. Somos una escuadra hacia la muerte. Marchamos disciplinadamente obedeciendo a la voz de un loco, el cabo Goban.»

(Se remueve ANDRÉS. Enciende una cerilla y mira la hora en su reloj. Javier deja de escribir. Andrés bosteza. Se levanta penosamente, renegando. Ve a Javier.)
ANDRÉS. ¿Qué haces ahí?
JAVIER. Me he desvelado. Estoy escribiendo una carta.
ANDRÉS. ¿Una carta? ¿Para qué? Aquí no hay Correo. (Acaba de ponerse el capote. Coge el fusil.) La deliciosa hora del relevo...
(Sale tambaleándose. JAVIER se pasa la mano por la frente. Vuelve a escribir.)
JAVIER. «El que encuentre este cuaderno sepa que he sido un cobarde. Esta es una historia que no me atrevo a contar a los otros. Cuando me llamaron de filas traté de emboscarme. Desde entonces tengo ficha de desertor en el Ejército. Luego he sabido ilustrar esa ficha con varios actos vergonzosos. En la instrucción no me atrevía a lanzar las bombas de mano. Luego, en acciones de guerra, he palidecido y he llorado cuando tenía que saltar de la trinchera. Pero lo que no puedo olvidar es que, un día, en una retirada, cuando hirieron a mi compañero y cayó a mi lado, oí que me decía: "Vete, vete, déjame"... ¡Como si yo hubiera pensado en quedarme...! ¡No! ¡Yo no había pensado en detenerme a su lado, en decirle: ¿Quieres algo para tu madre? ¿Qué digo a tu novia? ¡Yo huía, huía como un loco, frenético... y apenas volví un momento la cabeza para ver a mi compañero caído de bruces, herido de muerte!»
(Alguien se remueve. Javier levanta la cabeza. Es el CABO.)
CABO. (Entre sueños, agitadísimo.) ¡Ha sido un accidente! ¡Ha sido un accidente! ¡Yo no he querido hacerlo! ¡Ha sido un accidente!
(Gime y da vueltas.)
JAVIER. (Vuelve a escribir.) «El demonio del cabo también tiene algo que olvidar. En realidad, todos estamos aquí con una culpa en el corazón y un remordimiento en la conciencia. Puede que éste sea el castigo que nos merezcamos y que, en el momento de morir, seamos una escuadra de hombres purificados y dignos.»
LUIS. (Desde su colchoneta.) ¡Javier! ¡Javier!
JAVIER. (Levanta la vista del cuaderno.) ¿Qué hay?
LUIS. (Se queja.) Me encuentro muy mal.
JAVIER. ¿Quieres algo?
LUIS. No...
JAVIER. Pues trata de dormir.
LUIS. Es que... no puedo...
(Da una vuelta y queda inmóvil. JAVIER vuelve a fijar la vista en el cuaderno.)
Javier. «A la hora del resumen me extraña el infame egoísmo que me hizo pensar en sobrevivir cuando estalló la guerra. Si esta lucha es, como creo, un conflicto infame, yo también lo he sido tratando de evadirme, aferrándome grotescamente a la vida, como si yo fuera el único digno de vivir, mientras los demás están dando su sangre, dando generosa y resignadamente su sangre, limitándose a morir, sin pedir explicaciones, con generosidad y desinterés. Esta es mi culpa. Este es mi castigo. Ahora sólo deseo que haya una lucha, que yo me extinga en ella y que mi espíritu se salve. (Deja de escribir un momento. Por fin.) En el momento en que voy a firmar esta declaración, pienso en mi madre. Sé que ella estará despierta y llorando... De eso sí que nadie puede consolarme en el mundo... Nadie puede enjugar de mis ojos... el llanto de mi madre...»
(Se abre la puerta. Aparece Pedro. Viene de la guardia.)
PEDRO. ¡El maldito Andrés! Creí que no llegaba. Me estaba helando de frío. (Se sienta y se frota las manos.) ¿Qué haces?
(JAVIER cierra el cuaderno.)
JAVIER. (Con voz insegura.) Estaba... escribiendo una carta.
OSCURO

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