martes, 26 de junio de 2012

SOMOS NUESTRA MEMORIA: LA HISTORIA EN LA VOZ DE NUESTROS POETAS

Hoy en día en España continúan vivos los rescoldos del drama de la Guerra Civil y de la represión franquista. La ocultación, la negación y la falsificación del pasado reciente revelan que en la España del siglo XXI todavía no han cicatrizado las heridas del siglo anterior. Frente a ello, las rigurosas investigaciones de los estudiosos, las exhumaciones de las fosas comunes o la recuperación de personajes olvidados demuestran que muchos españoles no están dispuestos a cerrar en falso ese capítulo de su historia, en aras de recuperar la dignidad robada.
A través de las voces de algunos de los poetas españoles trataré humildemente de, parafraseando a García Márquez, “recomponer con tantas astillas dispersas el espejo de la memoria”.  En la cabeza se agolpan, se confunden, se pierden las palabras que hieren, las palabras de quienes mayor sensibilidad manifiestan, las palabras de los poetas. Palabras que ayudan a dar forma a esos pensamientos y sentimientos tan difíciles de concretar para todos nosotros y que configuran un territorio moral al que estamos abocados a volver para conocernos en plenitud.
De la España partida, de “las dos Españas” de las que habló Antonio Machado, hemos de llegar a proferir juntos ese grito desgarrado de Blas de Otero: “en el nombre de España, paz”. No una paz de vencedores y vencidos, sólo la paz. El “espíritu de la Transición” de los años setenta y ochenta avanzó en este camino pero no lo concluyó. La Ley de la Memoria Histórica puede ser el último episodio de esta completa recuperación del pasado, del reconocimiento de todas las víctimas del conflicto, de la reparación moral de las víctimas, de la desaparición completa de los símbolos del franquismo.

A través de las voces de nuestros poetas hemos calibrado el sentido de la historia. Porque “recordar”, nos ilustra el uruguayo Eduardo Galeano, “del latín re-cordis”, significa “volver a pasar por el corazón”. Los seres humanos somos fruto de nuestra historia, de sus amargos y dolorosos capítulos y de sus innegables progresos y avances. En su poema “Reportaje”, José Hierro nos habla desde la cárcel y nos advierte de que “sin una evidencia / de tiempo, yo no estoy vivo”. El recuerdo insufla de vida el tiempo presente y también el pasado y proyecta el futuro.
Todo pasó, / todo es borroso ahora todo / menos eso que apenas percibía / en aquel tiempo / y que, años más tarde, / resurgió en mi interior, ya para siempre: / este miedo difuso, / esta ira repentina, / estas imprevisibles / y verdaderas ganas de llorar” confiesa en 1967 el poeta Ángel González. Cuarenta años después no podemos dejarnos derrotar ni por el miedo, ni por el llanto.
Para ello se debe triunfar sobre esa concepción desencantada y pesimista de la historia que el propio Ángel González expresa en  “La ceniza de un sueño”:
Aquel tiempo
no lo hicimos nosotros;
él fue quien nos deshizo.

Miro hacia atrás.
¿Qué queda
de esos días?
Restos,
vida quemada,
nada.

Historia: escoria

La visión de la historia como escoria no es en el poeta un mero juego de palabras, es la conclusión radical a la que llega en un tiempo dominado por la dictadura, una época que negó a sus hombres la dignidad, un período en el que en palabras de Jaime Gil de Biedma “media España ocupaba España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total”. Para superar esta visión de la historia, en otro de sus poemas este mismo poeta clamará por “que el hombre sea dueño de su historia”.
Igualmente debe abolirse por fin el miedo y desterrar esas “ruinas con miedo” de las que hablaba Jorge Guillén: “no, no es posible recoger todos los escombros. Hay demasiados. Y así quedan entre el horror de la luz y una vida cotidiana”. El miedo paraliza. El miedo es el arma de los enemigos de la libertad. El miedo es incompatible con la recuperación del tiempo pasado. Alfonso Costafreda habla del más atroz y refinado de los delitos que cometieron los vencedores de la guerra: “hincaron en el pecho humano / el estandarte del terror”, “el terror preventivo reinventaron / principio y cruz de toda sumisión”.
Superado el miedo, recuperado el verdadero sentido de la historia, es el momento de la esperanza. Vicente Aleixandre, en Historia del corazón, nos dice “ten esperanza”, y nos invita a ir “adelante”, porque “es la vida”. Nos pide que formemos parte del “unánime corazón” que representa a todo el pueblo, sin exclusiones. En esta misma línea el verso solidario de José Agustín Goytisolo, “nadie está solo”, supone el impulso que debe estimular a todos los que han luchado para que el olvido, la falsificación y  la negación del pasado no hayan triunfado y para que, de una vez por todas, la reparación moral de las víctimas se produzca. La esperanza se mantiene viva a pesar de todos los impedimentos.
En los poemas citados el dolor y la esperanza, el miedo y la dignidad, la tristeza y la solidaridad, el valor y la resistencia, el desencanto y la lucha, el pasado y el presente, han ido dibujando el mapa moral de España.  Nadie debería amputar la historia, nadie debería esconder a quienes lloran, nadie debería cerrar las heridas en falso. No puede ocultarse el pasado. Porque, como dijo el gran Jorge Luis Borges, los seres humanos sólo somos humanos porque “somos memoria”.

[Este artículo lo publiqué en el libro Areles de mis amigos Jesús Tirapo y Teresa Miral: areles.blogspot.com]

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