jueves, 18 de mayo de 2017

«TESORO», POR MANUEL VICENT

Os dejo el texto que apareció en el examen de ayer, el último de este curso para todos los alumnos de 2º de Bachillerato. Es una columna periodística de Manuel Vicent, titulada «Tesoro», en la que de manera poética, por medio de metáforas alusivas a las novelas de aventuras y de piratas, reflexiona sobre los valores de la educación (que nos hace más ricos, más libres y más humanos), critica las tropelías cometidas por los gobernantes en materia educativa y recrea de forma personal y sugerente el mundo de la escuela, en el que se vive la aventura del saber.
Ojalá que todos os llevéis un «tesoro» inolvidable tras vuestro paso por el instituto y recordéis con satisfacción las «aventuras» vividas.

TESORO
Está amaneciendo. Es la hora de los pájaros. A los colegios e institutos llegan en bandadas niños y chavales cargados con sus mochilas. Ellos no lo saben, pero todos se dirigen a la isla del tesoro. Puede que ignoren dónde está ese mar y en qué consiste la travesía y qué clase de cofre repleto de monedas de oro les espera realmente. El patio del colegio se transforma, de repente, en un ruidoso embarcadero. Desde ese muelle lleno de mochilas cada alumno abordará su aula respectiva, que, si bien no lo parece, se trata de una nave lista para zarpar cada mañana. En el aula hay una pizarra encerada donde el profesor, que es el timonel de esta aventura, trazará todos los días el mapa de esa isla de la fortuna. Ciencias, matemáticas, historia, lengua, geografía: cada asignatura tiene un rumbo distinto y cada rumbo un enigma que habrá que descifrar. La travesía va a ser larga, azarosa, llena de escollos. Muchos de estos niños y chavales tripulantes nunca avistarán las palmeras, unos por escasez de medios, otros por falta de esfuerzo o mala suerte, pero nadie les puede negar el derecho a arribar felizmente a la isla que señalaron los mapas como final de la travesía. Ese mar está infestado de piratas, que tienen su santuario en la caverna del Gobierno. Todas las medidas que un Gobierno adopte contra el derecho de los estudiantes a realizar sus sueños, recortes en la educación, privilegios de clase, fanatismo religioso, serán equivalentes a las acciones brutales de aquellos corsarios que asaltaban las rutas de los navegantes intrépidos, los expoliaban y luego los arrojaban al mar. De aquellos pequeños expedicionarios que embarcaron hacia la isla del tesoro solo los más afortunados llegarán a buen término. Algunos soñarán con cambiar el mundo, otros se conformarán con llevar una vida a ras de la existencia. Cuando recién desembarcados pregunten dónde se halla el cofre del tesoro, el timonel les dirá: estaba ya en la mochila que cargabais al llegar por primera vez al colegio. El tesoro es todo lo que habéis aprendido, los libros que habéis leído, la cultura que hayáis adquirido. Ese tesoro, que lleváis con vosotros, no será detectado por ningún escáner, cruzará libremente todas las aduanas y fronteras, y tampoco ningún pirata os lo podrá nunca arrebatar.

miércoles, 17 de mayo de 2017

LECTURA DE «PEDRO PÁRAMO» EN EL CENTENARIO DE JUAN RULFO


 Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante.

Gabriel García Márquez


Hoy se conmemora el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, el gran escritor mexicano, autor de una breve pero importantísima obra que se resume en la novela Pedro Páramo y en el libro de relatos El llano en llamas
Entre los especiales publicados por la prensa hoy destaca el homenaje que le dedica el diario El País, 100 años. Juan Rulfo, que contiene valiosos documentos (cuentos leídos por el autor, fotografías tomadas por él, vídeos,...) y artículos que estudian su obra.
Ojalá la lectura de Pedro Páramo, cuando ya terminen todos los exámenes, os conmocione igual que lo hizo a Gabriel García Márquez. A mí, cuando la leí por primera vez a los dieciocho años, me dejó igualmente impactado y desde entonces no he dejado de recomendarla como una de las grandes novelas de la literatura castellana. En ella el lector se encuentra un mundo alucinante, en el que las fronteras entre lo soñado, lo evocado y lo vivido, este mundo y el de ultratumba, han desaparecido. Además, está relatada con diferentes técnicas narrativas que la enriquecen poderosamente (contrapunto, desorden cronológico, cambios de punto de vista, monólogos interiores que alternan con diálogos,...) y con una lengua que entremezcla de forma muy sugerente la poesía y el habla popular. Como en todas las grandes novelas, el lector tiene un papel protagonista también.
El comienzo de la novela seguro que no os deja indiferentes.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte». Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

lunes, 15 de mayo de 2017

MODELO DE COMENTARO DE UN TEXTO LÍRICO: LA RIMA LII DE BÉCQUER



El autor de este poema es Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870). Es la rima LII de su libro Rimas, obra póstuma publicada por sus amigos en 1871, que rápidamente alcanzó un gran éxito. Aunque no pudo ver en vida editado el conjunto de su obra poética porque desapareció el manuscrito que había preparado para su publicación en 1868, sus poemas habían sido publicados en distintas revistas entre 1859 y 1868.
Este poema abre la cuarta serie de las Rimas, poemas de la angustia desesperanzada y del dolor, muy representativos del sentimiento íntimo de Bécquer, pero muy diferentes de las otras tres series de las que está compuesta la obra. Es una muestra muy notable del Romanticismo tardío, muy diferente al movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX, tanto en los temas como en el lenguaje empleado.
El texto pertenece al género lírico por la expresión del sentimiento y se aprecian en todos sus versos tanto la función expresiva (por la emoción con que el poeta transmite sus sentimientos) como la poética (por el especial cuidado de la forma).
El poema está compuesto por cuatro estrofas. El contenido de las tres primeras es similar y aparece expresado de forma paralelística. En cada una de ellas el poeta invoca a las «olas» (primera estrofa), al «huracán» (segunda) y a las «nubes de tempestad» (tercera), para que se lleven al poeta envuelto en espumas (primera estrofa) arrastrado en el torbellino (segunda) y «arrebatado entre la niebla» (tercera). En la cuarta estrofa, a modo de conclusión, reitera la petición que le salvará, acaso, de su soledad y de su dolor. La ruptura del paralelismo en esta estrofa y su tono más dolorido hacen que se aprecien dos partes claramente diferenciadas en el poema: los doce primeros versos por un lado y el emotivo cierre de la última estrofa por otro.
Los temas tratados en esta rima son la huida del mundo (el deseo de ser arrebatado del mundo para incorporarse a la naturaleza), los deseos de morir para que se cumpla tal deseo y juntamente con ello la pérdida de la conciencia, de la razón y de la memoria, que dicen cuál es la condición del poeta: soledad y dolor. Para ello, el poeta se dirige en primera persona a una segunda persona del plural, los elementos de la naturaleza, con un tono dolorido y desesperanzado.
Las cuatro estrofas, que no pertenecen al inventario de las estrofas clásicas, constan de tres versos endecasílabos (de arte mayor) y un verso final heptasílabo (de arte menor) que expresa más intensamente la súplica y el dolor. Aparte de varias sinalefas, cabe señalar que el cómputo métrico se ve alterado en los versos quinto (se suma una sílaba métrica por ser aguda la última palabra) y decimotercero (se resta una sílaba por ser esdrújula). La rima es asonante en todos los versos pares (ó-a). La brevedad, la asonancia, la combinación de distintos versos y el uso de formas estróficas distintas a las clásicas son rasgos característicos de las poesías de Bécquer. En el análisis del nivel fónico es destacable también el empleo de la aliteración de /r/ a lo largo del poema para conferirle violencia y fuerza.
La rima se sustenta en la invocación de una primera persona (pronombre personal «me», posesivo «mi», formas verbales) a una segunda persona («olas», «huracán», «nubes») que aparece personificada («vosotras»), aunque no es humana, con lo que las palabras no serán oídas y se reforzará el patetismo. Este efecto se completa con el uso del imperativo, el modo de las órdenes y de los mandatos, y las repeticiones del estribillo («llevadme con vosotras») y de la palabra «piedad».
En cuanto al léxico de esta rima LII destaca el contraste entre los elementos de la naturaleza activos («olas», «huracán», tempestad») y violentos («bramando», «arrebatáis», «rompe») y las referencias al propio poeta que está a merced de esas fuerzas («envuelto», «arrastrado», «arrebatado»). Sin embargo, ni esa energía ni esa fuerza le conceden lo que pide el indefenso poeta. Junto a la violencia está muy presente en todo el poema la idea de aniquilación, de muerte. Son varios los sustantivos y adjetivos calificativos que están connotados en este sentido (la «sábana de espumas» recuerda los sudarios, las «hojas marchitas», las «desprendidas orlas»,…).
La sintaxis del poema está marcada por las oraciones exclamativas y por la construcción paralelística. Las oraciones exclamativas, propias de la función expresiva del lenguaje, están presentes en los versos heptasílabos y en los que cierran el poema y subrayan los sentimientos de deseo, emoción y dolor presentes en la rima. El paralelismo de las tres primeras estrofas acentúa igualmente la intensidad de la petición y de la emoción del autor. En las tres se repite la misma estructura sintáctica en sus cuatro versos:
-primero y segundo: vocativo (sustantivo + adjetivo o complemento del nombre) + oración subordinada de adjetivo (relativo «que» + verbo en segunda persona);
-tercero: participio en función de complemento predicativo + complemento circunstancial;
-cuarto: imperativo + complemento circunstancial (repetido y exclamativo).
En la última estrofa rompe con este paralelismo, característica usual en Bécquer, y con un ritmo más rápido y precipitado en la explicación de las razones de su deseo se produce un desbordamiento de las emociones.
Tanto los aspectos temáticos como los formales son claramente románticos. Los temas (la soledad y el dolor del individuo frente al mundo, la conciencia de que el mundo no es como se desea, los anhelos de abandono, olvido y muerte), la tonalidad sentimental y el subjetivismo son rasgos definitorios del Romanticismo intimista. La métrica, la humanización de la naturaleza y un lenguaje sumamente expresivo son igualmente característicos de este movimiento literario.
La rima LII expresa en muy pocas palabras y de manera muy acertada los sentimientos más radicales de Bécquer: huida del mundo, dolor y deseo de muerte. El lenguaje empleado es muy sugerente al hacer partícipe de los sentimientos del poeta a los elementos de la naturaleza. En definitiva, es una muestra notable de la literatura romántica y de su autor.

martes, 9 de mayo de 2017

LAS NOVELAS DE MIGUEL DELIBES SEGÚN LA CRÍTICA



La escritura narrativa de Miguel Delibes tiene una gran plasticidad: con la palabra “se ve”, se perciben las presencias humanas, los ambientes.

Eduardo Haro Tecglen

Tomo de la  página de la Fundación Miguel Delibes esta selección de comentarios críticos de diferentes personalidades (escritores, historiadores, críticos literarios,...) que apuntan las principales características de las novelas de Delibes: el gusto por el relato de historias, el interés por la psicología social de sus personajes, la importancia del punto de vista desde el que se narra la novela contagiado por sus personajes, la preocupación por el estilo y el ritmo en sus narraciones.


La concepción delibesiana de la novela se basa en un frontal rechazo de la innovación por la innovación y en un pronunciamiento abierto a favor del relato que refiere una historia. Esa teoría la ha formulado de modo explícito en diferentes ocasiones, y tiene un ojo puesto en la forma y otro en el contenido para sostener que aquélla sólo tendrá sentido en función de éste. Veámoslo en sus propias palabras: “Me parece encomiable toda reivindicación de la forma novelesca siempre que tengamos en cuenta que esa forma, sea cual sea, hay que llenarla necesariamente con algo”; “Lo primordial en una novela es el qué se dice. El cómo, por sí solo, nunca podrá darnos una gran novela y, apurando un poco, ni siquiera una novela”. Delibes, pues, defiende una ficción que refiera sucesos. El lector, dice, sigue pidiendo un hombre, un paisaje y una pasión.
Santos Sanz Villanueva


Miguel Delibes es un novelista social en el sentido de Proust, de Tolstoi… Él se interesa por la psicología social antes que por las estructuras sociales. Por eso es tan importante para mí, no sólo como lector sino también como historiador. La novelística de Delibes es una fuente inagotable y riquísima de documentación histórica para reconstruir el pasado inmediato de este país. El periodo de posguerra, particularmente, y sobre todo en lo que se refiere a la burguesía de provincias.
No niego la importancia de las fuentes que manejamos los historiadores, pero las estadísticas, por ejemplo, son un esqueleto, un andamio. El historiador debe poner carne sobre ese esqueleto, y para ello, nada mejor que la novela. Cinco horas con Mario y Mi idolatrado hijo Sisí, por citar algunos títulos delibianos, reflejan mejor que cualquier informe aséptico la vida provinciana de posguerra en España. La historia auténtica está en cómo vive la gente, no en las cifras. Delibes deja al descubierto, con ironía -y haciendo buena literatura, eso por descontado- la esquizofrenia moral y la conducta imitativa y esnobista de la clase media incipiente del franquismo.
Raymond Carr

Lo característico de Delibes, lo que mejor revela su poética, es la novelización del punto de vista, la recreación, desde dentro, del sistema de valores y creencias de los personajes. Lo que, en palabras más llanas, quiere decir que Delibes, a su modo, hace novelas de personaje. […] La originalidad de Delibes estriba, en primer lugar, en el hecho de constituir al personaje en centro de sus novelas. […] Muchos personajes de Delibes son seres sencillos y de humilde extracción […] a quienes no les sucede nada digno de relieve. El Mochuelo se marcha al colegio, el Nini merodea por el pueblo, Lorenzo se casa y emigra, Carmen trabaja en el hogar, Quico se aburre. Lo que se narra es el conjunto de pequeñas incidencias que tienen lugar cada día, desprovistas de toda trascendencia épica. […] La máxima osadía de Delibes (es) trascender artísticamente lo ínfimo desde lo ínfimo. Es decir, dejando que desde ese sencillo personaje, al que nada digno de mención sucede, se narre la novela. […] Dato esencial para entender las más características novelas de Delibes es la perspectiva desde la cual se narran.
El relato en primera persona obedece a la fundamental necesidad de que el protagonista cuente lo que le sucede y nos muestre su visión del mundo. […] Sucede lo mismo en aquellas novelas en las que existe una especie de simulación de la primera persona, como en El camino, Las ratas o El príncipe destronado (en las que) no hay un personaje verosímilmente capacitado para gobernar el relato, por lo que el narrador en tercera persona debe venir a suplir esas incompatibilidades. Ya sabemos cómo se produce el milagro: en el lenguaje del narrador se filtra el de los personajes, que terminan por imponer su visión del universo. […] En las novelas de Delibes sucede que la perspectiva es uno de los ingredientes de la realidad.
Alfonso Rey

Si la compasión infunde a la obra entera de Miguel Delibes una densidad ética invariable, su arte podría definirse esencialmente como ritmo: captación de la melodía humana en la repetición y en la variación. Toda novela u obra narrativa que sea propiamente poética, y no meramente informadora, posee un ritmo que puede comprobarse en todos los niveles: frases, personajes, incidentes o situaciones, símbolos expansivos, temas entretejidos. Pero hay novelas y cuentos que diluyen o atenúan el ritmo, y otros que lo atensan y refuerzan. Las narraciones de Delibes pertenecen a esta última clase: se repiten palabras, frases, rasgos, situaciones, motivos, imágenes destinadas a marcar ciertos símbolos que entonan el texto y expanden los significados, y se repiten aspectos temáticos integrantes de un todo intencional.
Gonzalo Sobejano

Las mejores novelas de Miguel Delibes desprenden un fulgor casi doloroso, en el que la belleza del mundo natural y el desamparo de los inocentes son profanados con mucha frecuencia por la fatalidad que persigue a los que no tienen nada, por la brutalidad de los fuertes, por el cambio de los tiempos, que arrastra por igual lo mejor y lo peor […]. Lo que hay en las grandes novelas de Miguel Delibes no es costumbrismo sino observación meticulosa de las vidas humanas y de los trabajos y ensoñaciones de la gente común; un oído tan exacto para los nombres de las cosas, de los animales y las plantas, como para los matices del habla. […] Quizás no hay tarea más difícil para un novelista que la de mirar el mundo integralmente con los ojos de un personaje y la de dejar a un lado su propia voz y transmutar su escritura en una voz del todo ajena a él mismo. En la novela contemporánea española no hay miradas o voces más verdaderas que las de las criaturas inventadas de Miguel Delibes: un niño asustado por la cercanía de la edad adulta, una criada pobre, un bedel de instituto aficionado a la caza, un retrasado mental, un hombre viejo que va viendo aproximarse el final tedioso de la vida, una esposa provinciana comida por el rencor. En Los santos inocentes, el relato, el habla, el punto de vista, el interior de la conciencia, se funden y se transforman en un solo flujo narrativo, entrecortado de ritmos de poema en prosa.
Antonio Muñoz Molina